lunes, 8 de octubre de 2012

LUZ EN LA OSCURIDAD (relato corto)




LUZ EN LA OSCURIDAD


-Yesterdeiii, ol mai trabels sin so far aguaiii, nao i lucs as
-Hijo, calla por el amor de dios.
-Yesterdeiii, ol mai trabels sin so far aguaiii, nao i lucs as zou dey ar jiar to esteiii
-Ay pero qué habré hecho yo para merecer tanto castigo… Bueno, de qué me quejo si fui quien te la enseñó. Qué esperaba…

Melody, la madre, queda pensativa observando a su hijo arañar una guitarra mientras posa la mirada, perdida en el horizonte que entra por la ventana. Tierra quemada por la sal y el incendio del último verano. Y al fondo, alterado y gris como casi siempre, el océano.
Sabe que está atrapada entre dos océanos: el del agua salada que los rodea a los cuatro vientos, y el de su soledad, que inunda todo lo que aquel no alcanza. A pesar de que la fuerza la furia y el acoso incesante de las olas no deja de atacar.
Atacada, así es como se siente. Por la vida y de los nervios.

-Pero qué esperaba –repite. Rumiando una amargura imposible de tragar-. ¡Dito sea el día que te engendré!

Abandona al hijo en la habitación y vuelve a sus cosas, mientras pueda pues la creciente automatización de los servicios cualquier día la dejaría sin trabajo. Ni casa. Ambas heredadas de su padre, marino por unos pocos años hasta que un naufragio le enseñó la imbatibilidad del mar; comprendió el mensaje y se quedó en tierra. Eso sí, cerca del mar y vigilándolo, por si acaso.
Activista declarada nunca demostrada del 68, pasó sus años de inconformista entre demandas imposibles y sueños que no se cumplirían: renegó de sus raíces y familia en busca de un sentido existencialista a sus inquietudes de adolescente tardía. Para ello no encontró mejor opción que abrazar la contracultura del momento. Aunque no supiera muy bien su significado pues para ello primero había que tener cultura.
De tanto abrazar y revolcarse en un simulacro de cambio, terminó por cogerle el gusto y se abrazó a todo: música, flores, estética, hombres. Mujeres alcohol drogas policía problemas. El marino con ambiciones de explorador y hechuras de oficinista le pagó todas las fianzas, su padre el apestado. Ella, siempre aprendiz de espíritu libre le ignoró hasta su muerte; no fuera a contagiarse de algo incurable como la responsabilidad y grave como el esfuerzo. Prefirió estudiar bellas artes, poco exigente y más acorde con sus derivaciones etéreas. Eso pensó porque desperdició seis años en repetir dos cursos, aunque aprendió bien la anatomía humana a la distancia más corta posible sin distinción de géneros. Por aquello de la igualdad y la liberación femenina. ¡Fuera sujetadores! Y bragas.
De aquellos años de feminismo despistado y fulanismo variopinto tiene alguna cicatriz, la vida no se ha vivido si no deja sus heridas. Una en la cara, de un antidisturbios infiltrado que le arrojó una botella de tequila. Rota. Otra en el alma, de un amante tan prometedor como mentiroso que le dibujó un cielo de estrellas en su espalda con uñas de conquistador promesa. Las estrellas eran fugaces, ninguna quedó; la infección permanente. Sarna que pica sin gusto. La última herida fue la peor: dieciocho centímetros de sutura en el bajo vientre.
Por ahí le extrajeron un regalo inesperado de aquella vida con excesos, muchos, y recesos, más. Sin padre a quien consultar, el amor libre también libera de toda culpa consecuente, el niño se llamó Johnli. Afán por fusionar a Janis Joplin con John Lennon, para ella pareja sin igual. Abducida por su Yesterday pensó que el niño era un presente con el que recomenzar de nuevo. Y ya iban diez. Comienzos.

-¡Johnliii, bajo a recoger conchas! ¡¿Te vienes?!
-Yesterdeiii, ol mai trabels sin so far aguaiii
-Vale, no sé para qué pregunto. Puto día que te engendré.

