lunes, 1 de septiembre de 2014

IT IS. IT WAS.

IT IS. IT WAS.




It´s just a matter of time

before you get out of, this your bloody world,

that tiny and fragile and desolate place where you are but no live

and see what en realidad hay.



Un espacio vacío ocupado por moradores vacíos

atados a sus circunstancias, su tiempo

sus pertenencias prestadas sus adornados sueños.

Su ir y venir sin sentir.

O sintiendo que tal vez este demorar y dudar entre quedar o partir

no sea more than just another non sequitur.



It´s only a lapse o time

another chapter in the frontier of your dark history

eroded by the hard cold winds of abandon and solitude

that you be hanging from the hook of a question

bitten like a fish swallows a bait

where you´ll discover that is late my friend,

my dear my love my enemy my neighbour my visitor

my unknown discerning man

my swindling discordant woman

que el tiempo se te fue se nos fue lo perdimos no volverá.



Que los errores llenaron tu camino y el mío de escombros

Que caminarás sin aliento vagarás sin descanso

Agotarás esa vida en que estás solo, y sólo de paso.



It´s no more than a matter of time

that you´d rather say no more,

better forever good bye,

that keeping like a slave like a fish out of water

like drowned under layers of water

just for living and keep on the road.








© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

jueves, 28 de agosto de 2014

SAY SO, SO!

SAY SO.SO!




No digas No. Say maybe.

Say perhaps cuando debas decir sí.



Guárdate la ambigüedad como defensa.

Es la sinceridad cosa de niños.

La transparencia cosa de valientes.

Y ya se sabe qué les pasa a los valientes:

pocos van a las estatuas. La mayoría acaban en las fosas.

Con su manta de cal viva vertida después no para arropar;

sí a rematar.



No digas que fuiste tú, di que pasabas por allí si te atrapan en la escena.

Del crimen.

Para los demás casos, niégalo todo. Puestos a negar

niégate tú.

Say I don´t know Say ain´t nothing at all.

Say I´ve to go!



Sonríe a tu vecino cuando se acerque. Vigila tu espalda cuando marche.

Sé amable si es necesario, y necesario es cuando debas pedir algo.

Para el resto de los casos, no seas nada. Be, nothing at all.



Puestos a ser algo, sé invisible. Volátil efervescente.

Vuela de aquí de allí de donde estés.

No ocupes aceras ni calles. Ni caminos ni veredas ni

te ocupes tú.

Sé nada, no te identifiques con nada. Para poder serlo todo

según convenga la mañana. Según venga el día.

Según esto y lo otro. Según…



No digas: ¡Eh! Te contestarán:

¡Y a mí qué!



Say So, So.






© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

domingo, 24 de agosto de 2014

60 MOONS

60 MOONS


Ahora que tras sixty moons,
llenas y completas de estar juntos,
a la espera de otra luna nueva estamos  
que ilumine y ahuyente la larga noche gruesa de donde salimos
a mordiscos de lobo empujados por el destino,
a veces cruel, con desatino, otras con tino.

Ahora que tras sixty moons remando al viento
a favor o sin él, a corriente y contracorriente,
a golpe de rabia de ganas de ilusión de mala leche  
contra el mundo que no nos deja que es hostil que nos persigue  
que nos envidia a veces al que damos esquinazo siempre
que no caímos en sus trampas para osos y lobas
que evitando vamos sus dolores males y cargas.

Ahora que pasaron sixty moons como pasa una nube, como se va el día.
Como se agota un suspiro, tras otro y otro y otro que sesenta lunas no son nada
que es sólo el comienzo,
luminoso abierto esperanzador de cada jornada.
Que armando a golpe de tesón o mazo, según los casos,
este nuevo andamiaje vamos
para levantar la torre desde la que gritar al mundo podamos
y decir: ¡Eh, vosotros, los de ahí! ¡Estamos aquí!
¿Es que no nos veis?

Y sacar las cartas, esos ases que siempre guardamos en la bocamanga
esa tinta de oro para escribir palabras
con que mostrar a otros, a todos, que no estamos aquí sólo para mirarlos
ni siquiera para mirarnos,
que aún queda por definir nuestro lugar, sí, en este mundo.
Que no hemos llegado al final del camino que nos queda mucho por andar,
y por contar.
Por mostrar por enseñar.

Ahora que tras sixty moons al comienzo de otro giro brusco estamos.
Otro quiebro otro requiebro inesperado en el libro, novela larga sin dramas
que vamos escribiendo, con tinta de oro ya lo he dicho. 
Que accionamos el gatillo que disparará los cambios, ahora sí, ahora al fin
debo reconocer, y quizás sí o sin quizás entonar algún mea culpa,  
tal vez así deba ser,
por todos los pisotones en este baile que te di
por los tropiezos que sin querer provoqué
por mi prisa en cambiar de danza,
pues quién sino tú y sólo tú,
puede escuchar y saber interpretar
mis feas caras mis exabruptos
mis errores que son muchos.

Ahora que sesenta moons se fueron como nada
pero donde todo pasara
sólo ansío saber,
me puede la prisa la curiosidad al anticipación,
qué vendrá después
de otras sesenta.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

viernes, 18 de julio de 2014

10:03

10:03


Caminan agotados los imbéciles.
Los turistas los vecinos
los amigos de éstos son aquellos.
Caminan arrastrándose como gusanos. Peor:
los gusanos no se arrastran, avanzan.

Se arrastran los imbéciles con las primeras horas de la mañana.
Tras la noche de excesos desinhibición y falta de criterio.
Horas a la luz de bares y farolas
bebiendo fumando esnifando metiéndose:
por la boca por la venas por el culo.
Por los lagrimales: directo al nervio óptico fundido a negro rápido
del último plano. Corto. 

Apagón de las ideas y sobreexposición de las emociones
a la quimioterapia poligonera.
Acceso rápido al fin del mundo.
Abscesos rápidos de cualquier manifestación ideológica
y sintomatología del desequilibrio.
Funambulistas sobre la cuerda del vacío
borrando penas con miserias
llenando soledades con tristezas.
Vacío al vacío sin otra cuerda que esa rodeando el cuello.
Moriréis antes de llegar al suelo.

Con las primeras horas de la mañana
salen de su agujero los imbéciles. 
Drogados para no ver el día.
Otro puto día donde amanecen los que sin meterse
ya están siempre drogados.

Imbécil ellos imbécil tú imbécil yo.
Ay de aquel que no se considere imbécil.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 15 de julio de 2014

TODO VA BENE

TODO VA BENE


Desde mi ventana veo cómo ondean ajadas las banderas
donde ayer anunciaban el negocio de Chuchín,    
qué hombre tan majo.
Una tienda de muebles de categoría.
Media categoría que el cliente ni pide ni paga más.

Se espantaron los clientes con la crisis y Chuchín
espantado por las deudas se quitó de en medio:
siempre su mujer y los demás le dijeron que era un estorbo.
Fue coherente.

Los rótulos de confíenos su vehículo
mejor precio no admite comparación
hablan de un pasado glorioso.
Para el taller de reparaciones.

