lunes, 3 de marzo de 2014

SOBRE GUJSTOS



SOBRE GUSTOS




Ya me gustaría ya.

Olvidarme de lo que soy, pero más de lo que fui.

Que lo que soy no le interesa a nadie y lo que fui no me interesa a mí.



Ya me gustaría hacer borrón y cuenta nueva sin que nadie me pasara la cuenta,

por eso,

por lo que soy pero más por lo que fui.



Ya me gustaría que os fuerais todos a la mierda,

y que en ella me olvidarais de verdad. Como aquí,

pero sin pagar. Que caros me salen vuestros platos rotos

a precio de vajilla nueva: mira el sello,

es de prestigio no dejes tus babas en ellos.



Ya me gustaría liberarme de este momento presente.

De retocarlo mejor aún poder eliminarlo

Y reescribir la historia como a mí me dé la gana,

más la parte de esa historia que es historia mía sola.

Y deducir lo deducible y reducir lo prescindible y eliminar

lo innecesario lo superfluo lo engañoso lo baladí lo inútil.

Todo lo que me atonta que no es poco y todo lo que me duerme.

Que tampoco.



Tanto es este tanto excedente que no sé si tengo tiempo

de arreglar los sueños rotos.

Otra vez pedazos rotos por este suelo ardiendo del infierno.

Y ya estamos con lo mismo ya estamos donde suele.

Que no que no que no aguanto otro chaparrón.

Que siempre caen chuzos de punta y más de uno se clava al corazón.



Ya me gustaría salir de esta tormenta ciclogénesis explosiva nuclear,

riesgo alto de elevada mortandad: no de cuerpos sí de mentes.

Pues demente debo estar para no explotar nuclearmente

y retroceder a la génesis de mi cuerpo de mi mente… ¿Transparente?



Ya me gustaría, ya.

Ser algo más, o algo menos.

Y no otro perro royendo los mendrugos.

Los que unos pocos nos tiran a la gente.







© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 7 de enero de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 107 (novela corta alargándose)

Pero una persona era el centro de atención de todos los demás. Cada alma tripulante o pasajero se confesaba comulgaba charlaba lloraba compadecía, también enfadaba, con él en algún momento del día. No, no era el capitán pues también éste precisaba sus servicios con frecuencia, quizás demasiada frecuencia, ni tampoco el capellán; que no había tal cosa en semejante sitio abandonado de la mano de algún dios. Esta persona que los unía a todos, que atendía aconsejaba escuchaba soportaba a esos todos los demás, era el camarero. El malayo doctorado en matemáticas inexactas y lenguas trémulas que con tres penas por cumplir, la última de dos años y medio día aprovechó sus habilidades con los números para sacar cuentas y darse cuenta de que le traía más cuenta enrolarse en el primer barco discreto que zarpara del puerto de Klang. Las penas eran de amores y tras el último fiasco, una hermosa camboyana de ojos verdes mestiza pelo castaño brazos de arpista manos de flautista piernas de ballet pies de modelo cuerpo de muñeca tetas de adolescente sexo de mujer boca de entrada profunda, le partió el corazón en dos pedazos; por la mitad, vamos. Se fugó con un camarero sumatrano del hotel donde se habían hospedado a ensayar la luna de miel. Dos años y un día hacía de aquello.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 106 (novela corta alargándose)



Desaparece de la vista e inmediatamente es succionada por la enorme hélice que la despedaza e impulsa a las profundidades, donde peces y crustáceos darán cuenta de ella. El hombre, sin testigos aparentes, retrocede por sus pasos y vuelve al albergue. Ni Fausto ni Charlotte han podido ver su rostro o ropas. Sólo que tenía una mujer que había marchado corriendo en una dirección, y él en otra.

Incómodos y nerviosos abandonan el escondite descuidando toda precaución. El niño espía de los ojos grandes surge de entre las cuerdas, los sigue con la mirada en su huida ansiosa del escenario donde ha ocurrido semejante suceso. Adentrándose nuevamente en la zona de personal y mezclándose con los demás viajeros. Aunque no pueden reconocer su rostro, entre ellos viaja ahora un inductor involuntario al suicidio.