El tiempo que pasó Johnli entre los claroscuros del vientre de su madre nutriéndose con LSD y la Joplin, también tragó mucho Beatles, algo de hierba para el mareo, para causarlo, y ácido. De lo que se come se cría: el niño fue muy ácido. Un mal viaje para la madre que aterrizó de las nubes al suelo en un solo momento. Hostión de necesidad. Adiós a las artes plásticas, a las acampadas licenciosas, a las furgonetas Volkswagen y a vivir del cuento. De contarse el cuento de un mundo mejor es posible, abraza tu amor sin dejar tu fusil, el acto instituye la conciencia, prohibido prohibir, cambiar la vida transformar la sociedad, la novedad es revolucionaria… Todo consejos para pintar en la pared.
Al menos temporalmente porque cuando a los dos meses de vida un médico de frontera se dio cuenta de que al niño no le iban bien las ideas, Melody dio un salto hacia atrás en el tiempo para reencontrarse con la peor versión de sí misma en su pasado cavernario. Aquel en que vivía en la gruta de las drogas en constante aquelarre de conjuros y machos más o menos cabríos.
Por entonces, Johnli no podía pasar sin la teta de su madre. No por la leche, que sí tenía toda mala y peor se puso desde que conoció la noticia, sino porque con ella amamantaba su adicción lisérgica. Melody y su hijo fueron dos compañeros de aventuras y viajes sin moverse de la cama. Ella se ofrecía al peor postor y con el pago en especias especiales por un servicio deficiente viajaban ambos. Aunque lejos cada vez peor. Descarriló el barco en su último vuelo al inframundo: Melody se desvaneció Johnli cayó al suelo. Lloró, la madre no se despertó. Él se quebró del todo.
Veinte horas más tarde un camello arrepentido los encontró en proceso de deshidratación y principio de abstinencia despedida y cierre. La ambulancia de urgencias inesperadas los trasladó en estado de pánico, el chófer conducía con espanto, al centro de milagros más cercano. Porque milagro fue que otro médico con experiencia en áfrica y fiestas patronales, esto crucial, quedara de guardia. A ambos los secuestró en la frontera misma de la muerte. La parca no perdona, en su lugar se llevó al camello oportunista: infarto agudo de culpabilidad. Todos en paz.
También el médico, quien para curar su conciencia y callar al niño reclamó la asistencia de los servicios sociales. En su línea de trabajo, abulia sistemática, se los llevaron a ambos. Por separado. La madre a desintoxicación; el niño, también. La madre a recuperación; el niño, también. La madre reconquistó el equilibrio, vertical, y en menor medida el mental. El niño, el niño no. Con promesas llantos y amenazas de suicidio, método efectivo donde los haya cuando se trata de amedrantar a cobardes defensores de la ley, huyeron ambos de la ratonera asistencial y sus trampas legales. Destino: el Cabo del mundo. También conocido como el Cabo del olvido, la soledad, el silencio o cualquier otro sustantivo con significado sombrío.
Exhibiendo un paquete con brazos de muñeco, pero auténtico, es fácil viajar gratis. Melody descubrió que nada supera al dedo de un niño para hacer autoestop. Veinticinco coches y doce camiones más tarde, cama con acompañante incluida, ella era la compañía, ambos vieron cómo es un amanecer desde la costa: casi perfecto. La sublimación absoluta sólo es alcanzable con ayuda química. Ella lo sabía bien. Conformados con el sucedáneo, chófer, Johnli y ella misma disfrutaron de la vista por primera y única vez. Para los tres juntos, pues el camión partió una felación y una hora más tarde. Al final resultó que el viaje no era gratis, pagó peaje in córpore por cada tramo del mismo.
Al pie de la parada, una escalera de troncos y grava. Al final de la escalera, abajo tocando el agua, un amarre. En el amarre un bote en el bote su padre. Ella le avisó que llegaba en la última gasolinera, seiscientos kilómetros antes; era su padre el ignorado después de todo. Ninguno sonrió: él no podía ella no quiso el niño se dormía. –Hola hija. –Hola padre. –¿Ése es tu hijo? –Este es tu nieto. –Vámonos. –Vamos.
Cuarenta y cinco minutos de travesía muda, con el estruendo del motor diesel trepanándoles el cerebro y la inquietud del oleaje en constante amenaza de vuelco, atracaron en la isla. De la purificación en cuerpo y espíritu, o esa era la idea porque el trato con los Servicios Socialistas para la Intromisión en la Vida Familiar fue de dos años de ostracismo curativo o devolución del paquete con multa. El paquete era el niño y jamás tuvo un nombre más apropiado. Paquete Johnli.