Mecánico a jornada completa Toñín el de la barba cana
cambió ruedas aceites pastillas de freno y escapes
a medio barrio.
Al otro medio no que andaba sin coche a cuenta de la escasez.

Hay en el taller docenas de vehículos sin retirar.
Para no tener que pagar.
El negocio de Toñín es un cementerio.
De coches muertos. Toñín también.
Una mala caída al foso de los cambios de líquidos y no salió.
Vivo.

Su viuda y cuatro niños dicen desde la calle que se tiró.
Tanto por pagar… Se quedó blanco cuando se encontró sin blanca.
Ni capacidad de recuperación.
Curiosamente, lo vio todo negro hasta ese día
en que cuentan que se cayó.
Sí fue cierto: calló.
Otro más que dejó de molestar.

Ya no pide permiso la enfermera, Lourdes la pelirroja
cuerpo de fábula para más señas ojos de jaula.
Se hartó de soportar a médicos impacientes a pacientes
que protestaban como médicos.
Ella entre dos fuegos los milagros a Lourdes.

Al borde del estallido laboral el consejero por turnos
redujo consciente y consecuente las jornadas.
De los demás la laboral y salarial.
La personal no dijo nada para no tener que callar:
qué mejor defensa que un silencio sepulcral.  
No para Lourdes.
Por callar y callar y callar
le seccionaron el sueldo tres veces.
Y a ella la yugular. Una vez:
y otra, que no pudo pagar.

Al consejero, al oligopolio de la electricidad,
al del gas a la compañía de aguas patrimonio privativo.
Al banco de Alí Baba y los ochocientos consejeros.
Todos ladrones mudos.
Lourdes ya no pide disculpas: ahora dice joderos.
Desde la cárcel. Como revancha.

Con un jeringuillazo sobrado de centímetros cúbicos 
mandó en una guardia a un barrio más calmo
al director de su oficina,
bancaria de confianza de toda la vida.

El tipo entró en coma etílico frenopático:
se hartó de celebrar con champán el último reparto
de dividendos.

El ministro que lamentó el suceso
sin saber quién era el tipo,
dice que todo va bien.
Al de la cara de iguana que todo le da igual.
Total, pa ná: Iguaná.   

Que todo va bien que lo peor ha pasado que lo bueno
está por venir. Que hay porvenir.

Va a ser que no para estos tres.
No para ti con tu cara de tomate ni para mí
con este rostro de mortadelo. Ni para ellos
con su jeta de pepino.

Desde mi ventana veo cómo se vacía la frutería
y se llena la calle de melones con piel de naranja:
más barata que la de gallina e igual de antiestética.
De fresones con minifalda remangada hasta el sobaco.

A la improbable búsqueda de un ministro
con guante blanco dedos largos
y cara de Iguana.
Que resuelva este caso y otros
sin mentirnos más.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

P-P

P-P





Prefiero pedir perdón que permiso

Prefiero pedir perdón que permiso

Prefiero pedir perdón que permiso.



Desde la celda hoy sólo pedirás perdón.

Desde aquel día en que sin permiso de una joyería

te llevaste el mejor collar.



El collar de diamantes la joyería de un desconocido.

La policía, del pueblo. La cárcel, de todos.



¿Y tú?

¿Prefieres pedir perdón,

o permiso?







© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

miércoles, 2 de julio de 2014

VALS-DES






VALS-DES



Caminando por la calle, yo te viii.

Vaya, no será así en esta ocasión. Insisto:

Tropezando por el camino te encontré.

Tropezaba yo paseabas tú.

Me recogiste, del suelo del aburrimiento,

del tropel de caminantes desmoronados

sin destino,

que andaban por allí.

Todos juntos, cogiditos de la mano como niños o viejos.

Como viejos niños.


Luego de un rato, tal vez años de descubrirnos los secretos

de una vida rápida y una muerte lenta,

nos despedimos para no vernos jamás:

te llamaré me llamarás.

Ni lo uno ni lo otro. Que la corriente no nos dejará.

En paz.

La corriente de gente corriente.


No pude verte no viniste por aquí. Amiga mía.

Nada será como nunca pensamos que podría.

Nos quedan un puñado de deseos antes del olvido:


Que la paz te llegue sin protesta:

tú y la paz.


Que el camino te traiga sorpresas, sean la mayoría

buenas.

Y las que no se borren pronto con la lluvia. Con el polvo.


Que las compañías duren lo necesario.

Que no aniden en tu balcón malos cuervos

ni buenos cucos.

Que se esfumen los fantasmas de un pasado mejor.

Que el presente sea auténtico y el futuro propicio.

Completo.


Que fumar te desagrade hasta que condenes el hábito.

Que cuelgues el hábito te sueltes la melena te tires al monte.


Que sepas cuándo correr y cuándo quedarse inmóvil,

es el mayor acierto.


Que tus veranos sean de niños y los inviernos breves.

Que estén permanentes tus naranjos en flor.

Y el limonero y el jazmín y el azahar y…

Que siempre huelas a flor. Tú,

y a los demás.


Que mirarte, en el espejo, te dé coraje y fuerza y ganas

para seguirte mirando.

Que lo que veas te guste lo que digas oportuno lo que hagas,

correcto.


Que si no eres hoy mejor que mañana,

y pasado y ayer,

lo parezca.

Que seas mala, mala muy mala.

Y nadie lo sepa.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

domingo, 29 de junio de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 153 (novela media)



Fausto cruza el entrepuente cámara en mano dispuesto a registrar la presencia. Ya en el exterior, casi a tientas, busca a la niña. Agudizando la vista para extraer del fondo de sombras una silueta que la identificase. Charlotte le sigue a prudente distancia. siendo difícil adivinar su próximo movimiento no le apetecía ser arrollada por un brusco cambio de dirección. El viento sopla a rachas, frío y húmedo. Un oleaje incómodo balancea el barco retenido con el ancla. Fausto nervioso trata de localizar a su niña. Rebusca entre la maquinaria, por los armarios y cajones adosados a los mamparos. Todos candados excepto uno; poco se ve pero dentro no palpa más que herramienta. Y huele a herramienta.

Halla unos peldaños soldados a la pared que ascienden al techo del entrepuente. No se atreve a subir, entre los movimientos del barco, las rachas de viento y sus recuerdos. Demasiado reto para encontrar una niña que sólo ve él.


-¡Faen…! ¡Vámonos!


Da media vuelta hacia popa, a dos pasos pisa un objeto pierde el equilibrio cae al suelo.


-¡¡Faen!!

-¿Qué te ha pasado? –pregunta Charlotte desde su posición, prudentemente inmóvil pegada a la puerta-.

-¡Ay! ¡Que me he caído! ¡Quién me mandará a mí…! Pero, ¿qué es esto?




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 152 (novela media)



Aún así, se impone la clausura emocional y salvo los niños, desconocedores de estos trances para adultos en edad de mejorar, y el anciano, harto ya de lo mismo, cada cual volvió a su espacio. Excepción hecha del griego a quien su compañero de cuarto relegó al pasillo. Seguramente pacto entre camaradas a beneficio de quien se beneficiaba a la amante de turno. No sobraban las oportunidades de tener un escarceo en alta mar, y no sería el compañero de cuarto quien lo estropeara. Hoy por ti con suerte mañana por mí. Besos, el griego sin cama ni cuarto temporalmente, con unas mantas que le prestó el camarero se habilitó un camastro de urgencia sobre ocho sillas del comedor. Cuatro frente a otras cuatro. Ahí pasaría la noche.

