mala calidad; y aquella señora que grita de forma ininteligible en la esquina de la plaza le congela a uno el ánimo: amordazado e incapaz de poner un pero o un reproche. Augusto tampoco sabía por qué, pero la miseria era misérrima en una mujer. Y aquel señor vestido con un antiguo uniforme de la marina no cesa de increpar a los transeúntes, los cuales con un magnífico juego de piernas le esquivan sin rozarle, oírle ni sentirle. – pensaba él en voz alta.
- ¡Su cerveza! Son doscientas. No está muy fría pero es la última que me queda.
Sin duda el camarero tenía una gran capacidad para la interrupción.
- Tenga.
Aquel beocio recogió el dinero que con tanto desprecio Augusto había dejado sobre las manchas de café que había en la mesa y, sin decir buenos días, se escondió en su local: un negocio decadente, olvidado y tan condenado al fracaso como muchos de los asiduos a aquella plaza.
“La plaza del caudillo”, como era vulgarmente conocida. Y no porque fuera éste su nombre auténtico, sino porque ocupaba, presidía, dominaba, por que no decirlo, el centro de la misma una estatua ecuestre del eviterno.
Seguramente aquél era uno de los pocos lugares en los que todavía se podía ver las cenizas de aquella falla grotesca, malquerida y felizmente incinerada que había sido la pasada España; con sus, su, gobernantes-ninots nunca indultados colgando de ella como hienas de su presa: desangrándola, despedazándola, devorándola viva sin cambiar de mueca. Insaciables dentelladas sin el perjuicio de una risotada.
Sin embargo, aquella estatua seguía allí; y quizás fuera esta la mejor forma de demostrar el inmenso desprecio que los vecinos sentían por el descastado. – había escrito oportunamente algún artista del graffity. Y esto no significaba otra cosa que permitir que esas ratas del aire utilizaran tan desmesurada representación ecuestre como aliviadero diario para sus corrosivas micciones. Con los años, cientos, miles de palomas visitaban, o habían visitado, al
Los reflejos de las enormes cristaleras ya no permitían seguirle la pista, así que Augusto se recompuso en la silla y esperó sin mucha prisa su pedido; mientras tanto del bar se escapaba “Wanna Be Starting Something” de Michael Jackson y, como si en la plaza ya no hubiera otro ruido, él se dejó llevar.
Un carro de la compra, desmembrado y lleno hasta arriba de cartones atrapó su pensamiento. A éste le seguía un cochecito de niño, no menos viejo y deteriorado, cargado con bultos de ropa sucia pero cuidadosamente atados al esqueleto metálico del vehículo. Saltó con la mirada hasta la persona que tiraba de todo aquello para descubrir a un hombre de edad indeterminada que, de puro encorvado, era difícil identificar en él a una persona.
De no haber sido por sus atavíos habría pasado por la plaza y nadie hubiera reparado. Como un hombre invisible al que las miradas, quizá por la costumbre, quizá por una indiferencia bien entrenada, ya eran capaces de eliminar de todo escenario posible.
Augusto descubrió entonces, como si se acabara de estrellar en el mundo real, que aquella plaza que rara vez frecuentaba era de una riqueza de miserias impresionante. Por alguna razón que todavía no había acertado a entender, aunque las personas “per se” le parecían en general insustanciales, los desposeídos, los olvidados, los arrojados y escupidos de la sociedad, desvelaban en él cierto interés. Tal vez no fuera más que un deseo de entender, incluso de justificar el porqué de su infortunio -acaso una curiosidad cinegética a la que sin duda se podía disparar con las postas de la ley-, o quizás un sentimiento de dolor compartido lo que siempre le atrajo de aquellos que no tenían nada. Puede que en cierto modo él fuera uno de ellos, pues donde éstos estaban solos, él también; cuando habían sido rechazados, también él. Si ellos pedían limosna, en el fondo, Augusto también; aunque la que él necesitaba no pudiera recogerse en un sombrero.
De repente parecía que la plaza se hubiera llenado de mendigos. Descubrió que cuando aquel tiraba de sus carritos, minúsculos vehículos de carga en los que sin duda arrastraba toda su existencia, todo lo que de él había sido, el otro dormía sobre unos cartones con el traidor abrigo de un tetra-brick de vino, sinónimo sin duda de
TRIÁNGULO
Hipotenusa era de figura delgada
Línea fina
Efímera como un suspiro.
De pelo caoba y lacio
Un ojo en cada extremo:
para lo propio y ajeno.
Altanera y estirada como una soga:
la del ahorcado linchado.
Con su guardia perpetua viajaba.
Y ambos catetos la ahogaban:
siempre tan juntos
tan prietos.
No era aquella una relación de cuadrados
Ni cubos perfectos.
Sí de tensiones angulares
De diferentes grados
De fractales parciales.
Nunca imparciales.
Hipotenusa y catetos tenían al mundo revuelto
Al científico y místico
Los tres se habían hinchado
hasta formar un círculo, imperfecto,
y explotar.
HITO
Peregriné una vida entera
supuse que era en compañía.
Abrí los ojos, vi que estaba solo.
Todo el camino fue un sueño.
Abandonado a mi suerte
busqué un horizonte lejano.
No fue suficiente.
Alcé la mirada hacia el punto infinito
donde nada es cercano.
Ni humano.
Clavé mi bastón a la vera del camino
Con rabia y odio.
No pude evitarlo.
Una grieta profunda me dejó un pie a cada lado.
Marché de allí confundido
Y hastiado.
Fue aquel un gran día:
abandoné mi pasado a su suerte.
Al futuro me agarré de la mano.
ATEMPERADO
Sentado sobre los minutos enmoquetados
de mi biblioteca
he fumado con delectación el tabaco de pipa
con el dulzor de las ilusiones de un niño.
Traerá la paz que tanto nos falta.
Contando las hojas de los libros caídos
me ha salido un número infinito
de dudas sin resolver.
Repasando los capítulos de la teoría holística
acerca de cómo se construye una vida plena
he adivinado el énfasis del autor en la relatividad
de la no existencia.
Desfilando por esta ventana que da a un patio
de difuntos
han pasado los títeres que gobiernan el mundo.
El grande y pequeño.
Alborotado en un todo y un nada
he leído el diccionario de atrás a delante.
Aprendiendo palabras que nunca he usado.
Ni entendido.
Tal es el vano vacío.
Haciendo trenzas con las piernas
me he sumergido en un pozo con ellas
He salido volando hacia ese lugar
donde nada se repite.
Y el que no nada se ahoga.
No me he hecho ilusiones
Tampoco tú.
Nada es real
Nada es ficticio
Nada es.
¿A qué esperas para sentarte a mi lado?
Y fumar este dulce tabaco.
Por si no lo sabes
te estoy invitando.
Esto sí que es extraño.
18
Nací en un día como hoy:
nada tenía de especial.
Madrugué gritando y llorando:
signo de los tiempos.
Asomándome al mundo sin pena ni gloria
fue lo primero que hice vomitar:
acto reflejo producto de la observación.
Tarde para arrepentirse
no quedó otro remedio que crecer.
Y de cuando en cuando cumpleaños:
es lo suyo.
Pasaron los años y los regalos.
Unos los conservo, otros me los quitaron.
El último, el más inesperado:
una caja sorpresa con programa de apertura retardada.
¡Siete meses menos un día!
En aquella caja, fuerte, 18 plumas
De Cisne Real, y reales.
Una para marcar mis libros
Dos para taparme los ojos cuando no quiera ver
al mundo que me parió.
Tres para cada uno de mis pies:
siempre me estimuló correr.
Cuatro para hacerme unas alas
¡Y volar!
Cinco por ser los sentidos con los que yo te miro.
Quedan las otras tres para reponer lo anterior.
Cuando sea menester.
Hoy pienso que, quizás,
no fuera tan mala idea
eso de nacer.
COFRE
Buscando en el baúl de mis tesoros
encontré muchas cosas.
Las más, quedaron devaluadas:
depreciadas con el cambio de los tiempos.
Hasta el amor
pierde su valor.
Entre ellos hallé unos papeles
cartas de amor en clave:
la dicente había escrito un telegrama.
Era urgente.
Con un artículo arrancaba a declararse:
el 45. 4. C.
reconocí aquella Circunstancia Excepcional,
pues de las Matanzas era huída.
Decía haber pasado seis meses junto a una Virgen.
En un Camino donde fijó su destino.
Investigando psiques.
¡Muy clínica!
Delincuente confesa
con ocho años la procesan.
Desertora traidora,
terrorista,
atentó contra la Administración.
Violó Deberes y Funciones.
Abandonó a su suerte Centros y Neurociencias.
Sólo pedía cobijo
a cambio de nada pues nada tenía.
¿Qué fue de aquel cisne?
Desplegó majestuosa sus alas.
Y el vuelo alzó poderosa.
La seguí,
hasta donde me alcanzaron las fuerzas.
ESPÍAS
Descubrirás entre mis papeles algunas notas:
a pie de página. Pie de foto.
Pie plano.
Algún pie roto.
Creerás que los escribí por ti.
Por él o ella.
Confundirás el yo, tú y aquel.
No sabrás leer.
Ignorante insultante.
Alegarás motivos de mucho peso
Como pesadas son las razones que no son tales.
Aclamarás, difamarás.
Calumniarás.
Sabes que algo siempre quedará.
Escuchándote está el mundo
que quiere creer bajezas de los demás.
Son las vidas de los otros las que gusta escudriñar.
Enterradas están tus trampas
con los errores de los que dices tus enemigos.
Tú los creaste.
Te beberás el agua de ríos y fuentes
Envenenarás el resto.
Robarás la hierba del vecino
Engordarán tus vacas con ella.
Cazarás furtivo.
Pescarás en veda.
Manipularás. Mentirás.
Matarás.
De todo, otros culparás.
Distraes bien la atención a quien a ti debía vigilar.
Tal es tu habilidad.
Colgado está tu uniforme:
de obrera.
Te miran inquietas las alimañas.
Sólo ellas conocen tus artimañas.
Ya se sabe: entre la misma calaña.
Has espiado entre mis baúles. Mis notas.
Sólo hallarás palabras rotas.
Uniéndolas a tu antojo,
has inventado un pasado nuevo.
Por qué será.
OLA Y HOLA
Hago memoria.
Restauré un viejo velero y me lancé a la aventura.
Cortando mares atravesé océanos
dejándome arrastrar por corrientes profundas.
Pasaron jornadas donde mirar lo era todo.
Y no era nada.
Un tornado tornó mi velero.
Una galerna me devolvió a las cavernas:
oscuridad y frío.
Todo superé.
Amaneció soleado una mañana de agosto.
En el horizonte, un velero balsero.
Arropada en una toquilla trajo el viento una canción.
A la misma hora en que mataron a Lola.
Como yo, viajaba sola.
En su neopreno varias costuras:
cicatrices de grandes colmillos
mordiscos de un pasado carcelario.
Sonrió y saludó. Saludó y sonrió.
Curtida en luchar contra el viento,
y la marea,
me pareció fuerte,
y segura.
Envidié su mirada ilusionada y valiente.
La esperanza en los ojos de un niño.
La sorpresa en la mente de un adulto.
El raro privilegio de comenzar de cero,
siendo consciente de ello.
No queriendo perder un solo detalle.
Siendo un segundo un segundo eterno.
El espacio de tiempo que condensa el mundo.
Ella no abandonó su barco
Ni yo el mío
Pero navegamos juntos
De puerto en puerto.
Tuve suerte, aún hoy,
lo hacemos.
SÍ, SÍ PASARÁN
No pasarán a la historia los cobardes
Los arrugados
Los pusilánimes.
No pasarán a la historia los que consienten
Los que huyen
Los que ante el poder asienten
¡Y sonríen!
Los que las injusticias ignoran
Los que arrojan la espada
Los desertores traidores.
No, no pasarán a la historia, pero vivirán.
Los valientes
Los que mueren como héroes
Los que luchan por lo que creen
Los que defienden valores.
Estos sí pasarán.
Pero no vivirán.
Es el mundo el refugio de los falsos.
MADELEINE
Paseaba Madeleine por la playa. Llena.
Ella, tal vez de pena.
La playa, de palmeras:
601.
Paseaba Madeleine por su playa, llena.
Ella, de excitación.
La playa, con un vapor.
¡Helados! ¡Refrescos! –billetes de ida.
¡Bebidas frías! ¡Gorras! –una nueva vida.
Madeleine miraba al vapor con discreción.
Quería un billete, por su corazón.
En la playa, las palmeras.
Detrás de ella, 601 muestras.
De once millones de esquizofrenia.
De dobles vidas. Vidas dobladas.
Ella, vivir el doble quería.
¡Helados de chocolate y nata! –camarotes de primera.
¡Esquizos! ¡LSD! ¡Neurolépticos! –próxima partida.
¡Mojitos! ¡Cerveza! ¡Tónica! –valor para una vida fuera.
Madeleine su pie miraba. El dedo roto: corazón en pie.
Podré hacerlo, yo sí que podré.
Con dedo, o sin él.
-Un pasaje, caballero.
Un crucero Paraíso Infierno.
¡SCAN! ¡DSM! ¡PANSS! –bajo la gorra lo dejo.
100 dólares. ¿Sobrepeso?
-Engordé 24 kilos. Sólo eso.
-Espere la próxima ola. Con ella elevará el vuelo.
OH BALAN SÉ
Balanceaba en una tela de araña
Sin elefantes, ni nada.
Qué suave.
Nunca fui tan feliz
desde aquel tiempo niño
acurrucado en los brazos de mi madre.
Cerrando los ojos
he sentido la calma de un cachorro
en la madriguera.
Abrazado a mí mismo
me he querido como nadie.
Disfrutado una paz que no recordaba
Tal vez la ilusión. Tal vez.
Hay un punto de partida y
quizás,
uno de llegada.
Oh, balan sé, balan sé.
Balanceaba en una tela de araña
Sin muñecos, ni nada.
Ardieron los juguetes
Yo los quemé.
Corté cabezas a todos mis muñecos:
para ver si estaban huecos.
También en esto parecían humanos.
He nacido por segunda vez.
Pasados están los mejores años de mi vida:
los mismos que me quedan por vivir,
también serán los mejores.
Todo depende
¿de mí?
HITO
Peregriné varias vidas
Supuse que era en compañía
Abrí los ojos:
estaba solo.
Todo el camino fue un sueño.
Abandonado a mi suerte,
buena mala y buena,
busqué un horizonte lejano.
No fue suficiente
Alcé la mirada
Hacia el punto más infinito
Donde nada es cercano
Ni próximo
Ni humano.
Mudé la piel sin esperar el momento
Me la arranqué
Violentamente, sangré.
Era imprescindible.
Para todo hay un antes
Un después
Un durante
Un más tarde
O más temprano
Un mañana
Cercano y lejano.
Atravesé con la espada el suelo bajo mis pies
Violentamente, otra vez.
Rompió una brecha el mundo
Un pie a cada lado
No caí.
Dejé atrás lo que sobraba
También esto
era imprescindible.
TODO DISPUESTO
Corté mis dedos y preparé una gran cena:
los invitados, literalmente, se chuparon los dedos.
Cambié la guitarra por dos neumáticos:
ardieron con humo más negro
Y yo quería levantar una cortina.
Guillotiné mi cabeza y la dejé en una silla:
por fin la senté.
Pedí a mi vecino que me echara una mano:
me arrojó las dos.
Aún las conservo con cubitos de hielo.
Sólo descubrirás que miento cuando digo la verdad
También esto es mentira.
CARAVANA
Una paloma sobrevuela la carretera
La miro con desinterés.
Como todo lo que desde aquí ves:
El conejito playboy en el maletero
Las parejas envenenadas
Los conductores del YIPIES
El camión con animales vivos
La rubia con extensiones y su amiga la hipertensa
El sueño del amanecer
Las luces de stop empotradas en la cara
Los conductores muertos de sueño y sus amigos borrachos
Los conductores muertos de sueño y sus amigos de la cruz roja
El chulito del TT
El silencio de mi garganta, nadie con quien hablar
La morena de las tetas verdes
El calvo de gafas de pasta
El melenas de las raiban y con mucha pasta
El coro de demonios sobre mi cabeza
Amenazando a todo el que pasa
Un mundo que agoniza
Disparo y se volatiliza
Una paloma sobrevuela la carretera
Ha caído de un disparo:
el regalo de la muerte súbita.
Plumas blancas, muerte roja.
Sobre mi cabeza.
¡Pero se ha dormido el muy!
¡Dominguero!
Quedan las palmas en las sepulturas.
SORPRESA
De un salto se colocó frente al espejo
¡Vaya susto de muerte!
Huyó aterrado. También de un salto.
Siempre con fama de poco agraciado.
Jonathan era un saltamontes muy feo.
Y VENDRÁN A POR TI
Bajan las huestes de jinetes la colina
Una débil campana alerta a la aldea
Gritan de terror las mujeres, y los niños.
Y los hombres.
Envuelve el polvo al ejército de bandidos
Huyen hacia el monte las mujeres, con los niños.
Y los hombres.
No habrá salvación.
Unos persiguen a caballo
Se ganan la vida con ello.
Otros corren a pie
¿Salvarán la vida con ello?
Sólo tal vez.
Morirán todos, no habrá clemencia.
Ni justicia en esta demencia.
Siempre vence la violencia
Los muertos muertos ya están
Los asesinos
sólo tal vez.
ANEURISMA
Lancé una pelota al aire y no cayó
Metí la mano en el agua y quemaba como el fuego
He cruzado un calamar con una yegua:
son ahora familia numerosa.
Tengo un erizo con el pelo más suave de todos
Soy un alcohólico del ácido sulfúrico
Me gusta hacer deporte cuando duermo
Se sabe enseguida que soy un tío inteligente
nada más verme:
tengo la mirada más perdida de todas.
Doy los domingos largos paseos por la luna
con mi amada:
tiene allí su morada.
Me construí una casa en el fondo del mar:
buscaba claridad.
Cuida mi hacienda un periquito negro de pura raza
Buen guardián, de los de cuidado con el perro.
Por fiero.
Doné a la ciencia mi colección de mariposas
Cazadas con escopeta de postas.
Aturdido en un bello sueño
creé mi obra maestra:
se llamaba Irene, y me pegaba por hablar en clase.
Mudo nací.
Es público el patio de mi casa
El amor lo puede todo:
el amor a las grandes fortunas.
Perdí la cuenta de mis asesinatos
Y el interés se lo quedó el banco.
Postrado ante el mundo pedí perdón:
nadie respondió
Tampoco había motivo.
No para el perdón, sino para pedirlo.
AÚN ESPERO
Amanece cada día.
De momento.
La mañana es una transición hacia el vacío.
La tarde un paseo por el túnel del tiempo.
¿Perdido?
La noche una vuelta hacia la nada.
Cambiaremos las cosas que hicimos
por aquello que se dijo. Y fingimos.
La mentira es un valor en alza
La fórmula del éxito y una ruleta con premio.
La verdad no tiene crédito:
por falta de méritos.
I´m waiting, I´m waiting.
Quedan en el aire preguntas como pavesas
Alejándose con el viento racheado del norte.
Te helará la verdad el corazón
Después de todo, descubriste la traición
Finjamos, digamos cuánto nos amamos.
¡Y deja de llorar como un niño!
Nada vale una lágrima.
Tú, y yo, tampoco.
CAMBIOS
Desconozco los motivos que me trajeron hasta aquí:
nunca quise venir.
Ignoro las razones que me llevaron a ti:
nunca despertaste mi interés.
Desprecio las decisiones que hicieron de mi lo que soy:
nunca supe elegir el bando correcto.
Huyo de los compromisos que me atan a nada:
nunca fui libre del todo.
Tenemos que hablar
Será otro día
Arruinemos los buenos recuerdos resolviendo los malos:
nunca hay un momento oportuno.
Ni un buen desagravio.
Descubrirás que soy superficial y tendrás razón.
Nada me hace más feliz que ignorarlo todo de ti.
No hay retroceso.
ARRIVALS
Michelle saltó del avión por el muelle de carga:
no quería serlo.
Subida en un camión de queroseno
llegó hasta la puerta Arrivals.
Lo hacía saludando a las palomas.
Pura felicidad.
Pañuelo al cuello, de lunares blancos y negros.
Siempre evitó medias tintas.
Gorra de tela azul cielo,
como sus ojos.
Vestido de raso al vuelo,
jugando con la marea del viento.
Jugando a que veo y no veo.
Al otro lado del mundo,
del mundo de las aduanas,
esperaba Romeo:
piloto in péctore de día
de noche un bandido muy serio.
Con código de buena conducta
y satisfacción garantizada.
Y seguro de desempleo.
Atrás Michelle dejó las drogas
las drogas de su farmacia.
Había nacido farmacéutica.
Nacido y sido.
Capturó Michelle a Romeo
Con la mirada.
Él, tras una pared de cristal
Blindada.
Guardias enfurecidos.
Papeles cacheos escáner análisis de rayos X.
Guantes rosa de látex:
hipoalergénicos, suaves.
Anhedónicos.
Nada importaba a Michelle
Al otro lado estaba él.
Puede usted pasar, señorita.
Corrió. Corrió hasta Romeo.
Era mejor que el más dulce sueño.
¡Era real!
Olvidó maletas, bolsos y pasaporte.
Sólo corrió.
¡Oiga señorita, que se olvida!
Sólo corrió. Corrió y corrió.
Un corazón saliendo del pecho:
un tópico cierto.
Llenó de lunares el suelo.
También la gorra perdió,
la que era azul cielo.
¡Hermosa contradicción!
Michelle sólo corrió.
Perdidos en el deseo
se comieron a besos:
labios cuello pecho.
Otros labios.
¡Vámonos, vámonos de aquí!
Te esperé toda una vida.
Te busqué, tanto tiempo de cacería.
Olvidé qué se sentía.
Abrázame fuerte.
Estreméceme.
Si es posible, quiéreme.
UN DÍA EN EL CIRCO
Saltan de tumba en tumba los enanos
Tropiezan los gigantes de la mano
Aplastan al público los elefantes
estos sí que son gigantes.
Apresan las fieras a los niños
de un zarpazo, de un mordico.
Gritan y lloran los payasos
sin nariz, sin sus grandes zapatos.
Se tira al vacío el trapacista
sin red, liberado al fin de toda una vida
en equilibrio.
Qué sacrificio.
Se flagela con el látigo el domador
sangra por todos sus años de maltrato.
Animal.
Tirada está en el suelo la contorsionista
partió su columna en el último acto.
Retorcida como nunca logró,
¡hoy sí que da el espectáculo!
Es por el dolor.
Muere lapidado el ilusionista
por aquellos a los que ilusionó engañando.
¿Venganza o poética justicia?
Muerde el brazo del cuidador el cocodrilo:
es su instinto.
Huyen a tropel los caballos
quieren hacer el máximo daño.
Enloquecieron de tanto dar vueltas y vueltas
a la pista.
Ardió como una tea el tragafuegos:
se atragantó con la última llama.
¡Sí que fue un número valiente!
Quedó mutilada en la rueda
la bella señorita:
brazos, piernas y cuello.
¡Qué bello sueño el de su lanzador de cuchillos!
Eludió con astucia la indemnización por despido:
ya sólo odiaba a su amada compañera.
De poco le sirvió
un tigre lo devoró.
Por una vez
El Mayor Espectáculo del Mundo
Lo fue.
DEBATE ADOLF
Corren tres abuelas por la calle
evitan a los tiradores. Poco francos
más bien traidores.
Tropieza la más gorda, cae.
Revolviéndose como una mosca sin alas
una bala le estalla la cabeza
Antes de que nadie se dé cuenta.
Tampoco ella.
Corren dos abuelas por la calle.
No quedan arquitectos para reconstruir tanto derrumbe.
Llueve.
El agua trae barro
el barro se lleva las moscas
Y la sangre.
No quedan niños en las plazas
Vendidos hace años como piezas de carne.
Cuando aprieta el hambre…
No quedan hombres para trabajar en las fábricas
Tampoco fábricas. Ni ladrillos
ni ventanas ni puertas.
Ardió la madera el último invierno.
Tampoco quedan hogueras.
Mueren de frío los viejos
Desangradas las parturientas
No quedan médicos que las atiendan
ni hospitales, ni camas ni vendas.
Ni ventanas ni puertas. La hoguera.
Es atrapado el último gato
Pelean a cuchilladas por sus pedazos.
Cuando aprieta el hambre…
Pronto no quedará nada.
Sólo estos escombros
Y el peso de haber iniciado esta guerra
Sobre mis espaldas.
FAMILY
Nací un 79º de noviembre
En esa hora en que el sol es menguante y la luna
galopante.
Caían las horas muertas sobre la mesa de partos
La mirada estrábica del cirujano jefe,
un pez gallo esteárico,
se anudaba en una helicoide de deseo con la de la enfermera azulona,
periquita libertaria.
El bisturí de pergamino, muy fino,
abrió con titubeos el vientre de mi madre:
le dejó una mueca de sonrisa para toda su vida.
Aquella cigarra exasperante.
Mi padre, un erizo joven y agresivo,
concluyó que su presencia en mi alumbramiento
era innecesaria.
Siempre fue un búho muy sabio.
Mis hermanos, cucarachas amarillas y verdes,
tuvieron comité de emergencia.
Gabinete de crisis
Crisis de desgobierno
Asalto al poder y blindaje del trono
Guillotina al nuevo heredero.
Morí un 80º de noviembre
Fue nada más ver el cielo.
Sus nubarrones.
Ochenta años después
No me arrepiento.
MIRA JEAN
El panadero, la viuda, la señorona, el arrogante
Los constructores, los delincuentes, los banqueros
Los consejeros, los pijos, los engominados, los malhablados
Los que piensan y los malpensados.
El paseante, el guiri, la novia del guiri, la paya, la gitana
El churrero, el carnicero, el ambulante, el deambulante
El anósmico, el agnóstico, el anoréxico, el acondroplásico
El narcoléptico, el anosgármico, el antipático y el apático
El espasmódico, el hipertenso, el hipocondríaco.
El falso artista, el corrupto alcalde, el mal escritor, el pésimo pintor
Los letrados, los catetos, los que muerden el éxito
Los que les devora el fracaso.
El camionero putero, el fontanero proxeneta, la meretriz consagrada,
La aprendiza de.
Los aficionados al juego, el jugador compulsivo,
El profesor estresado, el alumno drogado.
El cura y su dios, y todos los demás olvidados.
Mentirosos, tramposos, deslenguados y cobardes.
Falsos, hipócritas y aprovechados.
Bandidos, carteristas, cuatreros, asaltacaminos y cunas.
Tahúres de la mentira, especuladores de la verdad.
Evasores de impuestos y responsabilidad.
Adultos en general.
La sociedad en su decadencia
El niño observándolo todo
La vergüenza que no se avergüenza
El niño que mira y aprende
Su mirada inocente diluyéndose en la distancia
Retrocediendo ante el espanto de la verdad adulta
Penetrando la oscuridad de las emociones maduras
Un rayo de luz que taladra el negro confín del universo.
Lejano, mudo y frío.
Para todos hay un niño, que nos mira
Y acusa.
De todo cuanto decimos
Y no cumplimos
De todo lo que hacemos
Y no debemos.
SIDERAL
Surcaba el espacio la nave errante
haces de antimateria abrían camino.
Eones de viaje saltando de estrella en estrella
rebotando con sus campos magnéticos.
John, el piloto y único tripulante
tenía un plan de vuelo muy claro:
aniquilar toda forma de vida inteligente.
Devolver los planetas a sus legítimos propietarios:
las bacterias.
John viajaba a velocidad luz
no dormía y se alimentaba vía intravenosa.
Perdió la capacidad de hablar
Tampoco tenía con quién.
Arthemisa, la nave,
era telepática.
Juntos limpiaban el universo
cuando terminaran
también acabarían con él.
Ningún ser humano heredará tierra alguna.
Objetivo, viaje, y fin, estaban cerca.
HILANDERO
Devanadas con paciencia las hebras del tiempo
aparté en un cesto los hilos servibles.
Hilé un ovillo para tejerme un abrigo.
Largo fié el objetivo:
del abrigo al jersey, del jersey la bufanda.
De la bufanda manopla.
Enfundada mi mano en una manopla muy suave
saludé al mundo con mi último adiós.
Será la montaña más alta y helada
el lugar donde instalaré mi morada.
Camuflaré mi presencia, vacía,
con el vasto paisaje, vacío.
No habrá disonancias.
Hay tanto por lo qué pensar
que no sé si quiero.
REPOSO
Mecido suavemente por las olas del miedo
he esperado tranquilo el retorno del sueño.
La dulce sensación de que, esta noche,
puedo descansar.
Llegará el día en que no abra los ojos.
Llegará el día en que yo sea otro.
Déjame dormir.
- ¿El caballero querrá tomar algo? –dijo el camarero con cierta impertinencia.
Augusto sacudió la cabeza como en un intento de sacudirse también los recuerdos de aquel día en que su vecina se quemó cuando ellos eran niños. Ese señor antipático, un poco estrafalario y bastante inoportuno le había arrancado de uno de esos pasajes en los que Augusto se abstraía de la vida... de los demás y, abandonado a sus pensamientos, era capaz de permanecer viajando, recordando, soñando, hablándose solo, durante largos períodos de tiempo.
Él no necesitaba la compañía de las gentes, la conversación de los demás, ni siquiera su presencia física. Todo ello, el mundo que le rodeaba, lo sustituía con facilidad por otro alternativo, impredecible y aleatorio. Pero propio.
¿Qué quería conversación? Las voces que, en ocasiones, literalmente le hablaban por los cuatro costados le mantenían en una animada charla. ¿Qué quería silencio? Las voces se callaban y podía concentrarse en el bullir, el ir y venir de sus ideas. ¿Un viaje? Los recuerdos de los sitios visitados se mezclaban con las fantasías de los lugares por él imaginados y un paisaje, un mundo único se descubría ante él. ¿Un poco más de excitación? Música, no necesariamente a todo volumen, era el LSD que le lanzaba por los vericuetos accidentados, dispersos e imprevisibles de su imaginación. Desbocado se abría paso entre sombras de rostros desfigurados, con las cuencas vacías y en continua mutación, que llenaban su cabeza cuando estaba sobreexcitado; fantasmas compañeros de viaje que, como flashes o destellos psicotrópicos, aparecían por su mente sin poder él controlarlos.
- ¡Eh?... Una Voll-Damm por favor.
El camarero dio media vuelta sin limpiar siquiera la mesa de los anteriores clientes. Augusto le siguió con la mirada, clavándosela por la espalda y sin perder ripio de todos sus movimientos. Vio que los pantalones, aparte de mal planchados, le quedaban cortos; que estaba a punto de soltársele el lazo del delantal y que aquel camarero necesitaba un corte de pelo además de una cura de adelgazamiento. Éste, rebuscó entre las cámaras intentando dar con la marca de cerveza, pero como no la halló, desapareció por el fondo del local.
tapándose los ojos; y en medio de las dos, en un contraluz hermoso y dramático, Vero, su hija.
A Augusto le dio un brinco el corazón; su boca, de normal sellada, permanecía abierta dejando entrever dos palas separadas, salientes y blancas; sus ojos como platos más que por la impresión, por el espasmo. ¡Vero estaba desnuda!
Gritaba de dolor porque se había quemado con la leche hirviendo que su madre cocía todas las mañanas; curioseando en la cazuela se la había echado toda encima.
Las miradas de Vero y la suya se cruzaron pero ninguno dijo nada; ella, porque el terror de ver cómo todo su cuerpo era una ampolla sólo le permitía gritar; él, porque la excitación de la secuencia de acontecimientos era un golpe de emoción tan fuerte que no quiso que nadie le descubriera siendo testigo de un hecho tan irrepetible, ¡tan emocionante!, como el que estaba viviendo. Para Augusto, tanto el furtivismo de la visión como ésta en sí misma le produjeron un inusitado placer. La mezcla de espionaje, con lo que ello tenía de perverso y oscuro, dolor, gritos y un cuerpo desnudo de mujer fue un revulsivo tan potente que casi se mareó.
Pero resistió. Permaneció observando, en silencio, extático, mientras Vero, que era sólo un año mayor que él, gritaba muerta de dolor y de vergüenza e incapaz de gesticular palabra coherente alguna que delatara "a los mayores" su presencia.
Él, que entendía la imposibilidad de defenderse que sufría Vero, aprovechó esta debilidad para agotar al máximo el acontecimiento, apurar hasta el último segundo la sublime imagen que a sus ojos desmesurados ofrecía el cuerpo desnudo de aquella chica; enrojecido e hinchado, con la piel que se arrugaba y se rompía por momentos; con el rostro descompuesto: todo él un puro grito. Vero era un lamento agónico y asfixiado; un suplicio interminable. Un tormento insoportable y expiatorio por unos pecados no cometidos.
Observó mudo y sin perder detalle cuánto dolor es el ser humano capaz de soportar. Allí estaba Vero, paralizada por el sufrimiento, ¡pero viva!
Oyó que su abuela decía algo y temeroso de que ésta le descubriera dio media vuelta y se fue escaleras arriba con el mismo silencio con el que había bajado. Una vez en casa, se dirigió a su desván y allí, aliviado, cerró los ojos.
“LA CAZUELA.”
- ¡Ahhhh! ¡Ayayayayy! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!
- ¡Qué pasa Vero! ¡Qué pasa! ¡Ya voy!
María movió sus casi ochenta kilos con la mayor celeridad de que era capaz. Corrió todo lo que pudo por el largo pasillo y llegó hasta la cocina que estaba en el otro extremo de la casa.
-¡Dios mío! ¡Qué has hecho! ¡Qué has hecho Vero!
- ¡Ayyyy! ¡Ayayayayy! ¡Ayyyy! ¡Ay ¡Ay! ¡Ay!
Los gritos se oían, detonaban, por el patio de la casa; ascendían abriéndose hueco entre la mezcla de olores a frituras y a jabón; sorteaban tendederos, geranios, ropa íntima, ropa pública, y entraban desgarrados por la ventana para desparramarse, como en un desmayo, con toda su fragilidad e insuficiencia por el recibidor.
La abuela, espontánea y resuelta, adivina de la desgracia, bajó presurosa al primer piso pues allí era de donde arrancaba aquel demoledor lamento. Tal fue su determinación que por esta vez no se cambió de bata ni se quitó las zapatillas.
Por esto Augusto la siguió: pensó que si ella había salido de casa en zapatillas era porque no iba muy lejos, y a ese no muy lejos él también quería ir.
Bajó las escaleras con sigilo, nervioso porque se había concedido un permiso que no había solicitado, excitado e intrigado por los gritos que cada vez sonaban con más fuerza. Recorrió el último rellano casi a oscuras hasta que alcanzó la raya de luz que salía por la puerta de la casa de María. Se acercó despacio, asustado por la congoja y la angustia que los gritos delataban y, mirando por la rendija que su abuela había dejado al no cerrar, contempló, con el privilegio y la cercanía de una butaca de platea, toda la escena sin que nadie se apercibiera.
Allí estaba su abuela, con una toalla chorreando agua entre las manos, a la izquierda María, que no hacía otra cosa que decir <¡Dios mío! ¡Dios mío!>
su curiosidad. Esas personas que siempre han de girar la cabeza para ver quién habla, llora, ríe, cae.
Con la llave puesta las cosas eran diferentes y sabía que podía olvidarse del mundo; refugiarse en ese ostracismo voluntario. Oculto de las miradas y del ruido, sin apenas luz y con el aire justo. Incluso la música, su música, se oía lejana; y tan débil que parecía agonizar.
El desván era su pecera y en él podía pasarse horas; si no fuera por las necesidades más elementales, días enteros.
- Cuando muera, querré hacerlo aquí –dijo. Y cerró los ojos.
zapatos, la ropa, y cuidadosamente la metió en el armario. Desde que su abuela no estaba, su atención hacia el aseo doméstico había cambiado de forma radical. Quizá se sintiera por primera vez responsable de su propia vida lo que provocó ese giro.
Calzado con zapatillas domésticas se dirigió a su pecera.
Le gustaba tener peces: mascotas que no pedían caricias, ni contacto, ni tiempo para jugar, ni educación. Sólo comida. Y a veces ni eso. Augusto compraba con entusiasmo especies que se devoraban entre sí sólo por el placer de verlas comerse unas a otras. Después... la calma.
Por la noche, cuando todo dormía, él observaba sus peces, hipnotizado por el frenético movimiento en el más absoluto silencio. Solo mirarlos; no era necesario decirles nada y ellos tampoco necesitaban a nadie.
“And the glory of the Lord shall be revealed.
And all flesh shall see it together, for the
mouth of the Lord hath spoken it.”
Augusto miraba los peces y se preguntaba si ellos entenderían la música, ¡qué diferente sería el sonido a través del agua! ¿Cómo se oirían ese fugato, el acompagnato, el aria? ¿Podría sentirse el mismo estremecimiento? ¿La misma inquietud? ¿O perdería toda su fuerza y en lugar de música parecería toda la obra un barullo sin sentido? Un patio de porteras con la música estruendosa e insustancial de un tiovivo de fondo.
<¡Un día he de traeros una piraña!> –se decía con frecuencia. Pero la certeza de que esa orgía caníbal apenas iba a durar unos minutos le disuadía de hacerlo.
Permaneció observándolos durante un buen rato. Por fin se dio la vuelta y se encaminó hacia la estancia de la casa que él más apreciaba. Se agachó para abrir la puerta, entró y cerró con llave. Esto último lo hacía siempre. Aunque ahora su abuela ya no estaba para interrumpirle él no había perdido la costumbre; es más, si no lo hacía estaba inquieto temiendo siempre que alguien pudiera descubrirle. , pensaba en voz alta. Y él odiaba, además de a los que estropeaban lo prestado, a los fisgones, a los cotillas incapaces de controlar
GUERRA
1,2,3. ¡Fuego!
1,2,3. ¡Fuego!
1,2,3. ¡Fuego!
Cayeron las bombas sobre la casa.
De Antoan.
3,2,1. ¡Fuego!
3,2,1. ¡Fuego!
3,2,1. ¡Fuego!
No quedó nada.
3,2,1. ¡Fuego!
Tampoco Antoan.
Avanzaban los carros de combate.
Arrasaban los campos sembrados de cereal.
Aplastaban los campos sembrados de cadáveres.
¡Fuego!
Muertos bajo las cadenas.
Muertos en el horizonte.
Muertos en los campos.
Muertos en los carros.
Sólo quedan los muertos.
Un hermoso final.
MATCH POINT
Punto de encuentros y desencuentros
De facilones te quieros.
De seremos amigos:
ni eso nos queda.
Relaciones como campanas
De Gauss.
De amores a tres bandas
De traiciones calculadas
De mentiras consentidas
En grupo, ¡todos a una!
Perdidos en un mundo partido
Solitarios explorando sin brújula y guía.
Caminamos arrastrando los pies
en yagas
cargados con un pasado errático.
sobre las brasas de los días.
Inmóviles ante el futuro incierto.
Llorando lágrimas saladas y amargas.
Lágrimas de sangre.
Confundimos amor con sexo
Y a éste nos entregamos sin compromiso
ni preaviso.
Usamos y tiramos amantes
Rehuimos la verdad, abrazamos
una mentira que no cesa
una ilusión tan falsa como aquello que decimos.
Vendiéndonos como seres magníficos
brillantes, atléticos.
Ocultando miserias y trampas en un chat
también multibanda.
Inmersos aún en la tempestad que provocó el naufragio
Queremos a alguien que sea la cura perfecta y completa:
hazme reir, viajar. Hazme el amor.
Mintámonos, digamos cuánto nos queremos.
Para comprobarlo, follemos. En silencio
Con la mente lejana. Ausente.
No sintamos nada.
Pero siguen clavados los arpones del pasado
Negamos la hemorragia masiva. Desangrándonos.
Sigue el estómago retorcido e inapetente.
La garganta seca y anudada.
La mirada perdida. Vacía.
El vacío. El vacío.
Ellas esperan un príncipe cantor.
Ellos una hermosa sirena.
Siempre jóvenes y de eterna sonrisa.
Dame, dame lo que no te ofrezco.
Y recuerda, no te pertenezco.
Este es sólo un punto de encuentro.
Dame, dame la mano. Vamos a jugar.
Vamos a contar mentiras.
Vamos al MATCH.
SENSIBILIDAD
Ayer me di un fuerte golpe en la cabeza.
No me dolió.
Los años han hecho de mi un ser
y estarAusente.
MUDANZA
Jessica abandonó a su marido.
Era inevitable.
Le entregó media vida.
En tiempo, trabajo, amor, sexo.
No recibió ni un beso.
A cambio.
Jessica preparó su mochila.
Gerard con desprecio miraba.
Lo de siempre.
Volverás, no puedes apartarte de mi.
Te equivocas.
Antes debí haber puesto fin.
Como siempre.
En la mochila pocas cosas.
Jessica se había propuesto cambiar.
De marido, casa, ciudad, vida.
De ella misma.
En su corazón un gran peso.
Quizás, el remordimiento.
Por todo lo que había decidido enterrar.
Al marido, la casa, ciudad, vida.
En su esperanza, un gran alivio.
Por fin, un respiro.
Libertad, descanso. Ilusión.
Jessica se había propuesto cambiar.
Se abrió la piel, de abajo a arriba.
Una nueva mujer se escondía dentro.
Aún sin hacer.
Sufrió mucho, sangró sin parar.
El tiempo cicatrizó las heridas.
Algunas, nunca lo hicieron.
La nueva Jessica
era una mujer muy sensual.
No obstante.
Despertó:
en las mujeres la envidia
en los hombres, deseo.
En su rostro, una bella sonrisa.
PERDEDORES II
Catherine era una contorsionista
muy lista. Y pesimista.
Se ganaba la vida mintiendo
Fingiendo.
Robaba, engañaba, burlaba.
Al mundo, a ella.
Le acompañaba su hija.
También muy lista. Y optimista.
Será la edad:
pronto para desconfiar de todo.
También robaba, no obstante.
Juntas hicieron equipo.
Unión duradera y próspera.
Hasta que los capturaron:
a Catherine la policía
a la hija una novia.
Las dos perdieron.
La policía maltrató a Catherine.
La novia, a su hija.
Oficialmente en el club de los perdedores.
Ellas también.
Ya eran miembros desde el día que nacieron.
Siempre lo supieron.
Aceptarlo, no querían.
QUIEBRA
Hay un extraño en ti
alguien desconocido
que sí surgió del frío:
el que ha quedado entre los dos.
Islas empujadas por nuestra propia deriva
continental.
Tu espectro se desplaza al rojo.
El mío al azul.
Somos universos paralelos.
Ajenos.
Tenemos nuestra propia dimensión.
Te miro, veo un extraño en ti.
Cuando lo veo.
¿Dónde quedaron los sueños?
Todos los sueños.
Dónde los ansiados proyectos
¿Dónde te apeaste de este tren?
Cuando. Por que.
Cuándo las promesas ya no lo fueron.
Por que, con tus malos modales
vaciaste nuestra caja de caudales.
Ahorros de toda una vida.
No fue el dinero lo que llevaste
La confianza, esa sí derrochaste.
No era ésta un cheque en blanco.
No, no lo era.
IMPREVISTOS
Tocaba la charanga
en el centro de la plaza.
Melancólico acordeón
Arrastrado saxofón
Quebrada la voz de la cantante.
Se aproximaron John y Roxan
por casualidad.
Quizás.
Con el suave balanceo del baile
él le tocó el culo.
Con la brusca interrupción de la sorpresa
ella le dio una hostia.
Se alejó John desconcertado.
Y enfadado.
Corrió Roxan tras él.
Agarrándole del brazo
con la brusca interrupción de la sorpresa
ella le estampó un beso.
Avieso, travieso, intrusivo, agresivo.
Quedó John desconcertado.
También enfadado.
CAROLAIN
Carolain era una enfermera sin prestigio.
Anoréxica, anosgármica y apática.
Ejercía de funcionaria sin funciones.
¡Qué bajas pasiones!
Casada con un borracho y jugador
trabajaba de portero.
Automático.
También apático.
Carolain se amancillaba con un camionero:
tramposo y aventurero.
Gordo y con poco pelo.
Él se la llevaba por carreteras
caminos, veredas.
Entre pinchazo y pinchazo, se la follaba.
Perdón, la malfollaba.
Da igual, ya he dicho que era anosgármica.
Juntos eran Pin y Pon.
Bonny & Clyde.
El Gordo y el Flaco. La flaca.
Pareja de golpes
De dar golpes
Ridícula. Hacían gracia.
Un día planearon su último asalto.
Sería un gran banco.
Hubo suerte
se estrellaron.
Quedó colgando el camión de un puente.
En un lado Carolain:
atrapada de un tobillo, cabeza abajo
agonizó con las vergüenzas al aire
un largo rato.
Gritando al vacío como una histérica:
lo que era.
Sólo un perro la oyó
Y no se entusiasmó.
En el otro su camionero
Atravesado por un hierro
Murió ensartado como un chorizo.
Asado.
Lo que era.
Los niños les tiraron piedras.
La prensa fotos.
Las moscas pusieron huevos.
Un pájaro les sacó los ojos.
Carolain, y su camionero,
fueron recordados largo tiempo
por toda la ciudad.
Se contaron historias
Escribieron sus grandes hazañas.
Todo patrañas.
Carolain era una vulgar criatura.
Su camionero, un vulgar ladrón.
A veces, sólo algunas veces,
se hace justicia.
DESPEDIDA
Mirando al techo amaneció Angie
A su lado, Philip.
Ella, buscando respuestas:
entre marcas de gotelé y grietas en el yeso.
Lugar equivocado.
Angie estaba perdida
¡Desde hacía media vida!
Philip, en cambio
lo que se hacía era el dormido.
Él sí tenía respuestas
No quería decirlas,
por incorrectas.
Angie se levantó
Había dormido desnuda y esta vez
sí le importó.
Enroscó a su cuerpo el tubo de la aspiradora.
Le asfixiaba, pero prefería la constricción
de cada dia
a una libertad desconocida.
El humo de cien cigarrillos quemados
a un soplo de aire fresco, no viciado.
Angie tenía miedo
dormía con luz encendida.
Pero eran siempre rojas.
Esto sí que la asustaba.
Por nada.
Quiso apagarlas Philip,
nada más conocerla.
Siguió ella encendiéndolas.
Pánico a no tener pánico.
Mejor vivir con el miedo de siempre
que con la ausencia de éste.
Miedo a no tener miedo.
Miedo a ser feliz, a intentarlo.
Miedo a todo lo nuevo.
Y por todo lo viejo.
Angie escribió una nota
Muy breve, de despedida.
La colgó en la pared.
Se marchó silenciosa.
Huyó.
Desapareció con un
cariño no te merezco.
Lo de siempre:
No sois vos, soy yo.
Philip se hizo el dormido.
Sin leerla,
supo su contenido.
Aquella noche la pasó perdido
Deambuló por toda la ciudad.
De bar en bar:
para olvidar, para encontrar.
De banco en banco:
para descansar.
Farola a farola:
para escribir, y leer
los Post It que le dejó Angie.
Nunca supo la verdad
Por que Angie había huido.
No lloró Philip, pero
sí volvió a quedar vacío.