Dos jornadas pasaron antes de que Fausto y Charlotte se sacudieran el susto. Dos jornadas de aburrimiento, de una rutina que no iba más allá de los paseos por el barco, las visitas a la cantina, los horarios de comedor, las colas en los servicios, los dolores de espalda, los niños dando guerra, las agrupaciones de viajeros por idiomas, la desconfianza de la tripulación la vigilancia de todos a todos y vuelta a empezar. Ambos eran de los pocos que no habían hecho ni siquiera un intento de aproximación a los colegas circunstanciales. A él no le interesaba y ella prefería distanciarse para no ser descubierta en el engaño. Fausto sí hizo, en cambio, algunas tomas con su dieciocho milímetros. Retratos robados desde algún rincón al resto de pasajeros protegido de la vista con el cuerpo de Charlotte cómplice. Panorámicas casi idénticas de un océano tranquilo cuyos únicos cambios de imagen se producían al amanecer y el anochecer. Donde un sol con apariencia de cansado se refugiaba tras el abismo rotundo anaranjado casi rojo acechando más allá del horizonte.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 105 (novela corta alargándose)



-Shh. Quieto. Anda alguien por ahí. ¡Agáchate!


-¡Enrico! ¡Enrico! Perche´fai questo? Io ti amo, lo sai! Ti ho seguito fino a qui perche ti amo. Non mi abbandonrare `proprio adesso. Pensa ai tuoi figli! Che gli diro´quando torno?

- Digli quello che vuoi! Ma questa storia deve finire, io non ti amo piu´.

- Hai un´altra donna vero? Hai un´altra donna, farabutto!


La mujer solloza, sigue con su doloroso reproche.


- Sei uno stronzo! Mi hai mentito! Mi hai fatto venire fino a qui con un inganno. Io ho mollato tutto per te e adesso tu mi lasci… Enrico…


La pareja discute, pasos nerviosos, errantes. La mujer, gritando, da varias zancadas y se coloca en el mismo borde del enjaretado, sobre Charlotte y Fausto que han descendido otra vez hasta el fondo de la escalera. Escondidos en la penumbra, observan y escuchan. Una brisa inoportuna ondea su falda. Por debajo, ambos aprecian sus calcetines, sus muslos gruesos, su ropa interior. Charlotte le da un codazo a Fausto, no quiere que espíe. Luego de otra pausa angustiosa, la desconocida continúa.


- Sai che ti dico? Se non posso stare con te, se mi abbandoni, ebbene non voglio vivere! ¡Me has roto el corazón!


La mujer inicia una carrera por los pasillos, entre cajas y cuerdas. Tropieza, cae, se levanta. Llora. Vuelve a correr dirección popa, la distancia más corta a la que tiene el mar. Cuando llega a la barandilla, sin detenerse un segundo, se lanza al agua.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

lunes, 6 de enero de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 104 (novela corta alargándose)



-¡Puag! ¡Qué asco! ¡Necesito que me dé el aire! ¡Me subo!

-¡No, no! ¡Cuidado con el crío! ¡¿Pero qué te pasa?! Mon dieu!


Fausto se detiene justo antes de abrir las puertas de rejilla. Tenía razón, Charlotte seguía siendo Charlotte disfrazada. Él seguía siendo él y ambos estaban en una escalera entre dos puertas en un carguero en medio del océano, más o menos o quizás un tercio. Pero todo lo demás no era real. Vuelve sobre sus pasos.

-Es cierto. Te ayudaré… Pero tal vez la llave esté en el camarote del capitán. O colgada de su cuello. Cuanto más cerca de él más importante será lo que esconden.

-O quizás sólo sea la entrada a las bodegas, a la sala de máquinas. En alguna parte ha de estar.

-Todo es probable, sí. Como podría serlo que estuviera inundado de agua. Las olas de esta noche han debido poner esto como una pecera.

-No lo creo. O nos hubiéramos hundido. Todo barco está preparado para devolver al mar el agua entrante. ¿Ves esa rejilla bajo la puerta? Es un desagüe.

-En fin, aquí no hay ninguna llave. Vámonos.