-Yesterdeiii, ol mai trabels... ¡mama mama mamaaa!

Johnli gritaba como un poseso y se convulsionaba como el epiléptico que era, entre otras muchas bondades de la investigación médica y el deleite farmacéutico, cada vez que veía a su madre caminar por el borde de los acantilados. Por un angosto camino entre las paredes de roca se bajaba a una playa solitaria: pequeña, desconocida, salvaje y llena de conchas. Melody las coleccionaba para hacer collares y baratijas, que no era nada original pero sí la especie. Endémica de la zona millones de años atrás, hoy desaparecida y por eso valorada en el mercadeo artesanal de adornos y superficialidades.
Ella no le oyó, como nunca por culpa del viento y el azote de las olas contra las rocas. A Johnli aquella imagen del caminante entre precipicios se le quedó grabada en la mente a pesar de sus lagunas. Desde su ventana vio descender por ahí al abuelo la última vez, que lo vio y que bajó, poco antes de desaparecer. Nadie lo encontró porque nadie lo buscó, Melody pensó que los había abandonado. Acostumbrada al desprecio no le culpó: justicia tardía después de todo.
De los tres el único que superó la fricción de la convivencia fue Johnli, quizás por ser el más ausente o no saber interpretar miradas, vacíos y silencios. También él se llevó los sobrantes de cariño de ambos, madre y abuelo, que entre sí no pudieron intercambiar como se hace con los sellos: yo te doy un abrazo y tú me devuelves un beso. Tampoco el cariño se regala eternamente. Hubo días en que aquellos no se dirigieron la palabra, y no por algún enfado repentino, sino porque no sabían qué decirse después de tantos años en la trinchera del olvido. Menos aún cómo decirlo.
Bien sea por el desgaste o tal vez por no saber perdonarse, el caso es que Silvano se quitó de en medio. Una cosa era vivir en silencio por falta de compañía y otra muy distinta tenerla y no saber qué hacer con ella. De la escalinata hacia la playa salvaje, a mitad de recorrido parte un desvío con un cartel de advertencia: “Prohibido el paso. Peligro de accidente.” El propio Silvano lo colocó por si un día venían las visitas. Por una de esas ironías amargas de la vida el primero en no escuchar su consejo fue él mismo. Apenas doce pasos más adelante un abrupto corte de la loma despeñaba cualquier amago redentor o diatriba vital. Con sesenta y cuatro años recién cumplidos y no se sabe cuántos para la jubilación, voló el abuelo. Silvano para las presentaciones, pocas, Silvio para los amigos, menos. La mar bravía y la llovizna borraron cualquier huella incriminatoria. Puede que algunos peces y cangrejos tuvieran alimento por unos días.