TRIBULACIONES
Malo que hable conmigo
¡Todos los días!
Peor que me conteste.
¡A cada idea!
Inconcebible que una parte se enfade.
Desquiciante que la otra la agreda.
Terrible que ambas se enzarcen.
Al final, lo de siempre:
sangre, miembros, vísceras.
Por todas partes.
Lo peor, recogerlo todo.
Juntar de nuevo los pedazos.
No sé, quizás haga con ellos un muñeco
No será de trapo.
VACACIONES
Poco es el tiempo que nos queda
Para vernos.
Ninguna las ganas
De soportarnos.
Se acabará pronto este infierno:
el de estar juntos
las vacaciones de verano.
DILIGENCIA
Tiraban los caballos de la carreta de la vida.
Desbocados, furiosos, asustados.
No pararon hasta llegar al precipicio.
Se tiraron los caballos con la carreta de la vida.
Angustiados, orgullosos, aliviados.
No descansaron hasta golpear con el fondo
del precipicio.
A pesar de ello, encontró más estimulante no tocar las antiguas pertenencias, siempre le llamó la atención que los objetos de una persona una vez muerta pasan a ser "sus pertenencias", que recogerlas. Era como pasearse por la muerte, como si el hecho de no alterar nada conservara latente esa presencia de los que ya no están. Y ese sentimiento frío y perturbador fue más fuerte que el olvido, de modo que, quizás llevado por la inercia, recogió de su abuela el testigo del ritual diario de limpiar para no usar. Pero sí para sentir. Creyó en ese momento entender lo que durante tanto tiempo había juzgado estéril: el recuerdo a través de los objetos como un intento de mantener vivos a los muertos. Le pareció que ésta era una clase de inmortalidad, quizás la única para no desaparecer completamente: y el recuerdo en la memoria de los demás.
–se preguntaba cada vez que entraba en ese mundo de fantasmas que era .
Cerró la puerta de una patada, metió la llave nuevamente por el interior de la cerradura, era la única forma de no olvidarlas, y sin quitarse siquiera la chaqueta se dirigió hacia su equipo de música. Lo encendió y “El Mesías” de Handel llenó la vivienda. Un escalofrío, como le ocurría siempre, le recorrió el cuerpo y bloqueó su ira.
Sabía que la música era su calmante y su excitante. Por ello se refugiaba en ella cada vez que necesitaba a alguien leal y noble en quien confiar. Si había alguien, o algo, capaz de hacerle cambiar su estado de ánimo de forma radical y fulminante era la música.
Con ella era capaz de pasar del infierno al cielo, de la desgracia a la dicha, de la tristeza infinita a la alegría más intensa, del odio... casi al amor. Pero mayormente ocurría lo contrario. Y convertirse en un monstruo antes de darse la vuelta. Por suerte, solo su abuela conocía este oscuro rasgo de su carácter. <¡Un día te va a traer la ruina!>, le dijo en una ocasión; pero inmediatamente se arrepintió. Tal fue la mirada dura y negra que él le dirigió.
Ya con el corazón a sesenta pulsaciones y la química de su cerebro reformulando nuevas sustancias recuperó la paz y la tranquilidad que necesitaba. Se quitó los
parecían perfectos. El que más le costó fue el ocho, se le iba al hacer el bucle y la salida era desastrosa. Los comparaba y veía que el suyo le quedaba barrigudo, desmañadamente inclinado. Con la práctica consiguió enderezarlo pero nunca alcanzó el sublime rizo del maestro.
Una vez que al difunto se lo llevaron, la abuela no le permitió entrar en esa habitación. Sólo ella, para limpiar lo que ya estaba limpio; pero sin cambiar nada de sitio. Incluso la tinta se secó en el tintero porque nadie le puso su tapita de plata. Y la pluma vertió su última mancha sobre un papel... lleno de números.
A Augusto no le quedó más remedio que acatar la orden porque sabía que su abuela, que fue tajante en pocas cosas, cuando le prohibió algo lo hizo de forma definitiva. Inflexible. Y a él ésta fue la primera de las tres cosas que su abuela le negó.
Del difunto, aparte de sus números, Augusto sólo recordaba la cara... cuando ya estaba muerto. Le miró con curiosidad, casi con satisfacción. La caja tenía un cristal y él se asomó para descubrir un rostro amoratado, al que parecía que le había desaparecido la carne. Piel, hueso, una nariz afilada, unos labios caídos, unas mejillas contraídas... Todo era distinto y parecía más pequeño. Por alguna extraña razón, de repente el difunto se había consumido.
Ésta era otra de las injusticias de la memoria: años que pasaron juntos para terminar siendo recordado por su cara buida.
Sin embargo, a pesar de la impactante imagen, él sonrió. Un muerto más, un competidor menos. La abuela ya era toda para él. Sabía que podía hacer con ella lo que quisiera. Como siempre, pero más.
El cuarto, que durante años fue suelo sagrado, tenía la mejor luz. Una ventana al patio y otra a los tejados: al ser la casa la más alta de cuantas la rodeaban, se mirase por donde se mirase siempre había tejados. Y desde el mismo día que la abuela murió él lo profanó. Paseándose con delectación por la nueva tierra conquistada. Todos estaban muertos, había vencido. Haría lo que le diese la gana con cada objeto, cada rincón; cada estancia de la casa.
habitaciones, quedaban a la derecha; también abuhardilladas, con ventanas diminutas que daban únicamente a los tejados de las casas colindantes.
Por encima de todos ellos y a lo lejos se veía un campanario con una cruz de hierro. A él ese pequeño trozo era lo que más le fascinaba de toda la vista. No sabía si por su solemnidad, su enhiesta, arrogante presencia; o tal vez por la asociación que el tañido doliente, lúgubre, luctuoso de un repique tan melancólico provocaba en su cerebro. Y cuando doblaban a muerto Augusto cerraba los ojos y se dejaba llevar: nota, pausa, nota descendente, pausa, nota final, pausa. Reinicio. Para él era como un balanceo, una canción de cuna, la nana que había escuchado desde pequeño a cualquier hora del día. Tranquilízate niño, pausa, tranquilízate niño, pausa, tranquilízate niño. Reinicio. Ningún otro estimulante tenía la fuerza, el poder, el hechizo de las campanas cuando doblan a muerto. Relajante como un paseo en barca, repetitivo como una mecedora, anímicamente demoledor como la soledad perpetua. Cuando alguien moría él se alegraba porque sabía que otra sesión sufriente-musical venía a continuación.
La abuela, que calladamente de todo se daba cuenta, esto también lo sabía. Y sentía una satisfacción inconfesable ya que esos días que había música en el campanario Su Nieto estaba en casa. En silencio, encerrado en su habitación o en el desván, pero en casa. Ella escuchaba con atención intentando descifrar el mensaje oculto que Su Nieto captaba en cada campanada y, aunque nunca lo consiguió, esto suplía sobradamente la falta de conversación porque sentía que aquello era como si estuvieran hablando. Por eso cuando vio que la vida se le iba no le importó que él no estuviera porque –pensó-. Y esta fue compañía suficiente para su último viaje.
Quedaba una última habitación en esa casa. La salita que el difunto también utilizaba como despacho. Con su mesa, toda tan oscura y tan brillante que parecía . La abuela puede que pasara más horas limpiándola que el difunto usándola: contable para una agencia de transportes. De él Augusto sólo copió sus números. Tenían tanta fuerza, el trazo era tan rápido, seguro; definitivo de principio a fin. Se pasaba tardes enteras imitándolos porque le
mujer salió de su casa bufando como una fiera porque no había sido capaz de arrancarle a la abuela un castigo ejemplar para el salvaje.
Se lo mereció cuando a aquel profesor cobarde y brutal le destrozó el coche en venganza por haber roto una vara de avellano -¡en la espalda del chiquillo!-.
A Augusto le crió, le educó, a su manera eso sí; le mantuvo, le costeó sus caprichos, sus estudios, sus cosas: la abuela.
Por ello, cuando llegó el último suspiro, el aliento final, éste no fue para arrepentirse de sus pecados ante un cura, proceloso y terne como todos, al que se le negó la visita; tampoco para un ser todopoderoso que no había visto nunca y mucho menos cuando realmente hizo falta: <>. La última luz de una vela que se extinguía, el último latido de un corazón roto, la última mirada de unos ojos ya opacos fueron para Su Nieto. Aunque éste no estuviera allí para verlo.
No importó. Esto, seguro que ella también se lo perdonó.
A Augusto se le cayeron las llaves al suelo, le ocurría con frecuencia; de hecho, cada vez que cogía algo sin concentrarse en lo que estaba haciendo, lo que fuera se iba al suelo.
Resopló enfadado, ganas le dieron de darles una patada como hacía en muchas ocasiones, las agarró con fuerza y abrió la puerta.El recibidor era grande, demasiado para la superficie total de la vivienda. A su izquierda un pasillo, cuyo techo iba descendiendo, daba acceso al desván: abuhardillado, oscuro, silencioso, aislado; casi sellado. Enfrente, una amplia cristalera recogía la luz que entraba por el patio y, literalmente, la metía en la vivienda. Al menos, vivir en el último piso tenía esa ventaja: la poca luz de que disponía el edificio era casi toda para él. Esto último, por sí solo, era razón suficiente para que él se sintiera a gusto en aquella casa. A continuación un baño, pequeño y con el sitio justo para un plato de ducha que la abuela siempre quiso reformar. Por supuesto la obra no se llevó a cabo porque: - A mi chico le gusta como está. ¡De mayor va a ser un romántico!- La cocina: alargada, desnuda, y las
“LA PECERA.”
Un portal estrecho y mal iluminado del que arrancaba una escalera más angosta si cabe. La huella de cada peldaño un vago recuerdo de la forma y el color original: no es que éstos tuvieran desgaste, es que tenían baches. Las paredes, hinchadas y despellejadas por la humedad; el hueco de escalera apenas una chimenea, un tubo de luz que difícilmente alcanzaba el rellano del primer piso en la mejor hora de sol. Ochenta y seis escalones, cuatro rellanos, tres puertas. Esto es todo lo que tenía que recorrer Augusto cada vez que iba a casa: cuarto piso de un edificio de casi cien años.
Lo heredó de su abuela, a la que, sin embargo, no prestó nunca atención. Era, primero: demasiado pequeño y demasiado distraído para hacerlo; después: demasiado mayor y demasiado egoísta. <<¡Cosas de chiquillos!>> <<¡Cosas de la edad!>> Justificaba ella cada vez que su nieto - el único- le negaba un beso. Y una disculpa siguió a otra según los años fueron pasando. La abuela lo perdonaba todo. Las burlas, los chantajes, las patadas, los golpes, los gritos, los enfados, el desorden, las infantiles rabietas que se transformaron en violentos estallidos de cólera, las amenazas verbales y físicas... Todo estaba bien, -porque era un chiquillo-, -porque era su único nieto-.
Estuvo bien cuando con cinco años volvió un día a casa lleno de arañazos de su primera pelea seria con un niño gitano. Estuvo bien cuando se quemó la mano con la estufa de la clase, aquellas antiguas de leña, porque -quería que le vendaran algo-. Estuvo bien cuando a los seis años ya fue expulsado por mala conducta. Cuando se burlaba del profesor cada vez que éste le lanzaba el cepillo de borrar y erraba el tiro. No es que el profesor fuera malo tirando, es que él era bueno esquivando. –¡Es de relisto mi chico!- Fue casi divertido escuchar a aquella ridícula señora quejarse de que su nieto, ¡Su Nieto!, -le había tirado una piedra que le había pegado en el hombro. –Pariente de la Juani tenía que ser, son unas locas-, pensó una vez que aquella
- ¿Entonces me dejas el libro?
Ella, con los sentimientos todavía en clara contradicción, tampoco anduvo muy rápida de reflejos y se dejó llevar por la inercia de la nueva situación, de modo que asintió.
- ¿Y cómo quedamos?
- Hay un bar que tiene mesas, así como para estar un rato charlando, en la calle que baja paralela a esta. No me acuerdo ahora de cómo se llama.