Charlotte se dispone a abrir las puertas superiores cuando unas voces se oyen próximas.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 103 (novela corta alargándose)



-¡Arhg!

-¿Qué te pasa? Mon dieu! ¿Por qué te encoges?


La visualización de su miembro rodando por la cubierta como una salchicha seca para los perros estaba tan nítida que sintió dolor. Un dolor imaginario pero dolor.


-Nada, nada. Cosas mías… Tienes razón. ¿Y ahora? ¿Entramos?

-¡Pues claro! ¡Tú vigila al crío ese!


En una rápida operación ya está ante la puerta del fondo de la escalera. Cerrada con llave. Él le sigue poco después, no ve al crío.


-Merde!

-¿Qué esperabas? ¿Un pasen y miren? ¿Están ustedes en su casa pónganse cómodos? –Fausto devuelve la sorna.

-Je sui! Je sui! ¡Lo he entendido! No sé… Quizás la llave esté por aquí, mira a ver.

-Sí, seguramente. ¿Has probado debajo del felpudo? ¿Quizás en la tierra de una maceta?

-Ne me rends pas fou! Tu sarcasmo no es de gran ayuda. ¿No te parece? ¿Qué te pasa?

-No sé… Es por ese empeño tuyo en que te trate como a un hombre. Me pone furioso.

-Ahh, así que es eso lo que te tiene tan alterado… ¿Y por qué? Imagina que estás con un amigo. O tu primo, podemos decir que somos primos. Todo el mundo tiene un primo en alguna parte. ¿Qué te parece? ¿Mejor?


Ella termina de destruir la visualización del sexo oral: no sólo era un hombre quien estaba de rodillas sino que además es un pariente. Incesto homosexual. Fausto siente náuseas.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 102 (novela corta alargándose)



Apenas unos metros más adelante, hacia estribor y casi tapada por una torre de embalajes, todos con el número 3, apareció una rejilla en el suelo. Un enjaretado fuerte, de hierro, con bisagras laterales y cerrojo en el centro. Dos puertas que abrían, o cerraban, el acceso a una escalera que descendía hacia las entrañas del barco. Iluminada por la luz del sol, al final de ella parecía adivinarse una puerta. La tentación es irresistible.


-Mira esto.

-Ya veo. Boca de entrada a las bodegas.

-Más parecen las mazmorras, qué pinta tan siniestra.

-Mon dieu! ¿Qué esperabas? ¿Luces de colores y moqueta? Esto es un carguero, todo está dispuesto con un solo fin.

-¿Y es?

-Practicidad, economía de medios y gestión. Eliminación de todo lo superfluo. Fuera adornos o detalles innecesarios. Supongo que no querrás también unos cuadros en las paredes, ¿Oui?

-Perfekt! Vale. Lo he entendido. La experta en navegación eres tú.

-Te he dicho que me trates como a un hombre. ¿Y si alguien te oye?

-Perdona… Pero es que…


No podía confesar lo que había imaginado cuando se chupó los dedos untados en polvo de opio. Cómo transformó una suave e inocente succión en una potente escena de sexo que sólo tenía sentido si era ella mujer. Pensar que la boca de aquella felación podía ser un hombre era como si en lugar de chupársela se la mordieran: un bocado y escupir el trozo al suelo.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 101 (novela corta alargándose)



Una vez imaginado esto, era fácil dar el salto a la carnosidad más lasciva e irrefrenable de una felación en su tramo final. El instante cegador y efímero de una descarga completa en el fuego de su lengua traviesa. Inundándola de saliva y semen al borde del ahogo…


-¿Me oyes?

-¡Oh! ¿Qué?

-¡Que te hablo y no me contestas!

-Perdona, me había despistado. ¿Puedes repetir?

-Pues si es tan interesante lo que piensas podías compartirlo… Te decía que sí, es opio.


Se levanta y mirando a los ojos de Fausto añade:


-¿Y si estamos en un barco de narcotraficantes?

-¿Y si la tripulación no está enterada? Porque de lo contrario, ¿no hubiera sido más inteligente deshacerse de las pruebas? Yo en su lugar hubiera tirado estas tablas al mar, aquí no sirven para nada.

