lunes, 24 de enero de 2011

DEATH OF A DOG


DEATH OF A DOG


A causa de un perro muerto, pasamos una mala noche.
Tú con tu melancolía, yo por mis tormentos.
Tirado bajo la mesa, tú decías que ese perro ya huele.
Yo que no, que mira cómo se mueve.

De todos los comensales, no hubo uno que se enteró.
Tal vez porque los invitados, fueron convidados de piedra.
Tal vez porque no era cierto, que aquel perro estaba muerto.
Fuese como fuera,
verdad es que el perro nos amargó el festejo.
No sé si por tu impaciencia, o porque soy un poco pendejo.

Carro nuevo carro viejo. Pero al día siguiente no hubo cortejo.
O puede que sí, fue un cortejo fúnebre.
De esos de coches viejos.
Como viejos son los temores, las dudas, las inquietudes.
Creo que esto ya lo vivimos, y por esto
a nuestro entierro asistimos.
Con toda esa comitiva de los fantasmas que aún nos persiguen.

A causa de un perro muerto
tuvimos un desencuentro.
Y no es que estuviera muerto. Bastaba mirarle a los ojos
para ver que tan solo es que no estaba despierto.
Ojos que como en ti, esos ojos eran rojos.
Rojos de melancolía.

Aquel infantil desacuerdo, tanto te revolvió por dentro
que para disimular tu tristeza, al otro día,
te pintaste la cara de alergia.
Ojos rojos otra vez.
Rojo que por aquí, se conoce como rojo inglés.
¿Serán inglesas esas costumbres, por las que nos sentimos tan raros?
Raro es que lo esencial, sea perjudicial.
Como raro es que de tu esencial y mi esencial
extraigamos una sola esencia.
Habrá que combinar, pues, tus perfumes con los míos.
Y rociar con esa fragancia todo el cuerpo de ese perro…
muerto de aburrimiento.



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