domingo, 18 de agosto de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte XXII (relato breve)





-Buenos días. ¡Ah, pero cuánto tiempo sin verle por aquí! ¡Ya creíamos que nos había olvidado! ¿O será que le bajó la fiebre fotográfica? Yo aposté que no, que no era usted uno de esos que se encaprichan con cualquier bobada y luego olvidan. Me da que le va más el rollo persevera. Me se antoja que sí. ¡Helsike, si es que no hay más que verle! Yo, tantos años en la barra de un bar me he aprendido a conocer a la gente. Y es que no hay uni como la calle. ¡A los quince años ya estaba trabajando! Pa ganarme la vida, ¿sabe? Que no todos somos hijos de buena cuna. Mi padre, un borracho. Mi madre, una puta que parió seis hijos y ninguno crió. Y así, claro, no hay quién viva. ¡Helsike! Entre todos le dábamos unas palizas al borracho ese, se agarraba unas mierdas que lo dejaban tumbao. Como muerto, oiga. Y entonces mi madre y los seis comenzábamos a zurrarle hasta hartarnos. El tío se quedaba inmóvil, en coma o algo así, y nosotros a hostia limpia oiga. Hasta que un día se nos fue la mano y la palmó. ¡El muy cabrón! Nos dejó sin blanca y en la puta calle, porque cuando no se emborrachaba trabajaba para mantenernos a todos, no se crea que era de esos que pega a la familia, no no. Ni se le hubiera ocurrido, menuda era la zorra de mi madre. Con él comprando y vendiendo cacharros viejos íbamos tirando, pero va el hijo puta y se muere. Yo digo que fue mi hermano pequeño que le dio una ristra de patadas en la cabeza que lo dejó seco. Mi madre dijo a la policía que fue ella, en defensa propia. Que iba borracho y la amenaza de muerte. En la paliza se golpeó con el suelo y se quedó frito por suerte para todos o nos hubiera matado que aquel día estaba más violento que nunca. Que nos pegaba a todos y que nuestra vida era un infierno. Nadie se atrevió a dudar de una pobre viuda desconsolada con seis hijos llorosos. Todo mentira ya le digo porque debo confesar que aquel viejo nunca los puso la mano encima. Cariñoso no era mucho cuando estaba seco, pero de ahí a pegarnos… No no. Nunca. Y a ella, menos aún, yo creo que el desgraciado le tenía miedo, fíjese lo que le digo. ¡Si hasta se ponía besucón cuando venía cocido! Es igual, el cerdo se murió y a partir de ese día vino el derrumbe. Todos sin casa y en la calle. Mi madre, que en eso de la calle era una experta, se buscó rápido un chulo y entre ambos nos repartieron por ahí. A la beneficencia, las monjas, cualquier puerta grande de madera con picaporte de bronce. Que nos iban a cuidar bien y dar de comer todos los días. Pero nos dieron por el saco. Suerte que yo en cuanto pude me escapé. Pillé hueco fregando suelos en un bar y en tres meses ya era camarera. A la dueña le gustaba cómo meneaba el culo, decía que atraía a los clientes. Se equivocó porque detrás de la barra los clientes me veían el culo menos que fregando. Pero sacaba buenas propinas con mi labia. Un día quiso ponerme la mano encima y me largué. Resulta que era una jodida bollera, ¿se lo puede creer? A la que le gustaba cómo movía el culo era a ella, ¡la zorra! En fin, que se nos va el tiempo y no me quiero entretener. ¿Qué se le ofrece caballero, qué rollos me trae hoy? 



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

No hay comentarios:

Publicar un comentario