-Sí que sirven, para inculparte. He de reconocer que tiene sentido lo que dices. Cualquier curioso como nosotros puede encontrarlas… No sé.

-Disimula, viene el niño cotilla. Ese de los ojos grandes.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 100 (novela corta alargándose)



-¿De qué estarán cargadas estas cajas?

-No lo sé. No entiendo nada. Espero que no sea opio o podríamos abastecer a medio mundo.

-Quién sabe. Igual ni ellos mismos conocen lo que transportan. Sólo ven las cajas y ya está, como nosotros.

-No hay capitán que no sepa qué lleva su barco.

-¿Y si le han engañado? Esta, por ejemplo. Aquí cabe un hipopótamo, pero si en el cartel pone azúcar, o rompes el embalaje o te lo crees.

-Sí. Ahí tienes razón –y siguió caminando.


Lo que Fausto no supo es que el ejemplo elegido decía <> cuando en su interior había, efectivamente, un hipopótamo. Muerto de sed y pudriéndose. No disecado.


-Mira, aquí están. Los encontré.


Él cierra la puerta de su curiosidad entre interrogantes sin resolver y se apresura a alcanzarla. A su lado, frente a unos pocos toneles intactos y los pedazos de otros, exclama:


-¡Vaya desastre!

-Sí, pero muy interesante.


Agachada, frota los dedos contra la pared interior de un trozo de tonel y con la punta de la lengua se chupa las yemas, en un gesto que Fausto observa y traduce como un sublime acto de erotismo. Deseó ser uno de esos dedos, el corazón, de más longitud que el resto, para penetrar hondamente en su boca hasta alcanzar el caliente arco de la garganta.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXIX (novela corta alargándose)



Pues si bien en la ruleta de la fortuna ella había perdido su última apuesta y caído en desgracia, como se dice, la educación porte conocimientos y forma de entender la vida con sus oportunidades seguían ahí. El poso de los años bajo la tutela del dinero no había desaparecido con el viento, y la persona creada y el carácter moldeado no se iban a esfumar por mucho que se vistiera de hombre. Uno es lo que se hizo con él en la infancia. Y no hay voluntad terapia tratamiento ni influencia que eso pueda borrar. Es el determinismo de la infancia, pensaba Fausto.


-De acuerdo, tengo curiosidad en esos toneles. A ver si hay más trigo especial rebozado.


Caminando por el laberinto de la carga, una miniciudad se extendía hasta la popa sin orden ni planificación aparente. Estrechos pasillos interrumpidos con los tirantes de cuerdas, desvíos, intersecciones y travesías sin salida. Todo sin rótulos de callejeros ni señalización a la vista. Así era fácil desorientarse visualmente, claro que el remolino de la hélice ofrecía una guía inconfundible al perdido con su chapoteo característico.

Muchas de las cajas apenas tenían un número pintado, algunas un rótulo y pocas una inscripción. Probablemente en griego. Ninguno de los dos podía comprender el significado de <> Tampoco importaba porque todo era mentira.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXVIII (novela corta alargándose)



-¿Y de qué murió?

-¿Quién? ¿Mi padre?

-Sí.

-Esto es lo mejor: enfisema pulmonar. Él, que no había fumado en su vida. Y la loca que se metía humo de opio como aire de playa, ahí sigue. Jodiendo la vida a todo el que se le acerca o tiene la mala suerte de cruzarse en su camino. A veces pienso que fue ella la que lo mató, con esos humos que los demás nos veíamos obligados a respirar.


Ambos quedan en silencio. Mirando el jugueteo de los delfines alejándose brincando. Arqueados como plátanos en marcha hacia el horizonte. El sol supera los treinta grados sobre la raya del mar, y la tripulación hace un buen rato que se ha marchado. Dejando lo salvado de la carga bien sujeto. A la espera del próximo enfado de mar, siempre violento de carácter.