Fausto y Charlotte disimularon su carencia de daños en la batalla naval reabriendo la herida de ella en el pie. Estrategia que les dejó libres de sospecha y enemigos, nadie podría acusarles de cobardía por no participar en la pelea; tampoco de provocación pues realmente no se involucraron. Una forma sensata de evitar el conflicto con ambos lados. Charlotte pensó que esa noche de reflexión y derrota sería apropiada para una segunda expedición a las entrañas del barco: lóbrego y asqueroso lugar encierro de muchos secretos.

Acordaron la hora de costumbre, en esta ocasión con cámara. Luna negra cielo negro amenazando lluvia. Fausto escudriñando el lugar de las apariciones. A las tres horas veintitrés minutos ve una sombra semidesnuda. Tenía que ser la niña porque a los demás ya los tenía controlados.


-¡Mira mira! ¡Ahí está otra vez!

-¿Qué? ¿Qué es lo que está?

-¡La niña! ¡La muchacha de otras veces! ¡Fíjate ahí! ¡Pegada a la cadena del ancla! ¿No ves una sombra’

-Yo no veo nada.

-¡Sígueme!



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 151 (novela media)



Y a Fausto toda aquella estéril disputa por un dinero que en el mar carecía de utilidad práctica, le parecía una gran pérdida de cordura y energías. Algo así debió pensar el anciano, por sabiduría, que junto al niño de los ojos de rana, por lo contrario, miraban la trifulca con asombro, éste, y precaución, aquel. Esquivando con habilidad puñetazos perdidos patadas sueltas mordiscos al aire y agarrones.

Molidos a golpes todos y con la ropa hecha jirones la mitad, agotados la mayoría y avergonzados hasta lo inconfesable, progresivamente fueron cediendo posiciones e interés. Desapareciendo discreta y paulatinamente de la escena. No obstante, el griego Babis, que le había cogido el gusto a la morena española, y puesto que ya estaba casi desnuda, aprovechó la ocasión para encerrarse con ella en el camarote número siete. Jacinta, así se llamaba la pobre por castigo del padre que deseaba un hijo, algo aturdida y desconcertada por lo ocurrido se dejó arrastrar: mejor con él que con la otra española loca. Que por cierto, no perdió ripio de toda la maniobra. Más envidia a la envidia.

El holandés y el capitán, tuerto de un puñetazo y magullado respectivamente, no encontraron fuerzas para retomar el control del puente y reanudar la marcha. Así que con la aquiescencia del segundo ordenó el primero a los chinos arriar el ancla. En espera de una recuperación física general. Idea que agradeció la tripulación cansada del trabajo; y menos el pasaje, cansado del viaje. Además el suspense obligaba a todos a meditar lo sucedido y nadie estaba dispuesto a cagar con otra dosis extra de culpabilidad: quien más quien menos ya había tenido bastante con su pasado dejado en tierra como para repetir el mismo patrón error-culpa-error-quizás perdón.







© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 150 (novela media)



-¡Hijos de puta! ¡Aprovechados! ¿Quién me ha desnudado? ¿Dónde está mi ropa? ¿Dónde está esa loca cabronaaa?

-¡Aquí! ¡Ven a por mí desgraciadaaa!



A ello iba la morena si no fuera porque entre público y tripulación las contuvieron a ambas. No sin esfuerzo pues rodando por el suelo hicieron un buen par de montoneras. En el revuelto unos aprovechan para sobar, y otros para robar. La bolsa de las apuestas de la que inteligentemente se hicieron cargo los chinos, ha desaparecido. Y si bien aún no se ha proclamado vencedora tras el disputado empate técnico, las peleas a bordo se ganan por ko o no se ganan, nadie está dispuesto a perder su aportación. Los italianos acusaron a los chinos éstos a los griegos los griegos a los africanos el africano enano al coreano el coreano al malayo al holandés y éste al capitán, belga y turbio por antonomasia.

El capitán devolvió la atención hacia el pasaje y los viajeros cayeron en la trampa de acusarse mutuamente. Salir corriendo significaba delatarse aunque no hubiera nada que esconder, así que Fausto y Charlotte se hicieron los apaleados. Tirados contra el rincón entre la pared exterior de protección y el camarote número uno, ella no podía permitirse el lujo de participar en una pelea. So pena de ser descubierta en el engaño hombre-mujer


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 149 (novela media)



Ese era su verdadero cuerpo: bonito cuidado deseable. Si no fuera porque la gula y el abandono lo habían cubierto con kilos de sebo fundente a baja temperatura. Probablemente cuajado durante más de una década. En su caso había que saber mirar bajo la piel y nunca mejor dicho.

Los africanos cuyo nombre impronunciable habían cambiado por la expresión Alter y Ego al leerla en un periódico donde envolvieron un día el bocadillo, con esmero y atención secan el cuerpo de la yacente mientras Babis no cesa su inútil masaje cardiaco combinado con la respiración asistida: besos abusones de tornillo a los ojos de su rival que alternativamente grita:


-¡Dejar ya de meterla mano sobones! –O un:- ¡Si ya está muerta la zorra pa qué seguís!


La envidia, la envidia. Como si la hubiera oído tras uno de estos insultos la morena se incorpora súbitamente y arroja un vómito de agua con algo viscoso y espeso: una medusa que flotaba por allí absorbió la desesperada. El golpe anafiláctico la paralizó, no el agua tragada. Y en cierto modo salvó pues el consiguiente laringoespasmo bloqueó la entrada de líquido a los pulmones.

El brusco movimiento asusta a cuidadores y curiosos. Y decepciona a apostantes que ya habían comenzado a reclamar sus ganancias. Este renacer deja un empate técnico que no beneficia a nadie: la igualdad de resultados no reparte capital.

Así las cosas, viéndose desnuda rodeada por dos negros y un griego barrigón con babas en la cara, sobre la cama de vete a saber qué aprovechado quizás metiéndole mano mientras ella estaba ausente transitoria, la españolita sobresaltada arremetió con la fuerza de sus kilos repartiendo tortazos a los, según ella, acosadores.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 148 (novela media)



Los demás cuellos de curiosos tienen otras motivaciones: saber de qué lado caen las apuestas; curiosidad morbosa, curiosidad espantada, curiosidad revancha. Lo que la española más gorda quiere saber es si hay que seguir peleando.

Uno de los marineros griegos, de profesión trabajos brutos de vocación socorrista in extremis de nombre Babis, entra rápidamente al cuarto de los negros con su blanca pelota. En situaciones de emergencia es el sanador oficial. Oficialmente designado por la necesidad, que ningún otro sabe lo poco que sabe él. Inclina a la inconsciente para sacarle el agua del cuerpo y después la gira decúbito supino. Alternando un puñetazo cardiaco con un boca a boca de infarto; es decir, no para salvar infartados sino para provocarlos en los testigos. Abrió la boca de la agonizante y la suya de tal modo, las unió con tal vehemencia que la primera en sentir envidia cochina envidiosa fue la española rival.