Desde su ausencia, Melody asumió las responsabilidades por obligación. Y también ganas. Limpiar los alrededores de la casa; mantener limpio, en orden y operativo la razón de la existencia del abuelo, y quizás el salvavidas de más de un marinero sin él perdido: el faro. Silvano dejó la mar por miedo, se hizo farero para vigilarla; por miedo. Ella también recogía los cheques sin nombre que por “Sus esmerados servicios” recibía mensualmente el farero de parte del gobierno. Innominados por eso del desinterés institucional en la biografía y preocupaciones de los súbditos. En el pueblo a cuarenta y cinco minutos de bote y quince de bicicleta gastaba una pequeña parte en comida y suministros y el resto lo guardaba en una caja escondida bajo el banco del comedor. Era el único banco del que se fiaba su padre, y heredó ella la buena costumbre.  Una vez desaparecido terminó haciéndole caso.
En ese mismo pueblo entregaba a un comerciante de baratijas y género diverso el producto de su trabajo: collares, pulseras, gargantillas, tobilleras. Todo de conchas e hilo de cáñamo, poco duradero muy ecológico. Hecho el trueque de fruslerías por ropa o pobres utensilios, Melody volvía al bote con la bicicleta. Tan pocas las amistades que nadie le preguntó por él.

-¡Ma, mamá, má! ¡Má, má!
-¡Ay, hijo, no te pongas así! Parece que no me fueras a ver nunca más. Mira qué conchas más raras he traído hoy, la mar brava de anoche ha revuelto la playa y... Mira, mira. Tenías que haber venido conmigo.
- Yesterdeiii, ol mai trabels sin so far
-¡Oh calla! ¡No empieces otra vez. Ay… Hora de hacer la comida… a la silla. Vamos.

Melody sienta a su hijo en la silla de ruedas adquirida sin consultar por el abuelo en el mercadillo del pueblo; entregada sin palabras y por sorpresa un día sin más. O casi, porque en el viejo transistor de Silvano escuchaba ella A Woman Left Lonely de la Joplin y un escalofrío de deseo, nostalgia y dudas le recorrió el espinazo. Por ese momento de debilidad emocional recuerda aquel gesto tan inesperado como útil: ya no tendría que cargar tanto aquella carga. Mucho más cómodo empujarla.
Dieciocho pasos separan la habitación de la cocina comedor. En ambas, principalmente, viven ambos. Poco más hace falta en un lugar tan alejado de las preocupaciones y exigencias del mundo. Hay también una pequeña sala de lectura, sin televisión pero con giradiscos, un baño modesto con ducha, la habitación del abuelo y el pasillo. El cuarto del abuelo sigue como lo dejó, por si un día se arrepiente y vuelve. Ya lo hizo ella por qué no él si corre la misma sangre. Si bien la necesidad era otra.
Alrededor de la casa la hierba siempre está cortada, anteriormente tarea compartida. Hacia el sur un huerto que les provee de legumbres y hortalizas sedientas, las que no ya dejó de cultivarlas el abuelo: suponían un gran desgaste de energía. Por las inmediaciones picotean las gallinas y triscan tres cabras lo que pueden. Todas hembras, no habrá problemas de superpoblación y atentado ecológico. Y demasiado libres para ser ya consideradas propiedad. No los son tanto dos familias de conejos. Enjaulados y necesariamente prolíficos.

Melody prepara una ensalada de hierbas silvestres, patatas cocidas y maíz. Las hierbas son del tipo que Silvano recogía, ella no conoce sus nombres tan sólo que no son indigestas. Al menos para ninguno de los tres. Las patatas del huerto, y el maíz, pues del maizal. Algo más alejado de la casa hay una ladera protegida de temporales. La tierra, que se sepa nunca antes cultivada es fértil, y la lluvia sobra. Buenas condiciones para el cultivo del maíz. Y a las gallinas las alimenta bien.
El abuelo vivía con lo esencial, apenas gastos y un solo lujo barato; ella también, ese es un lugar donde la austeridad garantiza la supervivencia. Hay que pasar con lo mínimo. El gobierno además de los cheques también paga los recibos de agua y electricidad. El consumo de energía del faro es tan elevado que las seis bombillas de la casa, contando la entrada, apenas significan incremento. Y el agua sólo para la sed, el aseo y la comida. No podía tener el estado un servidor más económico.

