lunes, 30 de julio de 2012

RECURSOS HUMANOS (relato corto)



RECURSOS HUMANOS (relato corto)


Aquel hombre de pies romanos, piernas largas, torso de atleta, espalda de nadador, fuertes brazos, manos de percusionista, cuello de cisne, nuca de seducido, culo de bailarín y miembro de estríper, llamó a la puerta de la Agencia Oficial Para El Deporte Malsano. Buscaba su oportunidad, como todos, y había reunido méritos como ninguno.
Hijo de una cupletista lesbiana colgada del sadomaso, colgada del cuello hasta que dejó de cantar y respirar, y de un aprendiz de pirómano que practicaba con su propio cuerpo y no tenía un centímetro de piel sin quemaduras de tercer grado, o de primero que nunca supe qué era grave o muy grave, había crecido entre los desprecios de padres, los vicios de hermanos y los consentimientos de unos abuelos agotados de tanto criar hijos para perderlos. Sin referentes por tomar ni ejemplos que seguir, se guió por instinto. Y por las fotos de los calendarios colgados de la pared a los que llamó familia.
La chica playboy del mes de mayo del 69 era su madre. La eligió por el lunar que tenía en medio de la cara. Aunque la cara en la foto ni se veía.
De un almanaque dedicado a los caballos pura sangre sacó la muerta imagen de su padre. Aquel rompió las dos patas delanteras en el Grand National del 73, una tragedia. Sin reparación posible, lo mataron antes de salir del hipódromo. Por humanidad, dijeron.
Con los hermanos fue más audaz. El museo de arte fashion más fashion de la ciudad, y el más transgresor del momento, sacó en el 78 un calendario resumen de sus doce exposiciones más erráticas y rompedoras. Rompedoras con el cliché de los tiempos y las normas, era su eslogan promocional.
La instalación de enero con mangueras de riego y abrelatas era su hermano mayor. Decía que siempre había sido un ejemplo.
La pieza colgada del techo en mayo que dejó ojipláticos a propios y extraños era su hermana del medio. El así llamado artista por él mismo y la autocrítica especializada había ahorcado a una jirafa por las patas traseras, argumentando que no tenía cuello suficiente para hacerlo. Fue un éxito y se vendió en $100 millones. Sin duda, la hermana del medio era su ángel y su estrella.
Distinto papel tenía el pequeño de esa familia de acróbatas. Echado a perder por las malas compañías, había tomado la fotografía de septiembre en un calendario de catástrofes del 79: la erupción inesperada de un volcán relámpago en el centro de Manhattan. No hubo un solo rascacielos que no fuese arrodillado ante semejante coloso enfurecido. Literalmente, vomitando fuego por la boca.
Con el resto de la familia fue menos concreto. La compañía de ferrocarriles trasatlánticos editó un calendario en enero del 80 con fotografías blanco y negro de viejas locomotoras obsoletas. Él dijo que aquellas máquinas eran sus tíos y primos. Y no había más personas para reunirse en navidad.
Cuando oyó su historia vital el subdirector de la agencia le dijo:
  - ¡Queda contratado de inmediato! Nadie mejor que usted conoce a las personas y necesitamos mejorar nuestras relaciones exteriores. Tenemos serios problemas con el doping en los deportistas. Ya no se meten y están hundiendo la economía mundial.
Aquel hombre de los fuertes brazos y largas piernas se levantó de una silla hecha con solicitudes de empleo y dijo:
  - No me interesa el puesto. Sólo quería saber por qué no aceptaron a mi hermano, que era mucho mejor que yo. Su negativa le hundió tanto la autoestima que terminó comprando drogas en las calles.
De su bolso para viajes sin retorno sacó un revolver antireglamentario y le metió dos tiros. Uno por cada ojo.
  - Esto, para que cuando mires, ¡veas!


© CRISTOPHE CARO ALCALDE

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