-¡Eso, encima tíratela! ¡Será zorra ladrona!


Babis no la oyó, pero tampoco la hubiera entendido así que siguió con lo suyo. Entretanto, los dos negros gigantes van rasgando la ropa empapada de la mujer y secándole con una toalla el cuerpo desnudado: debajo de las capas de grasa de foca había una mujer hermosa. Siempre lo hay sólo falta rescatarla. Probablemente talla 85-70-90; ojos negros pelo negro nariz respingona pequeña dentadura completa orejas bien plegadas mandíbula recatada cuello largo brazos proporcionados dedos mediano tamaño estilizados uñas correctas pechos simétricos pezones reactivos ombligo bien recogido sexo discreto piernas rectas rodillas inapreciables tobillos delgados pies pequeños con dedos paralelos.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 24 de junio de 2014

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 31



Hoy escribo esto desde la cárcel. Si obviamos la falta de libertad, no está mal este sitio. Mejor que la cárcel del convento y que la prisión donde como esclava trabajé. Cinco años dos meses tres semanas y un día. En sí ya una pena media. 
Tengo televisión, piscina climatizada, gimnasio sin testosterona y tres comidas diarias. Si no fuera porque está al norte, con este clima de mordor, casi unas vacaciones de hotel. Parece que los españolitos cuidan más de sus presos que de sus ciudadanos libres. ¿Será porque el destino final de todos es la prisión y por si acaso?

Diez años de buena conducta y muchas extracciones gratis a funcionarios y presas dan algunos privilegios: libreta bolígrafo e información. La única que necesito es saber que la divina sigue divina de la muerte: babeando con respiración asistida en la habitación de una planta para terminales. En su caso, espero que no termine nunca, que viva eternamente. Eternamente ausente. Como viví yo con ella. Mientras esto siga así, estoy feliz.


Sólo hay un pero que poner a esta situación: el puñetero subdirector es un paisano convencido e hipócrita defensor de que nuestro régimen socialista es el mejor invento político social del hombre. Que la culpa de nuestra situación es de los yanquis.
También me culpa por abandonar la patria, y me persigue. Por gusana.
Tendré que hacer algo al respecto. Cuando él tenga una caries, y yo en mi mano la anestesia.


Como dije al comienzo de este relato, queda demostrado cuánto para mi supervivencia maduré.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 30



A continuación el cuadrante opuesto. Lo mismo, despacio, dejando que la anestesia le entrara por completo, sin atoramientos sin desperdiciar una gota. Le infiltré toda la encía, superior e inferior. Los labios y especialmente el frenillo que produce más dolor. El paladar blando, el duro, la úvula, las amígdalas, el arco palatofaríngeo, el palatoglosal, el de triunfo el de la puerta del Alcalá, todos los que conocía o me inventé. Con mi jeringuilla bien cargada repasé como en un examen todas y cada una de las partes de la boca que tanto había tenido que estudiar para olvidar después. No en esta ocasión. Con toda la basura que escupía por ahí me pareció que su estado no era tan malo como cabía esperar.

Le infiltré una segunda jeringuilla en la lengua, que despacio se hinchó como un globo. Pronto la boca no le cabía en la boca. Hizo un amago de huída, pero era tarde; la anestesia alcanzó el cerebro y perdió el sentido. Cinco deliciosos minutos observando a aquel ser inmundo hasta que se sumió en el coma. Con el último chupito de anestesia metido en el fondo de la garganta entró en parada. La reanimé, por el prurito profesional y porque no quería que muriese en mi consulta. Ni nunca. Yo buscaba otra cosa. <> -le dije- <>

Una hora de tensión de mi ayudante más tarde se la llevó la ambulancia, perdida ya definitivamente como era mi intención. Se le acabó joder a los demás. Dos días después la policía me llevó a mí.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 29



Una mañana de octubre, una nueva clienta reservó cita para extracción y posterior implante en sesiones sucesivas. De momento, quería el agujero y presupuesto. Otro agujero. Cuando la tuve sentada en mi sillón dentista último modelo quinientos empastes para pagarlo, no me lo podía creer, toda relajadita y pizpireta yo que estaba. Fingiendo un asunto urgente salí corriendo de la consulta en dirección al lavabo. Ya frente al espejo casi se me saltan los ojos de alegría. Y lágrimas. Ella, era ella. No otra, sino ella. Sólo podía ser ella no hay quien la iguale ni la supere. Ella: la Divina.

¿Cómo llegó hasta mí? Seguramente por casualidad. ¿Por qué no supo que era mi clínica? Nunca me llamó por mi nombre, así que no lo conocía. ¿Por qué no me identificó? Por mi mascarilla blanca antibabas y bichos. Yo era un ser tan anónimo para ella como cualquier otro. Y como había sido siempre. Ante mí, la deliciosa oportunidad de la venganza.

No pude evitarlo: aprobé con nota el cursillo intensivo de vilezas que aprendí en la puta madre patria. Tras una somera inspección visual y un mínimo de conversación, una de las ventajas de la profesión es la no obligatoriedad de oír parlotear al cliente por razones obvias, llené mi jeringuilla de anestésico. Hasta arriba cum laude.



Primero infiltré la encía próxima al premolar a tratar, lo procedente que soy una profesional. Después la zona posterior. La anterior… No tenía prisa, quería disfrutar. Según se le fue durmiendo media boca, le miraba a los ojos, cerrados por el miedo. Hacía bien en tener pánico a su dentista: nunca se sabe cómo va a terminar ni hasta qué niveles puede alcanzar esa tortura.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 28



Cinco años más tarde me licencié de sacamuelas. Raspaditas las notas y raspaditos los ahorros, pero lo conseguí. ¡Yo, sí, qué pasa! Sacrifiqué cinco años de mi vida para terminar unos estudios cuya duración era menor, pero… lo logré. Y sin ayuda paterna. Yo solita. Esto subió mucho mi autoestima. También la necesitaba, más que el título en realidad. Tanto que me crecí, no sé si dos centímetros a mi edad ya tiene mérito, y monté mi propia clínica. O la montó el banco y yo me enterré viva con él. Otra vez esclava. Joder con este capitalismo.

El negocio fue mejor de lo esperado. Reparar caries sacar muelas roscar implantes y atornillar aparatos a los dientes, principalmente a esos españolitos devenidos en pijos que querían lucir dentadura tardíamente, y que no sabían cuán inútil era este proceso a su edad pues los dientes migran nuevamente a su deslocalización original, era más lucrativo de lo que nunca hubiera imaginado. En un año tenía dos personas trabajando conmigo, o para mí. Viva el capitalismo.


Tanto me crecí y saqué pecho con gusto, tómese esto como se quiera, que un día en plena euforia gastadora me inscribí en un gimnasio. Buscaba menos ponerme en forma y más la testosterona. O ponerme en forma con sobredosis de testosterona, no sé y me da igual. ¡Había tanto trabajo pendiente por hacer! Creí que había enderezado definitivamente mi vida pero ésta me tenía reservado un último giro. Una verdadera pirueta del destino.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 27

-Dos con cincuenta.- ¿Dos con cincuenta? -Sí señorita.- ¿Pero dónde va este autobús? ¿A  Guadalajara? -Casi. La T4.- ¡Jodeeerrr!

