miércoles, 21 de agosto de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte XXIX (relato no tan breve)



-¡Zorra, que eres una zorra! ¡Jävla hora!

- Ven, ven. No te distraigas con esa furcia, ¡matvrak! Lo mejor de la lonja me lo he quedado yo para clientes como tú. Que te veo a menudo pero nunca me compras. Hoy estás de suerte, almejas, caracoles, mero, congrio, cachalote. Tengo unas ruedas de lucio estupendas, mira. ¿A que son preciosas?

-¡Cariño vente que yo sí ofrezco calidad! ¡Ven! ¡Lomos de tiburón! Pescado esta misma noche. ¡No hay cosa más fresca en todo el mercado! ¡Ven criatura y llévate estos lomos!
-¡Que te tengo dicho que los lomos mejor los escondes! ¡Gamling! Ya me sé yo de dónde te traes tú el género, lo que no quiere nadie se queda ella, te lo digo yo, precioso. Yo sí te doy fresco, guapetón. Además, mi oferta de grabar no la supera esa ni vestida de novia. 

-Está bien. Medio kilo de bacalao.
-¡Va en un segundo hermosura! Se te ve cara de listo.
-¡Eh, mi tiburón! 
-¡Que te calles ya jävla hora! ¡¿No ves que el joven ya se ha decidido?! ¿Te pongo también unos arenques? Te prometo que no has probado cosa igual; los preparo yo misma. Tú graba, graba sin reparo que te voy apañando el pedido. ¿Y estos dos chicharros que me quedan? Mira cómo están de frescos, ¿has visto sus ojos? Te los dejo a buen precio y limpios para que los hagas al horno. Esta misma noche, para ti y tu novia. Te doy una receta que con ella te la echas al cesto, seguro. Porque un joven y guapo como tú tiene que llevarse a las mujeres detrás. Graba, graba. Espera que me arreglo un poco el pelo. ¿Unas almejas para la sopa? Medio kilo, sí. Pasa, pasa aquí dentro y graba todo esto. Lo que se te antoje.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte XXVIII (relato no tan breve)



Pudo grabar al pescatero exhibicionista y éste, por supuesto quedó encantado recompensándole con una de sus mejores exhibiciones. A su lado, la señora gruesa preparando arenques y destripando sardinas era puro costumbrismo. -¿Qué te pongo joven? –solía decir a los clientes quienes por temor a la emboscada cruzaban encogidos la frontera de su puesto. Tres metros de mostrador cargado de hielo cubierto de helechos tapados con pescado. Por el drenaje goteando escamas y sangre. En un cartón donde envolver la compra del cliente, el precio cambiante según iba la jornada. Por kilos o docenas de acuerdo al producto y la ganancia.

Como ella otras tantas desperdigadas por la planta baja del mercado. Tres pisos con dedicación exclusiva por procedencia: mar, tierra; animal o vegetal. La planta baja: bacalao de alta mar, ballena del norte, lenguados de Terranova, foca de temporada, camarones enanos, atunes enormes, calamares gigantes, luciopercas doradas, salmones plateados, langostas negras, medusas deshidratadas... Todo expuesto sobre montañas de hielo entre gritos del vendedor con el tono más alto y las necesidades más graves: chiquillos y deudas en ocasiones por orden inverso.

-¡Eh, aquí! ¡Ven precioso! ¡Puedes grabarme lo que quieras si te llevas algo! ¡Ven, ven, acércate que no te voy a morder!

Fausto se aproximó a un puesto que nada tenía de particular, salvo la mujer que con algo más arrojo y descaro que la competencia lo miraba clavándole sus grandes ojos azules.

-Mira qué genero, precioso. Cómprame una cosita y grabas lo que te plazca. No me vas a negar que tengo buena cara para la cámara. ¿O sí?

- ¡A esa ni caso! ¡Ven aquí que yo sí he traído lo mejor! ¿Has visto mis salmones? ¡Están vivos!

-¡Tú calla! ¡A tus años mejor los salmones los escondes!


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE


lunes, 19 de agosto de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte XXVII (relato no tan breve)




Entonces se dio cuenta de que tres minutos de grabación no eran nada. O sí: un insulto pues la brevedad del testimonio no hacían la menor justicia al drama de aquel personaje anónimo. Y de que él mismo había tenido un comportamiento similar a los espantados dejándolo ahí. Decidió en ese momento que debía ensanchar sus horizontes, tanto como 16 mm. Pero no sin antes gastar los diez carretes que el quedaban para esa mañana en la ciudad.

-¡Tú imbécil! ¡Qué estás grabando! ¡Apaga eso o te rompo la cara con la cámara!

El frutero era un tipo interesante por su aspecto y desagradable en las maneras. Fausto le robó una secuencia donde tronchaba un melón de un machetazo. A lo salvaje de un salvaje, y a la vista de todos los clientes. Salpicando a algunos de ellos y humedeciendo a algunas de ellas. Fausto no alcanzaba a comprender qué seducía más a esas mujeres: si la complexión de marinero fornido hosco rudo áspero y quizás subconscientemente varonil, o la fanfarronería socarrona chulesca altiva arrolladora y explícitamente sexual de su forma de tratarlas. En sus múltiples visitas al mercado solía espiar este puesto desde la distancia, hipnotizado por la escena diaria de fisicidad e insolente conquista. 