Melody hace un puré con la mitad de su comida y a cucharadas lo va poniendo en la boca de Johnli como la mamá charrán a sus polluelos. Paciencia e insistencia, claro que éstos pasan más hambre y colaboran. 
-Vamos, no me escupas la comida, hijo. ¡Que me pones perdida!
-Ma, má, mamá. Prrr, prrrchfff, pzrrr.
-¡Déjate de paparruchas que ya no tienen gracia! Y traga. ¡Traga o te tapo la nariz!
-Ma, má. Prrrchfff, pchzrrr.
-¡Ni má ni nada! ¡O tragas o te tapo la nariz para que comas! ¡Sabes que lo hago!

El sistema es salvaje pero efectivo. Cuando tiene la boca llena de puré que no quiere engullir, con dos dedos Melody obstruye la nariz de su hijo para impedirle respirar. El pulso dura sólo unos segundos: él traga después toma aire. Dijo Silvano que un día lo iba a ahogar, pero de momento no asoma la tragedia. Ella vence el niño crece. Vence dos veces aunque su victoria sí es pírrica: Johnli está condenado a ser el escalón que une los reinos vegetal y animal igual que un hongo. Si hubo un tiempo en que Melody no tuvo mucha concreción de pensamiento, Johnli no la tendrá nunca salvo caso raro de prodigio universal. De postre una manzana. Cinco árboles plantó el abuelo: uno no enraizó, dos se secaron, otro lo mató la phytophthora. El último sobrevivió y produce. Antes de desaparecer dijo el abuelo tener previsto aumentar la disponibilidad frutícola. Los tres ya eran una familia, la primera para cada uno de ellos, y esto precisaba un aporte extra de energía y variedad. Había pensado en un peral, dos avellanos y algo de arándano para los postres. Nadie sabía hacer postres pero un programa nuevo en la radio hablaba de ello. Quizás fuera bueno dejarse aconsejar.
Antes de la ocupación napoleónica por parte de Melody y su paquete, la única voz que oía Silvano salía de su aparato de radio. Aficionado a los programas serios con una exigencia básica por la calidad, concluyó siendo un fiel escuchante de una emisora ejemplar: Radio tres. Melody, más concentrada en sus concentraciones de jipis, sus comunas, sus problemas comunes y sus escasas soluciones, jamás había oído hablar de su existencia hasta que arribó a la isla. Al principio la detestó por ser del gusto de su padre, como detestó cualquier cosa hasta donde su memoria puede retroceder en el tiempo. Después se resignó y por último se aficionó a esa ininterrumpida sucesión de exquisitez melódica y conocimientos musicales. Con el tiempo ella misma encendía el aparato. Entendió que la voz del transistor era la mejor compañía para todos, separados por dos décadas de negación mutua.

-¿Ves qué bien? Ahora a lavarte los dientes y la siesta. Todos los días la misma rabieta, ¿y para qué, eh? Sabes que mamá quiere lo mejor para ti, ¿verdad que lo sabes?
-Ma, má, ma má.
-Así es, tu mamá soy yo. Y mamá te va a meter en tu camita de los sueños. Vamos para allá.

Melody pone un garbanzo de pasta de dientes en su índice izquierdo, sujeta la cabeza de Johnli con el brazo derecho y le limpia los dientes como puede. Al niño el sabor picante de la pasta no le gusta y al principio este episodio del aseo era un drama. Lágrimas y gritos incluidos. Siempre ocurrente, Silvano sugirió que la mezclara con una gota de miel. La tarea es ahora menos traumática para ambos. Terminado otro capítulo de una vida déjà vu, ella lo acuesta. La cama es algo más grande que una buena cuna y está al lado de la suya, para socorrerlo por la noche en caso de asfixia. El niño padece graves apneas y ella se ve obligada a despertarle para que respire. Piensa que un día su hijo morirá asfixiado aunque no sabe si esto es peor o mejor para él: nunca podrá valerse por sí mismo, hace tiempo que alcanzó su techó físico e intelectual.

-Yesterdeiii, ol mai trabels sin so far aguaiii, nao i lucs as zou dey ar jiar to esteiii
-Sí hijo sí. Yesterday y today y tomorrow. Siempre lo mismo. ¡A mí que me dijeron que poner música durante la gestación estimulaba el desarrollo cerebral! En tu caso sólo sirvió para que fijaras dos versos. ¡Y qué tormento! Conseguirás que odie la discografía entera de los Beatles. Porque la canción ya lo he hecho.
-Ma, ma, maaa. Yesterdeiii ol mai
-Vale, vale. No sigas por favor. Mamá te quiere más si te callas. Duerme mi niño.
-Ma, má.
-Sí, eso, má.

Desde la desaparición del abuelo Melody ha reestructurado sus quehaceres y horarios. A primera hora limpia toda la casa y sube a revisar los aparatos del faro. Que no entiende mucho pero lo intenta. Se lo vio hacer al abuelo y ella repite metodología: pulsa un botón de prueba y sirena y foco se activan al mismo tiempo, por tres veces en intervalos de diez segundos. Test superado. De no ser así había que correr al pueblo y llamar a un número de teléfono para que vinieran a repararlo.
Después, cuando Johnli se despierta, le sigue una hora de aseo, forcejeo y desayuno. O forcejeo forcejeo y forcejeo, porque el niño tiene mal amanecer: agresivo y nada cooperante. Superado el trance, lo coloca en la silla, le pone encima una vieja guitarra y el hijo pasa las horas muertas frente a la ventana, con la mirada perdida en el infinito, aporreando las cuerdas y balbuceando los dos únicos versos que por alguna misteriosa razón memorizó nadie se explica cómo. Porque salvo ma, má y mamá, no es capaz de decir otra cosa. Un día ella se rindió a la evidencia y creyó que aquello era una represalia del destino por todos sus excesos. No le faltaba razón pues fue el LSD y su posterior desmayo, también por ácido, los que astillaron la mente del hijo. Y al cuerpo el dominio.
Colocado en su ventana, ella sale a revisar el huerto, dar maíz a las gallinas, maíz y hierba a los conejos a los que tiene pensado liberar porque en una isla, ¿a dónde se iban a escapar? Repara algún chandrío de las cabras, cada día más salvajes, y después marcha a la playa a por sus conchas. Es en ese trecho cuando Johnli la tiene ante sus ojos y le grita con desesperación. Agonía que ella desconoce, después de todo siempre le hace la misma pregunta: ¿quieres venir? Y obtiene idéntica respuesta: Yesterdeiii. En alguna ocasión ha hecho el esfuerzo hercúleo de llevárselo a la playa, cargado a sus espaldas porque en el tramo de escalera la silla se convierte en un peligro añadido. Pero vuelve tan agotada física y mentalmente que jura no volver a repetir. Cuando pasa el tiempo se arrepiente y comete el mismo error. Hasta la próxima.
Después de comer y acostado Johnli, por las tardes y salvo las raras ocasiones en que necesita ir al pueblo, se dedica a su trabajo artesanal: collares, pulseras, esas cosas. Empezó siendo un recurso para matar el tiempo antes de que éste lo matara a ella, las horas pueden ser eternas en una isla solitaria, y terminó por convertirse en una tarea relativamente seria. Aunque escasamente recompensada. Y eso a pesar del indudable valor de las conchas, auténticos fósiles de una especia exclusiva de la isla muy apreciados por coleccionistas. Pero quien de verdad se lleva el dinero de la operación es el comerciante que se los compra al tendero. Las revende más tarde en ferias al mil por cien de su precio original.
Cuando llega la noche y posterior a la lucha por la cena con el hijo, ha iniciado la nueva rutina de leer alguno de los libros del abuelo y pasar de radio tres a los discos. De alguna parte le tenía que venir a ella su afición por la música. Y por alguna razón sus padres le colocaron ese nombre; aunque a su madre no la conoció pues murió contando ella once meses. Ella supo de la melomanía de su padre ya en la isla. Claro que antes no pudo ser por falta de oportunidad: se marchó muy pronto.
En el pueblo un inglés huido al norte abrió un negocio nunca antes visto en esas tierras: una tienda de libros y discos con el extraño Irrinchi´s Land. Nadie supo jamás de dónde sacó tal nombre, pero aquel local alargado como un pasillo tenía la única oferta cultural de la comarca. Entre las dos mitades que separaban libros de discos el abuelo pasaba una mañana de cada mes: el día de cobro. Siempre adquiría algo pues era ese su lujo barato. Con el tiempo fue acumulando una interesante y significativa selección de títulos que leer y escuchar. Para los libros se dejaba aconsejar por el inglés, ávido lector de filosofía y divulgación científica; Silvano tenía muchas preguntas sin resolver. En los discos su mentor era otro, Radio tres.
Este valioso botín había empezado ella a descubrir desde que el abuelo marchó; a medias entre la curiosidad y el aburrimiento de la noche. A la mayoría de artistas ya los conocía: Rolling, Fleetwood Mac, Hendrix, Zappa, Kinks, Joni Mitchell, Young, Judy Collins. Todos formaron parte de su propio repertorio junto a las comunas y el LSD. Algo menos Génesis, Supertramp o Laurie Anderson. Era el momento de resolver carencias.