- No importa –interrumpió él sacando pecho -. Ya lo encontraré. ¿Te parece bien mañana a las once?
- No, no. Mañana no. Mejor la semana que viene. El miércoles... a las cinco.
- ¿De la tarde?
- ¡Hombre! –esta vez ella sí que lo utilizaba con propiedad y eso le fastidió aún más. Tenía que haberle dicho mujer -. ¡No va a ser a las cinco de la mañana!
En realidad sí que podía a la hora y el día que él había propuesto, pero no le dio la gana de aceptar. Hubiera sido como claudicar, perdonarle a cambio de nada. Olvidarse de su ofensa sin que éste se hubiera disculpado siquiera. Aunque casi lo que más rabia le daba era que seguramente él ni se había enterado. Y cuanto más pensaba en ello más se enfurecía, de modo que optó por terminar aquella estúpida conversación con un seco ¡Adiós!
Él se quedó en la acera, observándola. Estudiando su forma de andar, cómo cogía los libros, cuánto balanceaba los brazos al caminar y si miraba hacia el cielo o al suelo; la ropa que llevaba, los zapatos, si éstos eran baratos o de calidad; por qué lado los desgastaba más: el exterior, el interior... Incluso el color y el corte de pelo. Cosas que frente a ella no había sido capaz de captar con la necesaria profundidad. Datos imprescindibles para la creación de su nuevo personaje. Ya tenía la mirada, la forma de hablar, muchos de sus gestos, pero faltaba darle forma al cuerpo. Medidas. ¿Y las manos? ¡No se había fijado en las manos! ¡Se había comportado de forma tan estúpida que ni siquiera había reparado en las manos! ¿Tenía los dedos largos? ¿Se mordía las uñas? Esto último para él era un defecto, físico y mental, imperdonable.
Augusto se enfureció terriblemente. Dio media vuelta y se marchó. Caminaba apretando con fuerza la mandíbula y los músculos se le marcaban en la cara. Tal era su enfado que hasta le dolía la garganta de rabia. Esa rabia que normalmente era incapaz de controlar.
Dobló la esquina y entonces cayó en la cuenta de que tampoco sabía su nombre.
- No importa –se dijo -. El nombre ya se lo pondré yo.
secretos porque sé que no lo escribió para nadie. Me convierto en una clase de confidente póstuma.
Él se dio cuenta de que había metido la pata, así que rectificó:
- ¡Hombre! Quiero decir que hay gente que se pasa. Le dejas algo y a lo mejor tardan en devolvértelo meses; si es que lo hacen. O te dicen que se lo han prestado a otra persona a la que tú igual ni conoces y empiezas a perderle la pista...
Ella odiaba que dijeran <> cuando se habla con una mujer y estaba en el punto de retirarle su ofrecimiento sin contemplaciones cuando el tercero en discordia, el librero, nuevamente les interrumpió:
- ¡Se cierra! ¿Queréis algo o no? Que lleváis aquí media mañana.
El tono áspero, el vocabulario disuasorio y la premiosidad del mensaje ni les sorprendió ni ofendió, pero lo que verdaderamente resultó molesto de esos modales fue el repentino silencio que se hizo en la tienda al apagar bruscamente el equipo de música. A ella porque fue como si le taparan la boca justo en el momento en el que iba a contestar a algo que la había puesto furiosa; a él porque no soportaba que se cortara una canción –cualquier canción, esto era irrelevante- sin ir bajando lentamente el volumen. Si se hacía como a él le gustaba, la música, que previamente había inundado todos los circuitos cerebrales, iba desapareciendo lentamente, como una esclusa cuando se vacía: despacio, un proceso perfectamente calculado; permitiendo que el cerebro también se fuera desalojando con lentitud; dando paso al silencio el cual va llenando el vacío que deja el sonido mientras se desvanece. Una sucesión, un cambio de escena suave, bien enlazado. Pero si aquél se efectuaba de forma inesperada no había continuidad, no existía esa transición porque la misma esclusa había reventado, liberándose atropelladamente de su contenido. Para Augusto el librero había cometido la mayor de las tropelías: interrumpir chapuceramente un momento musical.
Salieron de la tienda y no habían puesto el segundo pie en la calle cuando el chirrido de la persiana metálica falta de grasa terminó por hacer añicos una ocasión que podía haber sido mágica; o nefasta, que nunca se sabe. Desconcertados por el contratiempo, él no acertó a decir otra cosa que:
- ¿Y qué es lo que buscas?
- “El collar de la paloma”. ¿Lo tienes?
- ¡Pues claro! Con ese título, ¿quién se resiste a comprarlo? Si lo quieres no tengo ningún inconveniente en dejártelo.
- Ya que te ofreces... Prometo no destrozártelo. Odio que la gente te devuelva en mal estado las cosas que prestas. Además de que les estás haciendo el favor terminas reparando el estropicio.
Augusto, a quien los encuentros inesperados le arrollaban como una locomotora al viajero despistado, necesitaba su tiempo para recoger todos los miembros y reintegrarse. No obstante, le gustó oírla hablar. La observaba con detenimiento mientras ella movía los labios, los ojos, la cabeza... Saltaba de una zona de interés a otra y atrapaba, robaba, gestos, movimientos, miradas que iba archivando en su cerebro y con todo ello recomponía una persona que tal vez no tuviera mucho que ver con ella, pero de esto último él no era consciente. Augusto no reconocía a las personas tal y como eran. Su cerebro no funcionaba así, no identificaba a los individuos por mera comparación.
Esta cara y este nombre están archivados en tal o cual sitio de mi cabeza y corresponden “a” porque se parecen “a”. No. Él CREABA a las personas en su mente, surgían como un holograma y a partir de ese momento se establecía una comunicación esquizofrénica que no podía detener. - Pues a mí no me importa. ¡Total, ya los he leído! ¿Para qué son las cosas sino para usarlas? Casi me da hasta grima cuando descubro que alguien va de super-perfecto y supercuidadoso. Con lo entrañable que es cuando ojeas un libro viejo y descubres que está lleno de anotaciones y reseñas. Igual era de tu tío o tu abuelo y leyendo con atención lo que ha escrito casi puedes conocer a esa persona. Comentarios acerca de lo que pensaba o le preocupaba; fechas que quizás fueron importantes para él o alguno de su familia; su letra... Es algo que me encanta. Y las ideas que pasan por la cabeza de la persona que lee, cuando son apuntadas, son como si algo de ella quedara para siempre. Es fantástico. Yo guardo todos los libros de mi abuelo y cuando releo lo que él escribió parece que me estuviera contando sus
cuando una mano le tocó en la espalda al tiempo que una voz desconocida le preguntaba:
- ¿Qué tal tu brazo?
Augusto se volvió e inmediatamente reconoció la voz y el personaje: era ella. No la había vuelto a ver desde que se rompió el antebrazo y de esto hacía ya casi cinco meses.
- Bien, bien –contestó él con la prodigalidad comunicativa de la que hacía gala ante cualquier imprevisto como, sin duda, era el caso.
- ¿Qué te dijeron en el hospital?
- Nada, se me habían roto los dos huesos de esta parte del brazo. Por eso me dolía tanto. Me escayolaron, después una temporada con el cabestrillo... Lo de siempre; pero ahora ya está bien.
- Oye, que ese libro no lo tengo. Ya te había dicho yo que me parecía que no estaba –interrumpió el librero bruscamente al tiempo que pasaba por en medio de los dos sin disculparse siquiera.
- Siempre digo que no voy a volver pero no sé qué tiene esta tienda que cada vez que necesito comprar un libro éste es al primer sitio al que vengo –añadió ella en voz baja una vez que el energúmeno se había reincorporado a su banqueta tras la caja registradora.
- Y que lo digas –continuó Augusto demostrando ser capaz de hilar no sólo una conversación sino cuatro palabras seguidas.
- ¿Te has fijado? ¡Siempre está leyendo el periódico! ¿Cómo puede leer únicamente la prensa deportiva? ¡Rodeado de libros como está! Si yo trabajara aquí creo que hasta dormiría en la tienda.
- ¿Te gusta mucho leer?
- ¿Qué si me gusta? ¡Me pasaría el día comprando libros! Y leyéndolos, claro. Tengo docenas, yo creo que cientos de libros.
- Pues yo ando detrás de uno pero aquí no parece que lo tengan. Tendré que mirar por ahí. Aunque me aburre eso de ir de tienda en tienda –Augusto había comenzado a soltarse.
“EL COLLAR DE LA PALOMA.”
Oiga, estoy buscando un libro al que hace referencia Ortega y Gasset, pero llevo un rato mirando y no lo encuentro. ¿Puede decirme si lo tiene?
- ¿¡Si me dices cuál es!?
- ¡Ah! Claro. Se titula “El collar de la paloma”.
- ¡Uyyy! No sé. ¿Ese es de un tal Ibn Hazm o algo parecido, no?
- Sí, creo que sí.
- Voy a mirar, pero me suena que está descatalogado desde hace tiempo.
El librero, un hombre gordo, maleducado, con barba de tres días y al que el último oficio que le podía encajar en este mundo era el de regentar una librería, se alejó con desgana y rascándose paladinamente la nuca. Augusto le observaba, descubriendo en él la inconfundible muestra de desaseo y abandono en el trasero de sus pantalones vaqueros.
Caídos y desgastados hasta el extremo, delataban la despreocupación y abulia que ese hombre mostraba por todo; incluidos los clientes. Augusto, que sentía un odio visceral por los pantalones vaqueros, se preguntaba si tendrían ellos algo que ver en la desaparición de los libreros de toda la vida. <>
En verdad, lo único que le atraía de esa tienda no era otra cosa que la música. Parecía que el dueño sí tenía para esto último el buen gusto que le faltaba con todo lo demás. Y para Augusto pensar en “El collar de la paloma” al tiempo que oía a Supertramp cantando “Even in the quietest moments” le producía una sensación místico-alucinógena que de alguna forma le enganchaba a aquella tienda que, por lo demás, no valía nada.Inmerso en este ditirambo de proporciones frenopáticas estaba él, meditando acerca de la indeterminada importancia de la tela vaquera en nuestra sociedad,
FIESTA
Por una vez, sí,
todo es blanco o negro.
Y también rojo.
Blanco negro rojo
sacudiéndose por las calles.
Fiesta de excesos
de sangre sudor pocas lágrimas.
De alcohol orines vómitos
Hurtos robos agresiones.
Sí, también violaciones.
Alguna muerte.
A Joan un cuerno le atravesó la garganta.
Nos dejó sin habla.
A Paul
el pulmón.
Nos dejó sin aire.
Lloraron las plañideras púberes
sensibleras y frágiles.
Lloraron el tiempo que tarde en correrse
el rímel.
No hay control, fuera normas
inhibiciones.
Arriba las bajas pasiones.
Abajo las buenas maneras.
¿Será por falsas?
Todo vale, todo sea por
¡la fiesta!
Bárbaros salvajes orcos.
Corriendo contra orcos.
Bestias acosando a los toros.
Fiesta para los patacos
Los intelectuales.
Los solitarios acompañados
Los solitarios solos.
Los ancianos y sus recuerdos.
Los niños y sus sueños.
Ganadores y perdedores.
Conquistadores y conquistados.
Canallas y pagafantas.
Fiesta hoy.
Vergüenza
tal vez mañana.
filtrado a través del subconsciente recuperaban su sentido y alcanzaban esos espacios sensoriales que nos pasan inadvertidos... a la razón.
No sin esfuerzo recorrieron los tres kilómetros de senda y calles que les separaban hasta llegar al hospital y allí ella se despidió. Tenía una tarde muy atareada y, como todo lo que ella podía hacer ya lo había hecho, decidió marcharse.
Y así fue; aunque no sin antes recordarle un: <<¡Que te mejores! ¡Y no te vuelvas a subir a los árboles!>>
El se quedó pensativo, movió insulsamente la cabeza e, incapaz de pronunciar una frase que fuera medianamente inteligente, se volvió hacia el médico que había comenzado a auscultarle.
