martes, 24 de junio de 2014

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 26



Me sentí el ser más desdichado de la tierra. La imbécil más imbécil en el universo ingente de los imbéciles. Aquella a quien se podía pegar insultar despreciar expulsar arrojar quemar si hiciera falta. No había consecuencias por todas las cosas que me hicieran a mí. Sólo yo sufría las consecuencias de mis errores.

Allí mismo, en la acera, me lié a patadas contra lo único que no podía devolverlas: mi equipaje. Hasta que reventé la maleta. Desahogada, llorando de rabia e infortunio, me tiré en el suelo. A mi espalda la gigantesca puerta cerrada del convento me hacía parecer aún más insignificante y desventurada. Pero por mala que sea una experiencia, esto sí lo aprendí de jovencita que a esa clase no falté, siempre puede empeorar. Y ésta lo hubiera hecho a gran escala de no ser porque entre mis virtudes, que las tengo, está la agilidad. Como un gato salí corriendo con mi equipaje malamente agarrado en cuanto vi dos motos de eso que eufemísticamente llaman policía de proximidad. ¿Proximidad a quién? A mí no, porque me las piré antes de que las motos aparcaran en la acera al otro lado de la calle.



Bien es cierto que el tráfico me echó una mano, que los policías tardaron más de lo calculado en cruzar hasta la puerta del convento, desde donde probablemente les habían llamado para deshacerse de la chusma mendicante como yo; pero también es cierto que salté como una gacela sobre setos y bancos; que corrí como un guepardo calle abajo: que me colé como una anguila en el primer autobús que encontré parado con la puerta abierta.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

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