miércoles, 23 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXVII (novela corta, de momento)



Comenzó por descalzarse. El calcetín izquierdo empapado en agua y algo de sangre. Un pequeño corte de apenas un centímetro de largo por medio de profundidad en una carne reblandecida y arrugada por la humedad sangraba lentamente. Helado de frío, era más urgente quitar esas ropas mojadas y dejar las reparaciones para más tarde. Pantalones, chaqueta; ropas gruesas y excesivamente holgadas para su complexión: no era un muchacho fuerte pero Fausto creyó que quería pasar por ello. O que las ropas eran prestadas, tal vez de origen humilde, por su hermano mayor. Todo le quedaba grande o muy grande.

De la maleta extrajo otro pantalón de corte similar. Sentado en el suelo se coló por él cual conejo en madriguera: escurridizo y veloz. Fausto se preguntaba a qué obedecía tanto recato, después de todo los pasajeros bastante tenían con su propia integridad física y él no le estaba espiando precisamente. No eran los hombres objeto de su interés, además, entre relámpagos casi no veía ni la punta de su mano. Pero cuando el muchacho se guitó la gorra, una melena lisa de color oscuro cayó cubriéndole los hombros. Ahora, su imagen cambió completamente a los ojos de Fausto, y la silueta reapareció en la de otra persona. Comprendió qué ocurría.
Al desprenderse de la camisa, un destello inoportuno iluminó el barco por un segundo. Un segundo traidor inesperado delator. Un segundo que reveló un secreto que Fausto acababa de descubrir: Charles tenía pechos. Puede que la luz no fuera suficiente para casi nada, pero a él le bastó para identificar claramente que aquellos bultos con forma de manzana tamaño pequeño, no eran fruta. Eran dos tetas con sus pezones erizados de frío y también arrugados de humedad. <<¡Dos tetas!>> -se dijo sorprendido. Suerte que el relámpago fue breve, porque si Charles le hubiera visto su cara de asombro, Fausto habría sentido más vergüenza que aquel siendo descubierto. 

© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

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