miércoles, 29 de agosto de 2012

SAN MARTINA (relato corto)





SAN MARTINA


Chillaba desesperada como la cerda que era. Chillaba de dolor y temor. También por perplejidad: no podía creer que le estuvieran haciendo algo así. La familia, precisamente la familia.
Al frente la abuela Leocadia, ¿se habría vuelto loca la abuela Leocadia?, a su lado el abuelo Gervasio. Y los tíos Román y Jacinto junto a dos vecinos, Federico y Lorca. Éstos, pareja de gays que iban por la vida de sensibles pero ahí estaban: participando y disfrutando como bestias.
Antes a los gays se les llamaba maricones, directamente. Sin sutilezas, eufemismos ni falsa educación. Ahora no sólo tenían un nombre nuevo sino que había que venerarlo. El mundo se había vuelto un lugar sólo apto para gilipollas y excombatientes tarados. A joderse y aguantarse. Es lo que hay.
Claro que ella también se había beneficiado de estas majaderías: leyes anticonstitucionales impulsadas por políticos cobardes e hipócritas; discriminaciones de género positivas impuestas por grupos de poder neofascistas con clara tendencia revanchista; chulerías así.
No compartían estos ideales libertarios las primas Horten, de Hortensia que era mucho más feo, como ella, y Manuela, tanto más fea. Vestidas permanentemente de duelo y con cara de funeral, para ellas el tiempo no pasaba. O sí pasaba pero sin cambios innecesarios que volvieran del revés las tradiciones y costumbres, a no cambiar lo de siempre.
Incluso los sobrinos Raquelita y Toñín habían acudido al macabro espectáculo. Y los perros, dos sabuesos que Román llevaba de caza pero malvivían el año entero en la cuadra de Gervasio. Condenados a cadena perpetua en aquel sucio y oscuro lugar. Había que oírlos decir cómo ellos amaban a los animales; maltratadores desgraciados. Puede que fuera la única pero ella les había tomado cariño: también los perros eran de la familia.
Creyó que así sería por siempre, que estaría la familia unida ante la adversidad porque esa unión era su fortaleza. Hasta ese día funesto en que se dejó engañar por Jacinto y Gervasio. Con trucos la habían llevado al callejón pegado a la casa donde alguien había colocado un banco inesperadamente. Se podía notar la tensión en sus rostros, la mirada fiera en los ojos.
En una rápida maniobra que ella en su ingenuidad no intuyó, Jacinto sacó un garfio que clavó en su mandíbula. No lo esperaba, le ganó la sorpresa, y la confianza depositada durante años en la familia. -Son buena gente, sé que me quieren, solía decir-. Jacinto amarró el garfio a su pierna mientras ella se revolvía con una violencia insensata: cuanto más luchaba más le desgarraba el hierro la carne.
De las sombras de la cuadra aparecieron como manada de lobos Román, Federico y Lorca. Junto a Gervasio, los cuatro la tiraron sobre el banco agarrándola cada uno por un miembro hasta inmovilizarla. Se acercó entonces la loba mayor, Leocadia la loca Leocadia, que esgrimiendo un enorme cuchillo le atravesó la garganta. Ella vio la maniobra con pavor. ¡Leocadia! También cómplice del asesinato con premeditación. ¿Por qué todos de acuerdo para algo así? A ella, precisamente la única que no había reñido con nadie de la familia. Primos contra tíos, tíos contra sobrinos, sobrinos contra abuelos. Discutiendo, gritando, peleando por unos tomates o unas ruedas de chorizo. ¿Con qué se hacía el chorizo? –se preguntaba-. A ella nunca le daban carne para comer. Disputas todas fruto de sus propias mezquindades y envidias. Pero ella, que de nadie tuvo envidias y a todos brindó el mismo trato, era la víctima.
Por momentos el dolor le pareció insoportable. Chillaba, los tíos gritaban, ¡que no escape, que no escape! Las primas corrían de un lado para otro con cubos vacíos. Los niños lloraban los perros ladraban. En su desesperación por salvar la vida dio un último combate. Pero entre todos la tenían fuertemente sujeta. Estaba atrapada en una trampa mortal diseñada con voluntad y entusiasmo por la familia. Cuanto más se retorcía, más dolor con el garfio y el cuchillo.
Un chorro de sangre brutal manó de su cuello, nunca imaginó que algo así podía ocurrir. Hortensia y Manuela llenaban con la sangre caliente un cubo tras otro, revolviéndola gustosas con la mano para que no coagulase. ¡Su sangre! Sabía que la vida se escapaba en los cubos que veía horrorizada. La hemorragia era tan grande que en unos minutos el dolor comenzó a remitir, lentamente. Hasta desaparecer por completo.
Se defendió cuanto pudo pero eran demasiados. Murió tras un último espasmo de agonía y nadie de la familia lloró por ella.
Para seguir con la barbarie, Lorca prendió fuego a una pila de arbustos y leña que amontonaron en medio del callejón. Entre todos, abuelos tíos primos vecinos niños, la tiraron a la lumbre. Sólo era un cuerpo muerto pero, pensó que aquellos brutos querían matarla de nuevo. El suplicio horrible de fuego y olor a carne quemada duró hasta que le ablandaron la piel. Una vez logrado, Horten y Manuela la rasparon por completo. Leocadia se metió en la casa a cocer la sangre en la cocina económica, a la lumbre de encina y olivo. A ella la escondieron en la cuadra y de los miembros traseros la colgaron de una viga del techo. Cabeza abajo con la mandíbula rota, el cuello rajado y la piel abrasada. No se puede estar peor –se dijo. Esta familia es una familia de salvajes.
Federico, el techo de aquella cuadrilla de enanos, con el mismo cuchillo que le abrió la garganta la cortó por la mitad. De arriba abajo. Tenía poca grasa, cuidó su silueta con mimo a pesar de que Leocadia y Gervasio le proporcionaban comida en exceso entre recriminaciones de ¡esta no engorda!, por lo que el cuchillo separó fácilmente piel y músculo hasta llegar a las tripas. Manuela extrajo los intestinos para agruparlos en un cubo amarillo, los riñones, el hígado, todas las vísceras, en otro. Azul. Los pulmones para el final, le daban asco y con la misma cara de desagrado se los tiró a los perros. Ella, que nunca fumó, le pareció una ofensa intolerable el rostro de asco de Manuela. -¿Sabía Manuela lo fea que era y que por eso no había conocido varón?, ¡pues entonces!- No le encontraron el corazón y Román que solía hablar más de la cuenta siempre a toro pasado, se apresuró a decir: -¡Sabía yo que no tenía corazón!
También esto le dolió especialmente. No sabría colocarlo entre el dolor del garfio el cuchillo el fuego o ver tirados sus pulmones a los perros, pero fue mucho. Cuando colgada del techo y abierta en canal quedó vacía por dentro, repartido su cuerpo por cubos y palanganas, comprendió qué era sentir un vacío interior. Como el suyo no había otro, era completo. Estaba pensando en pedir hora para el psiquiatra, en esto le interrumpieron Federico y Lorca que, entre risas y vasos de vino, brindaron diciendo:
-¡A todo cerdo le llega su San Martín!
San Martina, jodido imbécil, San Martina –pensó ella-.  ¡Que para todo hay géneros!

Seréis gays, ¡pero igual de machistas!


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

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