Para iniciar el trabajo de esta tarde, Melody ha seleccionado uno de Marianne Faithful. Sus letras siempre le entristecen, tal vez porque son la viva voz de su soledad, pero hoy es un raro día soleado y podrá compensarlo. En jornadas así abre todas las ventanas de la casa y deja que entre algo de alegría para variar. Lo único que entra normalmente es agua viento y frío. El cuarto de lectura, y música, es ahora su taller.
El abuelo ha ido coleccionando objetos que le regala el mar, quería pensar que eran restos de naufragios para darle un poco de romanticismo dramático, pero suponía que eran desperdicios más que otra cosa. Lo que para unos es basura, fuera de contexto y a mil kilómetros se convierte en algo hermoso. O puede que apenas cien, en ocasiones sólo es cuestión de enfoque. Esas cosas han ido conquistando los diferentes espacios de la casa.
El primero fue un trozo de red con un zapato enganchado en ella. Por los restos de color en un tiempo fue rojo, y Silvano imaginó una historia de pasión con final dramático en el hallazgo. Alguna amante arrojada al mar, quizás. La colgó del techo del pasillo. Un barril de medio tamaño se convirtió en su mesita de noche, entre la cama y la pared. Para él tenía dos teorías sin que pudiera decidirse por ninguna. O bien perteneció a un barco pirata y con su pólvora atacaron un galeón español cargado de oro plata y joyas, o quizás su sitio estaba en el galeón. Lleno de ron con el que se emborrachó el capitán antes de caer al mar. Y ser abordados por el barco pirata inglés. Una pequeña silla con una pata rota, que él arregló posteriormente con paciencia y una rama de tejo, fue a parar a la entrada de la casa. Le gustaba mirar el huerto sentado en ella los ratos de sol. Cucharas de madera que ahora están en la cocina; un gran pedazo de vela que transformó en un toldo para el huerto y proteger de las heladas al producto; un baúl lleno de papeles que el agua estropeó por completo. Silvano quiso creer que perteneció a un noble irlandés ahogado en su travesía entre gales y la pequeña isla, huyendo seguramente de sus perseguidores que le buscaban por traición para darle muerte. Malditos irlandeses, con este se hizo justicia; pensó aunque la historia era inventada. En la base del faro, al pie de la escalera, otro buen número de artilugios metidos en cajas de madera. Todo ello traído por el mar. Melody encontraba estas cosas ahora que se hacía cargo del mantenimiento general.

Canturrea “When will the morning come/ I wait in darkness so long/ Will the sun ever rise again”. Y rompe a llorar. La soledad le tiene mordida como un cáncer. Echa de menos a su padre, a pesar de la frialdad que medió entre ambos. No era mal compañero aquel viejo, después de todo. No le gritó, no le insultó, no sacó provecho de su ingenuidad, no le pidió nada pero todo lo que tenía siendo poco se lo dio. -¿Por qué no vuelves, padre? –dice ahogándose en un llanto amargo. Sus palabras rebotan en las paredes del cuarto y se apagan con el canto de Marianne. Igual que su padre, la única voz que oirá será la que proceda de un artilugio electrónico. Johnli no cuenta.
-“Hours flowing over me/ I wait in vain for some change/ Will light ever pierce this pain”. Balbucea entre sollozos mientras con tristeza observa la colección de botellas en la estantería de libros del abuelo. También del mar, algunas Silvano las guardó por su forma o color; otras por el contenido. Como esa que escondía un barco en su interior: que la mar hubiera salvado de su furia a un barco atrapado en una botella le pareció uno de esos chistes que en ocasiones cuenta la vida sin que nadie se lo pida. Pero sus joyas en la corona de desahucios eran las botellas con mensajes. Nueve nada menos, pensó Silvano que debía haber mucha gente por ahí pidiendo socorro. En algunas se podía leer el texto sin abrirlas, de haber conocido el idioma porque los había de distintas lenguas del mundo. Él decía: “En todas partes cuecen soledades”. Otras, con el papel bien enrollado e incluso atado con un lazo, había que romperlas.
Una fuerte racha de viento sacude la hoja de la ventana contra la estantería y cierra la puerta de un trompazo. -¡Galerna! –grita Melody que se seca las lágrimas con la manga del vestido y corre a cerrar las ventanas. Ya conoce bien el clima de la isla y sabe que a los primeros embates del viento enseguida prosigue el aguacero. Johnli duerme sin interrupción, ella ha asegurado bien puerta y ventanas. La casa también es un refugio. Después vuelve a la salita.

-¡Vaya! Lo que no hizo el mar ha conseguido el viento.

El golpe de la ventana ha tirado dos botellas al suelo, que se han roto. Una es la que contenía el barco, ahora con las velas descolgadas. Esto le apena todavía más, y se siente culpable. Cuando vuelva su padre sabe que no le gustará. En la otra, uno de los mensajes enrollados atado con cinta del pelo. Aunque quemada por el sol, en su lado interior se puede ver que fue rosa y amarilla. De esas cintas llevó ella muchas en su época jipi. Con todos los colores. Da la vuelta al disco de la Faithful.
Arrodillada en el suelo aparta con precaución los cristales. Luego recoge el trozo de papel y lo deslía con cuidado; se nota que tiene muchos años, el sol y el tiempo lo han resecado y amarilleado. No quiere ahora ella romperlo y extendiéndolo con mimo en el suelo, posa un libro en cada extremo. Está en su idioma, lee.

-“Keep on truckin”. Ah, este es un tema de Donovan, lo escuché mucho en mis años jóvenes. Vaya asalto de nostalgia que llevamos. A ver… “Seguiremos luchando para cambiar el mundo. Nuestro es el futuro, tenemos la llave del destino. Arrojaremos al capitalismo a la hoguera del infierno.” Vaya, sí que estaba este furioso –se dice. Prosigue-. “Se harán realidad los sueños si vamos juntos. El mío es terminar bellas artes, enseñar a todos mi trabajo. Conocerán mi obra los galeristas de París, apreciarán lo que tengo que decir”. –Mira, aquí tiene una rima el muchacho, qué poeta-. “Presiento que mi vida va a cambiar, que todo va a salir bien. Sólo hay que desearlo. Y este es mi deseo y mi propósito. La felicidad está esperándonos. Sigo intentándolo. No me rendiré. Keep on truckin”. “Melody, nueve de junio de mil novecientos sesenta y ocho.”
-¡Veinte años! –exclama sorprendida. ¡Este mensaje se escribió hace veinte años!

Dos minutos más tarde, recuerda.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE
PARA VER MÁS/ SEE MORE:

No hay comentarios:

Publicar un comentario