Tanto tiempo tanto ahorrar tanto sufrir tanta soledad… Para acabar donde empecé. El aeropuerto que me recibió abriéndome las puertas de par en par “a una nueva vida llena de posibilidades”. Una vida de guantazos, diría yo a posteriori con la contundencia indiscutible de mis datos empíricos. Tanto tanto tanto. Para tan poco. Seguía siendo una sin papeles. Por ello huía de la pasma a la menor insinuación de acercamiento, de su proximidad. Por ello soporté a esa familia de indeseables mucho más de lo tolerable.

Denuncié a aquel cabrón abogado por no haberme asegurado en cinco años de trabajo y exceso de horas. Quité la denuncia porque entre su verborrea, sus amenazas de cárcel por inmigrante ilegal, y la ruina económica que me iba a suponer un pleito contra él, aparte de todos los amigos mafiosos dispuestos a echarle una mano rompiéndome las piernas hasta dejarme inválida, me acojonó.  Hoy me arrepiento: no hice justicia conmigo misma. Y me lo merecía, yo, también lo valgo.

Sin embargo, el asunto destapó una realidad: mi estancia en el país esos años me proporcionó de forma automática los papeles que tanto necesitaba gracias a una estrambótica ley de Zapatero. ¡José Luis, te quiero!




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 26



Me sentí el ser más desdichado de la tierra. La imbécil más imbécil en el universo ingente de los imbéciles. Aquella a quien se podía pegar insultar despreciar expulsar arrojar quemar si hiciera falta. No había consecuencias por todas las cosas que me hicieran a mí. Sólo yo sufría las consecuencias de mis errores.

Allí mismo, en la acera, me lié a patadas contra lo único que no podía devolverlas: mi equipaje. Hasta que reventé la maleta. Desahogada, llorando de rabia e infortunio, me tiré en el suelo. A mi espalda la gigantesca puerta cerrada del convento me hacía parecer aún más insignificante y desventurada. Pero por mala que sea una experiencia, esto sí lo aprendí de jovencita que a esa clase no falté, siempre puede empeorar. Y ésta lo hubiera hecho a gran escala de no ser porque entre mis virtudes, que las tengo, está la agilidad. Como un gato salí corriendo con mi equipaje malamente agarrado en cuanto vi dos motos de eso que eufemísticamente llaman policía de proximidad. ¿Proximidad a quién? A mí no, porque me las piré antes de que las motos aparcaran en la acera al otro lado de la calle.



Bien es cierto que el tráfico me echó una mano, que los policías tardaron más de lo calculado en cruzar hasta la puerta del convento, desde donde probablemente les habían llamado para deshacerse de la chusma mendicante como yo; pero también es cierto que salté como una gacela sobre setos y bancos; que corrí como un guepardo calle abajo: que me colé como una anguila en el primer autobús que encontré parado con la puerta abierta.





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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 25



Metí como pude la ropa a toda prisa y me largué de allá a la carrera. No sin antes dejarles un recuerdo que los señores no olvidarían: manché con Betadine y la sangre de mis heridas la más vieja de mis bragas y la anudé en la manilla de la puerta. Para que imaginaran lo más asqueroso que sus sucias mentes podían imaginar. Y aunque por una razón sólo figurada, conociéndoles debió dolerles mucho.



Once euros en el bolsillo, ¡cómo había subido el transporte público entre las obras del alcalde y la crisis!, y yo llamando a la enorme puerta del albergue de monjitas. Un precioso picaporte con forma de mano recogiendo la esfera del mundo, o algo así, sonaba como un martillo en el interior. A pesar del estruendo veinte minutos tardó en aparecer una desconocida con pocas ganas de atender al público. El contacto del contacto de mi padre había muerto. <> -me dije. Aunque razonase como una chica de setenta la vieja llegaba casi a los noventa. Cinco años son la vida entera para la edad anciana.

Con pocos modales y la cortesía justa la displicente me sugirió largarme. Dos invitaciones en una misma jornada debió ser una señal que no supe interpretar. No se hizo carne el verbo para esta ocasión: me vieron en la calle y me ofrecieron un lecho. ¡Y una leche! Al final capitalismo y socialismo no eran tan distintos: si no tienes contactos no tienes nada. Los chanchullos y amiguismos de siempre mueven el mundo. O lo que sea.



Pensé en volver a la línea circular. Había un par de estaciones más y con los vagones renovados… ¡Joder, no podía creer lo que estaba ocurriendo! ¿Era verdad o un déjà vu invertido? Cinco años en ese país esclavizada… Y estaba como el primer día. Sin amigos sin nadie a quien pedir ayuda sin dinero en la cartera con el equipaje a cuestas sin bocadillo de reserva. <<¡Puta mierda de vida esta la mía!>> -grité. <<¡¿Por qué todo me ocurre a mí!?>> <<¡¡¡Hostiaaa!!!>> -adiós definitivamente a la educación materna.


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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 24



¡Y qué regusto da, joder! No dirigir la palabra a quien no la merece, al que tienes enfrente, a un metro, por la mera satisfacción… de hacerlo. Sin más. Ni hola ni adiós, nada. Y ver cómo se le queda la cara de bobo ofendido las primeras veces. Después termina acostumbrándose como cualquiera por la cuenta que le trae, pero hasta entonces… ¡Buah! Es casi orgásmico.

La borracha dio la espalda al portal acarreando su basura, no sé si era al revés y la basura le arrastraba a ella, olvidando a uno de sus perros en el interior. Que aprovechó la oportunidad para mearse en la maceta de costumbre. Yo disfruté con la anécdota: también aprendí a extraer diversión de la maldad. Sí, definitivamente estaba madurando.


No lo suficiente: en el rellano del quinto junto a la puerta de mi cárcel, una maleta. Mi maleta. A su lado una mochila, mi mochila. Sobre ambas un montón desordenado de ropa, mi ropa. Por el suelo, revuelto de cosas, mis cosas. Los nervios se me pasaron instantáneamente cediendo el paso a la desazón y el pánico. Estaba despedida, era evidente. Pero mi drama no era el paro repentino sino la pernocta. ¿Dónde cojones iba yo a pasar la noche? Siempre ajustada de dinero, para ahorrar, llevaba dieciséis euros en el bolsillo. Sin tarjeta de crédito, para no gastar y porque el banco me cobraba doce euros a cambio de un mantenimiento ficticio, tampoco podía sacar dinero ni pagarme una habitación a débito. Era “saaabado a la nocheee”, por alguna razón esa canción me vino a la cabeza y me fastidió aún más; no estaba yo para cachondeos, pero sí estaba jodida. De modo que la primera solución desesperada fue volver al principio: al convento de las amables monjitas.