Todo esto lo observaba desde las antípodas: el antagonismo absoluto del salvaje era un vendedor de pescado. Afeminado amanerado engominado y emplumado como un pavo real de los pies a la cabeza, se trabajaba a las clientas en el extremo más opuesto imaginable: un maricón declarado y confeso que sudaba feromonas donde el anterior exudaba testosterona. Ambos, el frutero con vocación de marinero y el pescatero con sangre de florista eran el norte y sur de todo el mercado. Polos opuestos de un mismo imán donde las hembras con ganas de hombre quedaban atrapadas como moscas en la miel. En el intermedio, quizás en la zona gris de las relaciones entre sexos estaban los y las demás. Quién sabe si anhelando dejarse atrapar por alguno de esos límites según preferencias. O puede que por ambos en agotadores sesiones de mañana y tarde.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte XXVI (relato no tan breve)



Fausto gustaba observar las transacciones vendedor cliente, con especial atención a los rostros interesados. La pretendida superioridad del comprador, el contenido desprecio del vendedor. Un flujo de comunicación no verbal que revelaba al buen ojo el desapego y menosprecio de las partes donde, sin embargo y por razones que sólo obedecían al interés personal, se daba el trato. Hacia esos encuentros se dirigía ansioso cuando por la calle una mujer harapienta y deambulante rompió su cadena de pensamientos. Dirigiéndose agresiva a los transeúntes profería gritos, más que probables insultos, en un idioma ininteligible. La mujer o estaba ebria o había perdido la cabeza, que venía a ser lo mismo con la salvedad de que lo primero se pasa con las horas y lo segundo se agrava con los años.

Sin perder un minuto se detuvo junto a un portal simulando una espera y extrajo el tomavistas. La mujer y su zozobra atrapadas en la cámara eran un regalo que bien compensaban las naderías de Huesos. Tres minutos de un plano secuencia que para Fausto fueron el salto al reportaje callejero. El corto documental que suponía un ascenso en la experiencia cinematográfica. La existencia perdida de aquella mujer desorientada cautiva de sus desvaríos, y para siempre cautivada en los ocho milímetros del sencillo Yashica E8. Olvidada quizás por su familia repudiada tal vez por sus amigos evitada con temor por los viandantes, todo ello sintetizado en ciento ochenta segundos de cine mudo dramático blanco y negro. No era aquí el sonido lo importante pues nada se entendía de lo que la mujer decía y nada respondían los asustados asaltados, sino la imagen. El vaivén de aquel ser en expulsión social, las huidas de los caminantes cambiándose de acera, sus mediavueltas carreras retrocesos zigzagueos con tal de eludir todo contacto, incluso visual, con el apestado: la lunática era un temor real.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte XXV (relato no tan breve)




Abandonó la tienda aburrido y satisfecho. Era Huesos quien le aburría cuando adoptaba el papel de experta en la materia, pero al menos esta vez no había perdido su tiempo y energías en respuestas de compromiso. Cuando por error se le escapaba alguna contestación, por monosilábica que fuera ya tenía la dependienta pie para seguir en el imparable discurso de consejos y estupideces. Así que toda economía verbal con la verdulera era bienvenida, un ahorro de energía y un bienestar para el ánimo. Tanto, que en esta ocasión abandonó el comercio con ganas de actividad cuando lo habitual era que ella le agotase.

Ese día portaba la cámara en la mochila y dado que el negocio se ubicaba en la calle más comercial y bulliciosa de la ciudad, había grandes posibilidades para una filmación espontánea cargada de improvisación. Fauna urbana en paisaje antropizado; especímenes y entorno imposibles de encontrar donde vivía, por eso se alejó de este mundo. Pero la situación era distinta: precisaba renovar contenidos y atrapar lo grotesco y lo burlesco. Lo fatal y lo trágico. Lo cómico lo absurdo lo histérico de la ciudad con sus habitantes estrujados en la prensa diaria de la rutina laboral social familiar. Tres frentes imposibles de vencer ni contentar. Él, libre de esas trampas, necesitaba filmar esas rarezas habituales como el entomólogo que se pasea por el parque en el corazón de una megalópolis desmedida. De la céntrica calle a pocos minutos se hallaba el ayuntamiento. Tras él el mercado donde Fausto se aprovisionaba: frutas verduras legumbre pescado; poca carne, ahumada adobada embutida en su mayoría. Pero lo interesante de hoy no era la oferta gastronómica, sí el paisaje y paisanaje. Sujetos rudos encadenados hasta la muerte o un golpe de suerte al trabajo diario de producir adquirir sonreír vender. Disimulando con esfuerzo el notable asco y el hartazgo que sentían por una clientela siempre dispuesta a insertar reparos con tal de rebajar el precio. Indiferente al trabajo del productor, los costes de manipulación gestión transporte. Y los impuestos, los colmillos de los impuestos al final de la cadena donde más carne hay para arrancar. Todo ello por unas coronas de las que apenas un fragmento quedaba para su propia supervivencia.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE