martes, 11 de marzo de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 119 (novela corta alargándose)



-Vaya. Ay, mi espalda.

-Sí, eso no lo he podido evitar. Te solté aquí como pude. Me caía.

-¿Me has traído tú? No sé… No recuerdo nada.

-Sí. Te recogí de ahí abajo. Te dio un mareo.

-No sé… Uff… Pues vaya susto que te habrás dado.

-Bastante, sí. Pero ya pasó. ¿Nos vamos?

-¿Qué? ¿Cómo que nos vamos?

-Claro. ¡Después de lo ocurrido no querrás volver!

-¡Mon dieu! ¡Por supuesto! ¿Cuántas oportunidades más vamos a tener antes de que el capitán descubra que le falta la llave?

-Pues no lo sé, pero ya has visto lo que ocurre. No se puede respirar.

-¡Eso era antes! ¡Por la mala ventilación! ¿Sabes el tiempo lleva esa puerta abierta?

-No sé. Diez, quince minutos…

-Pues yo digo que ya podemos entrar. Bajemos.

-Entrar sí, como antes. El problema será resistir.


Charlotte se incorpora y lanza nuevamente escaleras abajo.


-¡Vamos! No perdamos más tiempo!


Ella tiene razón: el hedor aún siendo tan insoportable como antes está ahora más oxigenado. Apesta igual, intoxica menos.


El olor a fuel-oil hollín anticongelante ácido de baterías grasa y aceites procede directamente de debajo de sus pies: segundo sótano. En ese punto se aloja el motor con toda su servidumbre: depósito, baterías, generador. Todo lo relacionado con la vitalidad del barco. Si se quería anular a ese gigante, su avance o sus sistemas, bastaba con provocar una avería. O bien accionar la palanca de color rojo con cartel en cinco idiomas que dice: PARE. No sabiendo si era el lector o la maquinaria quien se detenía.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

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