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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 23






Aprendí también que en las comunidades de vecinos españolitas existían categorías propias. Una jerarquía social paralela a la otra sociedad y tanto más excluyente. A la cabeza los propietarios con más años de antigüedad en el edificio. Seguidos por propietarios más jóvenes. Después inquilinos autóctonos luego animales y plantas. Detrás de toda esta fauna, los inquilinos extranjeros. A su vez en este apartado también había subcategorías y sudacas junto a negros rivalizaban por el último puesto del escalafón. En la otra hoja, donde nadie mira, estaba yo. Quién me lo iba a decir a mí que en mi país miraba a los morenos de soslayo; por no decir de otra forma que hoy vergüenza me da reconocerlo. Pero sí, yo era una ni-ni. Con minúscula, no se puede ser menos en la vida. Ni propietaria ni inquilina. Nada de nada. La xhica, yo. La gran ausente la transparente. La que nadie saludaba para no desperdiciar energía. Yo, sí. La xhica del quinto alojada por misericordia y caridad en casa de Divine, la Señora. Esposa y propietaria junto al Señor Abogado. Gente respetable y de categoría. Además de propietarios con bastantes años de antigüedad.



La alcohólica del sexto pasó ante mis narices con sus bolsas de basura malolientes y sus dos perros malolientes. La maloliente ella no me saludó, como de costumbre, y yo menos aún. En ese edificio de altivos engreídos recibí varias clases de una asignatura que mi madre con sus buenas maneras eludió. Pero que era materia indispensable en este mundo: tratar a los demás como te tratan a ti. MAL.




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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 22



Tal portero automático, en cambio, era un grito de chulería cuando los hijos pulsaban el botón. Al estilo: <<¡Abre basura sudaca! ¡Somos nosotros abre ya!>> El marido nunca llamaba que para eso tenía su propia llave del castillo. Y como corresponde a la profesión se colaba en el hogar sibilinamente y por sorpresa para cazar a no se sabe quién en no se sabe qué paranoia delictiva suya. Cree el ladrón.

Y la divina, pues igual. Dios los cría. Seguramente quiso sorprenderme metiendo mano al monedero, estaba convencida de que por mi condición de inmigrante era una ladrona; o a mi chico, estaba convencida de que por mi condición de inmigrante era una fulana. Ni lo uno ni lo otro que además chico no tenía por falta de tiempo y oportunidades; tampoco en esa cárcel había derecho a un bis a bis. Sin embargo, ella sí que era un putón verbenero que sisaba guita de los sobres de corrupción de su marido, quien no lo supo nunca. Cree el ladrón, otra vez.

El abejorro molesto que libera el pestillo zumbó sin que nadie preguntara quién era. Y porque no hacía falta pues me veían por la cámara así ahorraban el saludo. Entré tropezando. Estaba más nerviosa de lo que imaginaba. Todo el día por ahí, dando vueltas a las calles y a lo que tenía que decir es lo que trae: te vuelve loca.



Abandonaba el ascensor la vecina del sexto con la basura. La recuerdo bien. Otra guarra solitaria y alcohólica con dos perros enanos que se meaban en la terraza, en la escalera, en el portal. Nadie decía nada porque era propietaria; uno de los nuestros, de ellos, por tanto.



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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 21



Cuidando no era lo mismo que educando, pues ésta fue una de las pocas responsabilidades que no me fue encomendada, pero haber tenido entre mis brazos, aunque sólo fuese para vestirlos sin quererlos, los próximos skinhead ultraderecha o neonazis me sobrecogió. Y me sentí culpable de genocidio anticipado. ¿Cómo me trataría a mí la historia de convertirse alguno de ellos en el próximo líder fascista? Yo, que solía tener la culpa de todo lo malo que me había ocurrido en la vida, y cuando no me la echaba igualmente, también sería juzgada y condenada por esto. Las horas de confusión horribles que pasé imaginando para la humanidad el peor de los escenarios provocados por estos salvajes a los que había atendido, me tuvo en un estado de ansiedad y nervios tan intenso que casi se me pasa otra vez la hora de regreso a presidio. Pero casi.



A las nueve menos diez de ese funesto día, del día de autos que el cretino padre cínico abogado bautizaría después en su habilidad para retorcer la verdad y hacer de ella algo irreconocible, pulsaba rabiosa, temblorosa y cubierta de tiritas y manchas de Betadine, el botón del aparato electrónico. Timbre que, cuando se trataba de mí, en casa de la divina sonaba algo así como un lamento: <<Ábreme por favor por favor ábreme no me abandones no me dejes en la calleee.>> No he dicho que dormí otras dos veces más en el rellano por idénticos motivos con similares resultados. Nunca tuve llave de esa prisión y por eso mismo: ¿cuándo se ha visto que un reo pueda abrir la reja de su celda?




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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 20



Planeando cientos de estrategias y discursos que le iba a espetar a la divina en toda la jeta y al ausente de su marido. Pensé mil cosas que decir y ninguna buena. Esos cincos años de humillación y agravios no habían dejado en mí sino cicatrices y malos recuerdos. Durante mi larga estancia a la sombra, al fin y a la postre no era más que un preso con permisos extraordinarios, me di cuenta entonces de que nada positivo había recibido de esa familia. Los cuatro estaban al mismo nivel de indeseables, y lo peor es que no era probable que mejorase, más al contrario. Esa educación, no confundir con mala educación, esa educación en la maldad en el agravio la vejación la soberbia y el desprecio a los demás, estaba germinando en la siguiente generación, los niños, en forma de sujetos antisociales, psicópatas y excluyentes. Para los muchachos la sociedad que no pertenecía a su alta sociedad estaba hecha de escoria. Y esto teniendo en cuenta que su realidad era clase media acomodada, ¡qué hubiera sido de tener apellido ilustre y posición!

Imaginé entonces que los nuevos hijos bien podrían degenerar en adolescentes violentos que queman mendigos en cajeros automáticos, que dan palizas a borrachos. Que roban a abuelas en las calles y violan a niñas no buscando placer sexual sino el sometimiento, la deshonra y el ultraje. El placer del dolor a los demás. Los vi rapándose la cabeza, poniéndose brazaletes negros y odiando al resto del mundo hasta aniquilarlo. Pero lo que más asco me dio fue el hecho innegable de que yo había estado cuidando a esos monstruos en lugar de ahogarlos en la bañera, como era mi deber de buena compañera y ciudadana.





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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 19



El guantazo contra el suelo de tierra y grava fue espectacular. Y espectacularmente humillante. Con la falda tapándome la cara y no las bragas, esas que tanto le gustaba mirar al hijo puta niño, éste se apercibió de que con el golpe estaba yo aturdida y desconcertada. Fue entonces cuando se acercó corriendo con su hermano pequeño… A darme patadas. Sí, patadas y no disculpas. Intuía yo por alguna razón que era un maltratador, y ahí estaba el monstruo. Por fin salió con toda su rabia. Patadas patadas patadas. En el estómago en la cara en la espalda en las piernas en el culo. En el otro lado del culo. Patadas y más patadas con sus zapatos puntera dura… para dar patadas suponía que al balón. Patadas y también insultos.