Ella desapareció.
Fue imposible evitar las miradas, no había nadie más y a ella le llamó la atención que aquel individuo estuviera tirado en el suelo; después de todo no parecía un mendigo ni un borracho, así que alguna razón –de peso, por qué no decirlo- habría.
Augusto dudó un momento, no en vano, su aparente seguridad quedaba en entredicho al encontrarse en aquellas circunstancias, pero después de un primer e inútil intento por incorporarse no tuvo más remedio que aceptar la derrota y reconocer que requería ayuda.
Volvió a mirarla y esto fue suficiente para que ella entendiera que probablemente ese hombrecillo que tan penosamente se movía en el suelo la necesitaba. Así que, con una justificada desconfianza se acercó.
- ¿Te ocurre algo? –preguntó ella.
- ¡Bah! ¡Que me he caído del árbol! –contestó Augusto.
- ¿Y necesitas que te ayude?
Receloso:
- Me temo que sí porque me duele mucho este brazo y creo que voy a necesitar ir al médico. Y desde aquí hay una buena caminata.
- Ya lo creo. A ver, dame esa mano que te acompaño al hospital. Es mejor que entres por el servicio de urgencias para que te hagan radiografías y lo que sea necesario al momento.
Ella extendió su mano y él la asió, primero suavemente y luego con fuerza, y se incorporó. En su interior los sentimientos eran contradictorios; por un lado el fastidio, el bochorno, la tremenda humillación que suponía para él que un extraño, una extraña peor aún, le descubriera en tan embarazosas circunstancias: asaltando un árbol ajeno y tirado en el suelo como castigo.Por otro, su repentina presencia, su voz: balsámica y amable; el contacto, obviamente cálido y suave de su mano, su seguridad y firmeza al incorporarle... eran mensajes subliminales que a todo buen receptor no pasaban inadvertidos. Códigos sonoros, químicos y olfativos que viajaban encriptados entre las palabras, las miradas y los gestos más abiertos, pero que por algún desconocido proceso de
“EL ÁRBOL.”
Augusto se miró las manos, y su color, parecido al carmín sólido que en ocasiones utilizaba en su paleta, le trajo a la memoria el de las cerezas. Especialmente aquellas con una piel más oscura, gruesas, carnosas, que nunca supo de qué clase eran pero que, con seguridad, alguna tenían pues hacía tiempo que se había resignado al hecho irrefutable de que, para todo, había clases.
Fue por las cerezas que la conoció. A él le encantaban; por eso, de vez en cuando se permitía alguna licencia y, o bien las compraba por cajas en el mercado o, mejor aún: asaltaba algún árbol del camino y se daba uno de esos atracones como solía hacer cuando era niño. Le gustaba comer y comer, dudando en su glotonería de si tragar o no los huesos. Sin importarle en absoluto la más que probable indigestión que venía después.
Por eso estaba subido en aquel árbol, aunque veintiocho años no se puede decir que sea una edad muy apropiada para ir subiéndose a los árboles ajenos. Agilidad y respeto a la propiedad, preferiblemente por este orden, aconsejaban lo contrario, pero... tenían un color, ese color, ¡tan llamativo y tentador!; que era difícil sustraerse al festín de devorarlas.
Sin embargo, esta vez el árbol le devolvió la agresión y en cuanto Augusto confió en una rama de las que aquél se pudo desprender, la sacrificó y al romperse arrastró con ella al intruso. Cinco metros de caída, no libre sino acompañado de una preciosa rama cargada de cerezas, que dieron con los huesos de Augusto y de la fruta en el duro y reseco suelo de un barbecho en agosto.
Tonta fue la caída pero no por ello falta de consecuencias: rotura de cúbito y radio y, aunque en ese momento no lo sabía, ya sentía el dolor agudo trepándole por el brazo.
Así que allí estaba él, entre ayes y resoplidos, creyéndose solo en medio de un campo que sí era de alguien, dolorido, torpe y enfadado, cuando ella apareció distraída y oportuna entre las zarzamoras que casi cerraban el camino.
“EL AMOR ES ROJO PASIÓN.”
Christophe Caro
LÍO
Encontré a Jessica en el fondo del abismo:
quería abrir un estanco.
Yo, abandonar el ciclismo:
cansado de dar vueltas,
de ver girar siempre la misma rueda.
Confundida ella
Perdido yo,
nos liamos.
No quedaba alternativa.
Lío de pies
de piernas, manos.
Lío de amores,
perdón,
lío de sexos.
El amor se quedó en el abismo.
Pronto nos arrancamos pedazos.
Nos desliamos.
Déjame, no me persigas.
Estoy hecha un lío.
Jessica se enredó en su propio ovillo.
Yo,
quedé tirando del hilo.
ENCIERRO
He corrido delante de vacas
Mansos
Toros.
Aún no sé por que.
Las vacas estaban locas
Lo mansos, eran muy cansos.
Los toros, pocos.
Aún no sé por que corrí.Ningún bicho fue para tanto.
LOS AMANTESÓleo sobre lienzo, 81 x 60 cm.
UN BUEN DÍA
Ayer asistí a mi funeral.
No fue nadie. Casi,
ni yo.
Nunca me gustó pedir ayuda.
Tampoco para mi entierro.
Autosuficiente siempre
Yo construí el féretro.
Yo cultivé las flores.
Con mis manos hice el agujero.
En mi carretilla paquetera
trasladé la caja.
Arrastrándome
me llevé yo.
Y me enterré.
No hubo lágrimas fantasma.
No hubo corazones rotos.
No hubo penas finitas.
Solo yo. Todo yo.
Faltó un detalle:
olvidé mi panegírico en el despacho.
Dejé todas mis loas en la alcoba.
Escribí un epitafio muy zafio.
En un pequeño espacio.
Desde la siniestra oscuridad de mi caja
Oí los golpes de la tierra sobre la tapa.
El estruendoso telón desplomándose
tras el último acto.
Aplaudieron los enemigos
desde la distancia.
Olvidaron los amigos
la asistencia.
No seré recordado por toda la obra.
No era ésta grandeza suficiente.
Es el último acto el que perdura en la memoria.
Partí de este mundo con la misma soledad en que viví.
Lloré cuando nací.
Se agotaron estas lágrimas con los años de torpezas y fracasos.
Ya no lloré cuando morí.
Tampoco quedaba nadie por quien hacerlo.
Acabó por fin esta vida insulsa y sin sentido.
Por una vez tuvo sentido, fue real,
el vacío.Por fin, llegó el día.Sólo quiero descansardel tormento de vivir.
CARAMELO AMARGO
Entre el humo y los escombros de edificios ardiendo
Surgió Thérèse como un espectro.
Con su abrigo rojo sangre.
Con sus zapatos rotos
mirando al cielo.
Baja en autoestima. Sin energía.
Harapienta como un mendigo.
Llorando como una niña abandonada.
Sólo quería morir.
Fue en la Plaza Trafalgar.
El décimo año de la última gran guerra.
Malherida, agotada. Muñeca rota.
Hui de su cruce de miradas.
No quise ayudarla.
La perseguí hasta robarla, acosarla.
Dijo haberse perdido.
Era la última en toda la ciudad.
En el bolsillo un puñado
¡de migajas!
Había olvidado lo que era ser feliz.
Toda su vida combatiendo.
Derrotada, ofreció:
te daré mis migas
si prometes ayudarme.
Entre sorprendido y ofendido
Asentí.
Le mentí.
Le quité las migas.
Le quité el abrigo.
La violé.
Y al final
también le quité la vida.
CARAMELO
Entre la niebla de edificios y museos
surgió Thérèse como un lienzo moderno.
Con su abrigo de paño rojo
de caramelo.
Con su pantalón vaquero.
Ceñido al cielo.
Baja en calorías. Sin azúcar.
Pizpireta como un ardilla.
Sonriente como una niña.
Parecía feliz.
Fue en la plaza Thyssen.
También ejercía de baronesa.
Femenina, presumida y coqueta
pude evitar los cruces de miradas:
no quise.
En cambio
la perseguí hasta desnudarla.
Dijo haber ido de compras.
Me mostró una bolsa llena
¡de corazones!
Por eso era feliz.
Arrebatada, ofreció:
Te daré uno si prometes no romperlo.
Entre sorprendido y rendido
Asentí.
Fui afortunado
Aún lo conservo.
ESTOPISTAS
No esperé a que cicatrizaran las heridas.
Gotas de sangre y sal
marcaron el camino que tomé.
Subí a mi moto, marché.
Desnudo ante el viento
huí derramando errores y temores.
En aquella carrera suicida
encontré a Thérèse:
la habían dejado en la cuneta.
Caminaba en solitario
Tampoco pedía ayuda.
Me gustó su trasero,
perdón,
su espíritu, su cerebro:
de lucha, de esfuerzo, resistencia.
¿Subes? –pregunté.
¿Sabes pilotar?
Tienes razón:
yo tampoco vendría conmigo.
No soy de fiar.
Luego de una duda razonable
sólo una,
Thérèse montó.
Vámonos - dijo.
Vámonos lejos.
Yo también necesito,
alcanzar,
el país de los abrazos, de los besos.
Sólo eso. Cuida mi corazón.
Sólo eso.
IES
Encontré a Marie hace unos años.
Hacía la calle.
Yo la paseaba.
Cielo, ¿ buscas compañía?
Indeciso: No estoy seguro.
Deberías, pareces vivir
en el infierno.
Fue directa, demasiado.
¿Vendrás por mí?
Insistió.
No sé cómo hacerlo.
¿Será que no te atreves?
No sé cuándo hacerlo.
¿Qué te retiene?
Me perdí en el camino.
¿Será que no quieres?
Confundí mi destino:
rechacé el equilibrio.
Años más tarde
volví a por Marie.
Iba del brazo
de un gran caballero.
Me vio, sonrió.
Exclamó:
¡Te esperé una vida entera!
Pedí, te llamé, te rogué.
Casi te amé.
Esta otra no quiero perderla.
Hoy recuerdo a Marie.
Y a sus puntos
Sobre las íes.
ÓLEO SOBRE TABLA
81 x 60 cm.
PARTIDO
Hastiado de ser un erizo asustado
Reaccioné:
me puse en pie.
Se rompieron todas las sogas que me ahorcaban al mundo.
Nada era un auténtico.
Indiferente ante el derrumbe
con desdén permití que todo cayera.
Sí que era patético.
Desapareció el mundo conocido:
ese que ahorcaba.
Vulnerable como un recién parido
Caminé desnudo sobre los escombros ardientes
de una nueva realidad.
Abrasados los pies, se hicieron insensibles.
Y yo con ellos.
Nada queda por lo que deba llorar.
Más cínico y sarcástico que nunca.
Incrédulo, crítico y escéptico.
Tiempo ha que he partido.
Con el corazón partido
abandoné este partido.
Comienza un nuevo torneo.
Sin reglas, sin miedo.
Sin respeto, sin corazón.
CORTA Y PEGA
Encontré a Marie en un burdel:
caucásica, engreída, ebria.
Ebria para olvidar.
Engreída por necesidad.
Caucásica para disimular:
la habían parido en Argelia.
Pidió dos absentas.
Uno para ausentarse.
Otro para sentarse:
junto a mi.
Con la mirada cruzada
preguntó:
¿beberás por mí?
¡Los vientos!
respondí.
Me escupió el absenta en la cara.
No pudo evitar la carcajada.
No la culpo:
sólo digo payasadas.
Marie entró en el burdel para soñar.
Encontró un imbécil
que sólo sabía bailar.
Antes de pagarme,
allí el que trabajaba era yo,
me espetó:
Deja de adular
¡Corta!
Eres un muñeco, ¡de pega!
PELEAS
Conocí a Marie en una pelea de gallos.
Era ella una gallina.
Yo un gallina.
No sé quién picó primero.
Sé que no fui sincero
cuando dije:
no me duele.
¡No me importas!
Marie adivinó mi impostura:
por farsante.