No es necesario explicar que todos los demás niños se rieron de mí. Fui el saco de hostias más vapuleado y humillado en la historia moderna de las niñeras. Fui el hazmerreír más hilarante que se recuerda en ese parque y en todo Madrid. Seguramente, en todo el país. Este lindo lugar lleno de españolitos comprensivos solidarios y amables con sus hijos de la madre patria. Fui… fui la mayor imbécil que yo haya visto jamás.

Un vómito no sé cuántas patadas y una insuperable humillación más tarde, estaba en pie otra vez sacando coraje de mi rabia, no existe bebida energética que lo supere. Arrastrando a esos egoístas cabrones por la oreja me los llevé hasta el portal donde los dejé asustados dirección quinto piso en ascensor cohete. De ahí marché al hospital a que me lamieran las heridas. A su modo.

Tres horas de espera, cuatro puntos, doce tiritas, una radiografía lumbar y muchos unturruteos de Betadine por el cuerpo después, fue arrojada a la calle con una receta de ibuprofeno. Con el mundo de hijos de puta por delante, recordando cómo habían consentido mis amigas las niñeras que ocurriera lo ocurrido, deambulé muerta de rabia e indignación durante horas.



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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 18



Pero como digo, con el sol y una aparente tregua entre rivales, me llevé a los niños al parque. Sábado por la mañana, último sprint de soportarlos antes de mi posible domingo vacacional. Era su cumpleaños después de todo e hice un esfuerzo en ser amable; quise consentir al consentido. Mi otra chantajista, la conciencia, llamando a las puertas de la culpa.

El sujeto ya llevaba largo tiempo tras la idea de que me subiera a un pequeño artilugio giratorio donde unos y otros no paraban de impulsarse y dar vueltas hasta ver quién soportaba más el duelo. Yo ni muerta me sentaba en aquel chisme, me mareo como una loca al primer giro. Pero se lo permitía al niño pues en su afán competitivo se dejaba propulsar llegando casi a perder el sentido. Es ahí cuando yo entraba en escena a socorrerle, a fingir, y disfrutaba viéndole fuera de combate. Tanta maldad en ese cuerpo de niño y sin embargo tan indefenso en aquellos momentos. Tan tierno que daban ganas de comérselo, por los leones del zoo.

Aquel día que lo cambiaría todo, accedí. Sentada en la diminuta silla azul de las cuatro disponibles, el mocoso comenzó a girar el aparato. Para la tercera vuelta ya noté el subidón y le pedí que se detuviera. Ingenua de mí, era una trampa. Tanta candidez en ese cuerpo de mujer crédula… No puede ser, no pudo ser. El cabrón ya tenía el plan elaborado hacía tiempo. Desde el primer día que me invitó a jugar en su columpio, probablemente.

No sólo no frenó el aparato, sino que viendo en mí los efectos del mareo, comprendió que me tenía atrapada. En sus manos como un gorrión para aplastarlo hasta morir. Y siguió impulsando el chisme. Y yo girando a mayor velocidad. En la décima vuelta dejé de sonreír para comenzar a gritar. No de diversión. <<¡Para, te he dicho que pares!>> A la número quince suplicaba: <> En la veinte cesé la cuenta y pocas después me solté. No encontré otra forma de escapar de aquella noria horizontal. Salí despedida como una muñeca.




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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 17



Cinco años duró mi abstinencia que es como decir una vida. Los mismos cinco años dos meses tres semanas y un día que trabajé como una esclava para esa casa que es como decir la eternidad. Sesenta y dos meses comiendo sobras, pasando sueño, soportando desprecios de los niños y su madre. Vacío e indiferencia del padre. Sesenta y dos sobrecitos con seiscientos cincuenta euros sumaban: cuarenta mil trescientos euros. Administrando bien mis recursos y estudiando a tope para no suspender, ya casi lo tenía: el presupuesto necesario para pagarme el fin de mis estudios, y reconvertirme en una sacamuelas de provecho.

Saboreaba yo las mieles del triunfo, por el objetivo económico alcanzado y por haber sobrevivido a aquel llamémosle hogar para este párrafo, cuando el destino me tenía preparada la mejor de sus piruetas. Una maniobra doble salto mortal que nunca imaginé. No la vi venir y el hostión fue inevitable y brutal.

El día de autos, como luego lo llamaría el abogado cabrón y repentino padre, fue aquel en que la criaturita mayor cumplió doce años. Doce años y ya era todo un hombrecito… déspota. Fiel reflejo de su madre orgullo de niño. Lo que ocurrió fue tan simple y surrealista al mismo tiempo que hoy en mi recuerdo casi me parece un mal sueño. Si no fuera por… Es igual, vuelvo al asunto.

Era uno de esos días soleados de Madrid, frescos y apacibles de primavera donde la ciudad se va despertando de letargo invernal y comienza a florecer. Donde una se cree que tiene toda la vida por delante para comérsela. Nunca se adivina en qué momento la vida abre la boca como un sapo enorme para comerte a ti, mosca torpe y errática que no sabes de dónde vienes y avanzas a golpes y trompazos.



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lunes, 23 de junio de 2014

HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 16



Los niños, engendrados por las razones más variopintas incluida el efímero deseo de tenerlos, eran molestos herederos plenos de derechos que una vez abiertos sus ojitos al mundo suponían un lastre insoportable a la permanente búsqueda de felicidad y diversión.

Quisieron a sus hijos el tiempo que duró la ilusión de que llegaran al mundo, el corto proceso del viaje y engorde, la emoción de apertura del nuevo juguete. Una vez en destino, enfrentados ya a la realidad, se acabó el interés y comenzó el martirio. Es ahí donde entrábamos nosotras, las niñeras, cuidadoras, amas de cría. Incluso nodrizas cuyas tetas repletas de leche se vendían para amamantar a unos bebés que no les pertenecían, cuyo vínculo paterno-filial era inexistente. Con el único fin de que los pezones de sus verdaderas madres no se ajaran por los tiempos de los tiempos. Y a sus maridos, o mejor aún amantes, les siguiera apeteciendo comérselos mientras ellas dejándose extasiar clavaban sus tacones en el techo.

Este era el caso de la divina. Cuyos ecos de sus contiendas sexuales con el abogado de los sobres, y con más de un sospechoso amigo del abogado de los sobres, llegaban a mi habitación minúscula y mis oídos sensibles. Siento decir para mi sonrojo que eché de menos algún botones de gimnasio con el que compartir experiencias culturales. Sí, sé que aquel tiempo de niñera fue un desperdicio. Con una castidad forzosa de la que nunca me pondré al día: los polvos perdidos no se rescatan. También faltan tipos de gimnasio en el mercado donde sobran fofos y babosos que me dan arcadas sólo de pensar.




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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 15



Guerra de engaños de trampas de seducción. Esta parte era la mía. Si el niño perdía la cartera y no podía comprar sus jodidos donuts con coca cola en el colegio para almorzar durante el recreo siendo el único niño desdichado sin su capricho pobrecito qué pena más grande, era yo. Si no encontraba las tareas de la escuela y marchaba sin ellas a que el profe le endilgara otro cate por vago, era yo. Si añadía sal y no azúcar a la leche puag qué asco quiero vomitar, era yo. ¿Desaparecido el mejor de sus bolígrafos, de sus juguetes su videojuego un calcetín? Era yo. ¿Problemas con el agua a la hora del baño, muy fría muy caliente poca presión jabón en los ojos mal aclarado picor en la piel? Yo. ¿Recados de los amigos que no llegan a destino o lo hacen mal? ¿Mensajitos de alguna chica vueltos del revés adiós a la amiga para siempre te odio y probable bofetada? Yo detrás.

Gracias a aquella guerra sin cuartel y silenciosa desarrollé un instinto para el puteo, la jodienda y la venganza que ignoraba poseía. Cada una de mis cabronadas era más sutil y dolorosa. Disfrutaba con el resultado del acto de hacer daño a aquel hijo puta niño como nunca con nadie en toda mi vida. Comprendí entonces el verdadero arte de la maldad y pensé en crear una congregación de maléficas, al estilo de mis monjitas de convento, para reunirnos todas las semanas e intercambiar experiencias. La sede principal podía ser el parque de juegos mientras fingíamos vigilar las actividades lúdicas de esos monstuitos que se nos habían confiado. En su lugar, elaboraríamos estrategias de dolor y sufrimiento para aquellos cabrones egoístas.

Claro que, el adversario no era tonto y tenía de su parte al peor enemigo: el poder. Los padres. Despreocupados comodones y más egoístas que los críos cuya finalidad en esa etapa de su existencia era descargar toda responsabilidad de crianza en los cuidadores y el colegio.



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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 14



Que las cosas pueden ponerse muy feas sólo con la intervención… ¿divina? En mi caso sí: Divina. Pues fue ella la que me castigó por lo ocurrido con su hijo dejándome en la puta calle. Sólo el vecino de rellano me vio pasar ahí la noche cuando volvió de parranda a las cinco de la mañana. Notablemente borracho me preguntó: <<¿Quiedzes endtradr zdeñoditaa?>> No me reconoció y tanto mejor. Sin esperar la respuesta cerró la puerta y quizás tropezó con algo porque oí el hostión que se dio contra el suelo. Pensé que quizás se había matado porque ya no supe nada de él en toda la noche.

Al otro lado de la puerta, estaba yo. Así que, técnicamente, esa fue la primera noche que dormí con alguien en la bendita madre patria: España. Y con un galleguito borracho que ni me tocó. Otra gran conquista del emigrante que no se contará a familiares ni amigos, quienes sólo creen lo que quieren oír: que la vida te va mucho mejor desde que te fuiste.


Definitivamente, la guerra con el niño de su madre se había desatado: comencé a odiarle. Aunque a quien debía odiar sin remisión era a su madre, por acción pues ella lo estaba educando con esas convicciones; y a su padre, por omisión: permitía sin intervenir que la madre malcriara de tal guisa a sus vástagos.

También aprendí cómo es el proceso, lento pero sumamente efectivo, de la creación de un tirano. Para este caso dos con el esfuerzo de uno porque el hermano pequeño imitaba al grande y averiguó por sí mismo que bien podría ser yo el objeto de sus peores deseos. Los conflictos se sucedieron y fueron in crescendo. La guerra es lo que tiene: siempre busca aniquilar al enemigo no importan los métodos que la convención de Ginebra es para nenazas. Mi guerra con los hijos de puta, era total. Guerra de desgaste y no relámpago. Guerra de acoso, de intoxicación, de desinformación, de propaganda, de ideas, de acusaciones: él me acusaba la divina le creía yo callaba y era reprendida.



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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 13



Otro vecino con maneras de desconfianza y cara de desprecio abrió la puerta y me colé tras él. Nos habíamos visto en un par de ocasiones, por eso no llamó a la policía, pero nunca hablado. Esta tampoco para qué. Bien sabía él porque la divina se lo había contado que yo no era más que la xhica, así que no valía la pena desperdiciar saliva con inmigrantes parásitos. Yo sabía y él sabía que yo lo sabía porque esto se nota y hace notar que me consideraba carne de tercera. Como los amos, por detrás de las mascotas. Y como éste tenía una pequeña colonia de grillos en su casa, porque no estábamos sordos, también por detrás de éstos. En realidad mi vida le importaba menos que el sobaco de su grillo más feo.

No le culpo. Yo era la extranjera, la mujer que robaba el trabajo a sus hijos la que vivía de subsidios la que holgazaneaba en su país que no era nada en la vida porque había nacido y me habían criado para estafar robar mentir vivir de la caridad. Todo menos trabajar y convertirme en una persona decente y provechosa como él.

Y digo no le culpo porque la lección de arrogancia y humillación me fue… cómo diría, divinamente aplicada. Justa, vamos. ¿Y por qué? Porque en mi país tratamos igual a los negros. Aprendí que esa manera natural de identificarlos como escoria vagos y maleantes a la que me había acostumbrado en aquella particular subcultura desde niña no era tan natural. Ni mucho menos. Aprendí, por sufrirlo en carne propia, que los negros también tenían su corazoncito, su autoestima, su necesidad de ser algo más que algo: alguien. Que las oportunidades no son iguales para todos como mi sociedad me había hecho creer, y que no era cierto que quien no las aprovechó fue porque no quiso. No no no. Descubrí el valor educativo de una buena hostia, pues la vida reparte hostias para todos pero sólo unos las reciben.


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HUMANIDADES ENFRENTADAS, parte 12



Otra noche sin cenar. Yo, no el crío cabrón. Que a su madre le contó el muy hijo puta que había querido enseñarle las bragas. No me despidió ahí mismo la divina porque era sábado y al día siguiente llegaban invitados a la casa, donde mi presencia como doncella florero servil ante sus amigos era indispensable. Más por razones estéticas de frívola grandeza que prácticas. La divina era tan buena anfitriona como hipócrita.

Pero en esa primera afrenta seria con el niño consentido y educado hacia la tiranía no me salió gratis. Dos semanas más tarde pasé mi primera noche en el rellano. Sí, como un mendigo durmiendo en un portal, pues yo en el rellano frente a la puerta del piso donde servía como esclava y sin cartones. Falta de hábito, la cosa me pilló desprevenida. Pensé aquel día que quizás me conviniera conocer mejor los alrededores para buscarme la vida en situaciones de emergencia como la presente. Por no hacerlo hube de conformarme con tirarme sobre el felpudo donde los santísimos señores limpiaban sus zapatos, la metáfora era tan evidente que sangraba, y dormir recostada contra la pared.

Las razones del castigo fueron simples: una. Llegar tarde. Ya me indicó la divina la hora de vuelta a casa para esos pocos días donde sus graciosas majestades me concedían unas horas de libertad condicional. Pero me dejé llevar por el entusiasmo, básicamente de dar vuelas por ahí sin hacer nada y no gastar, y se escapó el tiempo: 21:05 horas. Estaba pulsando el botón del portero automático, ya he dicho que era un edificio de gente con aspiraciones a clase alta no que la tuviera, por ello el portero electrónico y no de carne, pero nadie abrió.

Tarde, cinco minutos tarde. Insistí hasta tres veces, engañándome al pensar que no me habrían oído.



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