Yo alteré su compostura:
por comediante.
Picoteando gusanos en una charca
años más tarde resurgió Marie.
Te había olvidado. ¡Tanto tiempo! -añadí.
Mentí.
Ya lo he dicho: un farsante.
Te había ignorado. ¡Todo este tiempo! -contestó.
Exageró.
También lo he dicho: una comediante.
¿Quieres un gusano? –pregunté.
¡Están de muerte!
Y muertos.
Traigo maíz y migas –respondió.
Para tus heridas.
Conocí a Marie en una pelea.
Ella la gallina herida:
por la vida.Yo el gallina:por lo mismo.Enseguida nos dimos un pico.¡Qué bonito!
PEDRADAS
Carmen eligió su mejor color:
negro pensamiento.
Mario acertó con su poema.
No triunfó con su piropo:
gritó, ¡Guapa!, ¡a la Consejera!
Jorge, hermosa locura:
metió en la Plaza de Poetas, ¡a toda cuba!
Ivonne confesó su tiranía:
la de las tablas, la de ACAE,
la de la 4ª pared, ¡esa sí que NOCAE!
Jesús imitó e invitó:
a los robasetas y,
quizás, también a los poetas.
Hablaron los políticos:
autocomplacientes. Onanistas.
Babas, besos, abrazos.
Incestuosos.
Levantaba el aire las faldas a la plaza.
Averiguamos su nombre antes de desnudarla.
Fue el mejor el pregonero:
el autocrítico
el sabio por viajero
El más sincero.
Ángel tuvo una ocurrencia:
llenar de “Savia de Poeta” las botellas.
Se emborracharon ellas
Y, como siempre, los poetas.
AMIGOS, GRANDES
John, un buen amigo escritor, me dice
Dedícate a pintar.
Las letras no son tu campo.
Philip, un gran amigo pintor, me dice
Dedícate a escribir
No son los colores tu medio.
Arthur, mi buen amigo fotógrafo, me dice
Con el corazón en la mano,
es la escultura tu materia. Olvida las fotos.
Michel, el mejor amigo escultor, me dice
Abandona la escultura.
Sé un buen albañil.
John, Philip, Arthur y Michel me convencieron:
soy un gran contable.
En la mejor empresa de fracasos
Y frustrados.
DECISIONES
No esperé el tiempo suficiente.
No viví el tiempo necesario.
No bebí los días que adelanto.
No dejaré que vengan a por mí.
No diré la verdad de lo que pienso.
No me atreveré, miedo a equivocarme.
Subiremos juntos a la nube más alta.
Nos tiraremos de ella, éste era el acuerdo.
No lo cumplirás.
El suelo
El golpe
El estruendo
El final
El silencio.
MIRADAS i
La mujer, ella, mira al marido
Con dulzura, pena, resignación.
El marido, él, no le mira siquiera
Con amargura, indiferencia, hastío.
Ella, sin decirlo, le pide
Que no beba, sea esta la última copa.
Él, con desprecio, le exige
Que le olvide, no será esta su última copa.
Ella se abandona al fatalismo
Él se entrega al egoísmo.
Berenice, ella, vivió más de cien años
Gelasio, él, le recortó más de treinta.
Aún así, no supo ella ser feliz.
Aún con todo, rió él hasta el último día.
Tan preciosos los momentos que nos quedan.
Tan escasos los buenos ratos que nos valen.
¡Cómo vuelan!
Espejismos en la barra de un bar.
Dimorfismos en el sueño de la realidad.
FAVORES
Porque te quiero te digo:
No te merezco. Te abandono.
Porque te quiero te digo:
Tú vales mucho, búscate otra mejor.
Porque te quiero te digo:
Tu vida no está conmigo. Te dejo.
Porque te quiero te digo:
No soy nada a tu lado. Me marcho.
Porque te quiero te digo:
No pretendo hacer daño. Adiós.
Porque tanto me quieres
Ahórrate los favores
Miénteme
Y no me abandones.
INTRIGANo sé cómo ocurrió, tarde para corregir.
Tampoco recuerdo cuándo, qué semana,
mes del año.
No sabría decir por que, la razón de ser de todo.
Ni de nada.
Tiempos de confusión, de cortos avances.
Grandes retrocesos.
MONTAÑA
Perdido en el abismo descubrí un sendero.
Me pareció libre de riesgos.
Caminé dos jornadas.
Sin descanso. Sin aliento. Sin sentido.
A cada lado un barranco.
Tropecé. Caí. Me levanté.
Al alzar la vista
vi a Thérèse.
Experta en cumbres
sus amenazas y vértigos
me miró sonriendo.
Por mi torpeza.
Si tú quieres seguimos juntos
Preguntó en un susurro.
Acepté aliviado.
Fueron dos nuevas jornadas.
Con descansos. Con aliento. Con sentido.
En un cruce de caminos
perdí a Thérèse.
Y me perdí yo.
Otra vez:
A cada lado un barranco.
Otra vez:
Tropecé. Caí.
Me levanté.
No sé qué fue de Thérèse.
Sí sé qué fue de mi.
Acepté resignado mi destino.
Con mis manos y piedras construí un refugio.
Me quedé en la montaña.
Esperando a Thérèse.
Viví el invierno más largo.
Siempre la muerte acechando.
La fiera que más ruge:
El silencio.
CULPABLE
De mirar
De buscar
De sentir
De caminar entre lodazales
De deambular por estercoleros
De arrastrarme por chabolas, camastros y putas
De follar con la más fea
De cometer errores
De decidir
De no hacerlo
De disparar al pianista, a la santa, la beata
De traicionar al amigo, al padre, al hermano
De tener razón y de no tenerla
De hablar y de callar
De reír y sus razones
De llorar y sus razones
De estar vivo y no desearlo
De haber muerto sin quererlo
De todo y por todo
De nada y por nada
De todo y por nada
De nada y por todo
INTERPRETACIÓN
Me lanzaste un beso al aire
¿O fue al socaire?
Me tendiste la mano
¿O fue a un hermano?
Me dijiste ven
¿Me asusté?
Me invitaste al baile
¿Corrió el aire?
Me trajiste vino
¿Me excusé en que alguien vino?
Dijiste sexo
¿fue convexo o con beso?
Ese momento, todo cambió.
Cayeron los miedos que nos entierran
Las inhibiciones que tanto asustan.
Cayeron las dudas
junto a la desnudez de los cuerpos.
Porque éstos, también cayeron:
sobre la alfombra.
La verdad, esta sí que está desnuda.
Dijiste sexo,
y el telón de nuestra obra se desplomó.
Sin preaviso.
Pecho contra pecho,
Espalda contra espalda
Piel contra piel.
Acércate, ahora soy yo el que lo pide.
No te haré daño.
Vamos a sentirnos.
Si fuera preciso, a morirnos.
PODER
La soledad del mando
Del ordeno y mando
Y no hago lo que yo mando.
La vulgaridad del mando
Del ignorante, del títere
Del que hace lo que no manda.
La manipulación del mando
Del demagogo, del populista
Del que niega que manda lo que manda.
La tiranía del mando
Del déspota, del asesino
Del que aniquila a todo al que manda.
La malversación del mando
Del que guarda, abre y vacía la caja
Del que expolia al pueblo que manda.
La soledad del mando
Del que justamente gobierna con justicia
Del que cumple sus principios de honradez,
equidad, y comprensión.
Éste, este sí que está solo.
PÍO. PÍO
Mr. Pío fue expulsado del nido.
Sus dos hermanos queridos.
Joven para volar
corrió ante cada peligro.
Endureció sus patas.
Hambriento, buscó comida.
Joven para cazar
se alimentó de raíces y hojas.
Endureció su estómago.
Aislado, buscó compañía.
Joven para seguir al grupo
vivió el mundo en solitario.
Endureció su mente.
Pasó el tiempo, creció Pío.
Antes que ninguno, ¡voló!
¡Aprendió a despegarse del mundo!
Con sus fuertes alas
alcanzaba fácilmente la presa.
Con sus fuertes patas atrapaba la pieza más grande.
Con su fuerte estómago la digería rápido.
Y creció más.
Se hizo fuerte. Asombró.
En una bandada se reclutó.
Su mente endurecida conquistó el liderazgo.
Llegó el invierno y migraron al sur.
Los estómagos sensibles desfallecieron primero:
Desnutrición.
Exhaustos, cayeron al suelo.
Una dura tormenta quebró alas y colas:
Los asténicos.
Otros tantos, cayeron.
Refugiados en copas de árboles
El viento salvaje sacudió troncos y ramas.
Débiles patas no la soportaron.
Otros tantos, también cayeron.
Mr. Pío creyó ver a sus hermanos.
Queridos.
Nada hizo por ellos.
Mr. Pío vivió muchos años.
Fue un líder valiente y sensato.
No todo supo vencer:
Gobernó en solitario.
THÉRÈSE
Thérèse calentó un plato de sopa a Andrea.
Ella la derramó.
Thérèse posó su mirada en los ojos de Andrea.
Ella la devolvió furiosa.
Thérèse habló con amor a Andrea.
Ella le escupió.
Thérèse acarició a Andrea.
Ella le devolvió un arañazo.
Thérèse besó en la mejilla a Andrea.
Ella le mordió la otra mejilla.
Thérèse quiso abrazar a Andrea.
Empujándola, ella la tiró al suelo.
Con lágrimas, escupida, golpeada, arañada, mordida
Thérèse perguntó:
¿Por qué me haces esto?
Con desprecio, orgullosa, egoísta, agresiva, déspota
Andrea respondió:
Porque eres mi madre.
Porque puedo.
TODO ES INÚTIL
Si no son fiables los recuerdos
Son inútiles.
Si el futuro no está escrito
Vano averiguar dónde leerlo.
Si a quien esperas no te espera
¿A qué esperas?
Si a quien hablas no te escucha
¿Por qué no callas?
Si buscar no es encontrar
¿Por qué hacerlo?
Si mirar no es ver
Mejor cerrar los ojos.
Si querer no es poder
Estéril intentarlo.
Si tener no es conservar
Para qué desesperar.
Si envejecer no es madurar
¡Esto sí que es inútil!
Si estudiar no es aprender
¿No es mejor quemar los libros?
Si en los jóvenes no está el futuro
¿A qué viene tanto niño?
Si la medida de las cosas no es valor de las cosas
¿Dónde el modelo a seguir?
Si analizar no es comprender
¿De qué sirve el pensamiento?
Si la traición es moneda legal
¿Qué hacemos comerciando?
Si la gran culpa es el gran peso que arrastramos
Descarguemos este lastre donde estamos atrapados.
Si nada de lo que dices permanece
¿Para qué haces, piensas, vives?
SALDOS. HALLAZGOS
Conocía a Marie en un outlet
De corazones rotos.
Ofertas especiales por defecto, abolladuras.
Maltrato.
Simposio extraordinario al que acudí por azar.
No sospeché que ya estaba mi reserva:
centro de cuidados intensivos para novatos.
Marie era reincidente
De ahí su experiencia.
Yo, ya lo he dicho, caí por accidente.
De ahí mi inexperiencia.
Una taza de jengibre nos presentó:
la derramé.
Por torpeza.
Ella no se enfadó.
Por comprensión.
Acostumbrado a los reproches
Marie me conquistó con lo contrario:
su ausencia.
Desconcertado y perdido
no me aparté de su lado.
Marie ofreció seguridad
a mi primer fin de semana en los casinos.
Yo apostaba sin sentido.
Ella susurró:
apuesta por mi.
¡Yo¡, soy tu apuesta segura.
Dudé, no podía ser tan fácil
Que se aliara la fortuna.
Perdí el tiempo y las ganancias.
Salvo la última moneda:
Diez y Rojo.
Miró Marie en silencio:
nada me pidió.
¡Diez y Rojo por Marie!
Ella me entregó el premio satisfecha:
Con la mirada dulce y pacífica
Con la sonrisa sabia de quien combatió
Y perdió.
Dijo:
No es dinero el gran premio que te ofrezco.
Es un corazón nuevo.