-¿Damos una vuelta? -pregunta Fausto cada minuto más contrariado. La imagen que se había hecho de Charlotte como flautista callejera entonando cancioncillas estúpidas y durmiendo en aceras y portales nada tiene que ver con la realidad. Con los conocimientos musicales suficientes para acompañar a cualquier orquesta de cámara, la idea del titiritero con cascabeles en los pies y gorrilla floja con picos de arlequín es un insulto. Pero además, aquel ser en busca del anonimato absoluto, ocultando incluso el propio género, había nacido en cuna de oro. Hija de rico fabricante de calzado, con institutriz y profesorado exclusivos con educación sobresaliente para sobresalir con todas las necesidades cubiertas los lujos satisfechos el futuro despejado, no era precisamente el modelo de marginalidad que él tenía en mente.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 31 de diciembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXVII (novela corta, de momento)



-Ah… Ahora entiendo por qué no estabas asustada durante la tormenta.

-Claro. Ya las he vivido de pequeña. El día que la drogadicta vendió el barco lloré sin consuelo toda la noche.

-¿Y que decía tu madrastra?

-¡¿Eso!? ¡Que a ver para qué queríamos la balsa de madera! Estúpida ignorante. Un velero maravilloso al que subió sólo una vez en el atraque. Decía que le mareaba… El opio era lo que la tenía tonta, idiota por completo. Bueno, más de lo habitual. Pero ella se estaba metiendo todos mis recuerdos por la vena.

-Lo que no entiendo… Es igual, pregunto demasiado.

-No, no pregunta. No me importa. Dice que hablar cura, pero no termino yo de creerlo…

-Pues no entiendo que siendo tú su hija no heredases nada.

-Al final resultó que la estúpida no lo era tanto. Engañó a mi padre para rehacer el testamento a su favor. Yo me quedaba como usufructuaria de la mansión principal, pero ya se encargó bien ella de hacerme la vida imposible. Así que me largué. O el próximo día que me la encontrara tirada en el suelo en su charco de chute lo mismo era capaz de estrangularla.

-¿Lo harías?

-¿El qué?

-¡Ahogarla!

-No sé… Creo que sí. ¡La odiaba tanto! Hubiera sido para mí una liberación.


A Fausto se le iluminó el rostro. Y un gran peso que no le dejaba respirar se le quitó de encima: asesinato por salvación. Eso es lo que le había ocurrido a él. No tuvo opción como no la habría tenido ella de seguir en esa casa. ¡Su casa! Asesinato por salvación: nadie quedaba libre de perpetrar uno si aparecía la necesidad. Al final, el asesinato como tantos otros crímenes sólo era una cuestión de oportunidad.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

lunes, 2 de diciembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXVI (novela corta, de momento)



Fausto se miró las botas como si fuera la primera vez que las veía. Con ellas había recorrido largos paseos, y esperaba hacerlo en el futuro. Por ellas quizás salvó la vida en su fracaso de suicidio. Pero lo que no esperaba era que gracias a ellas tuviera compañía en aquel viaje de huída hacia el nuevo mundo que presumía en solitario.

-¡Pero tú no las llevas!

-No. Ya te he dicho que mi padre vendió la fábrica por culpa de la estúpida drogadicta. No son recuerdos agradables, pero… en otra persona… Es distinto.

-Ya entiendo.


Se hizo otra pausa reflexiva. Charlotte meditando sus recuerdos, Fausto construyendo la historia narrada. Encontró una laguna.


-Lo que no me ha quedado claro es por qué te vas.

-Simple. No soportaba ver cómo mi madrastra convertía en opio todo lo que mi padre había conseguido con el trabajo de su vida. Porque primero fueron las empresas, pero después las casas, el barco, los coches…

-¿También tenías un barco?

-Sí. Un velero precioso de doce metros que él regaló a mi madre por mi nacimiento. Por lo visto a ella le gustaban mucho. Hicimos largas travesías mi padre y yo, recordando los lugares en que ambos fondearon cuando yo era una niña.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXV (novela corta, de momento)



Fausto medita un momento la confesión. Luego pregunta:

-Y tu padre, ¿por qué no la despachó de casa? Hubiera sido lo mejor para todos.

-Menos para ella. Mi padre sabía que moriría en la calle si lo hacía. No tuvo valor para darle la espalda. Decía que para una vez que se la dio a mi madre la mataron. No soportaba ser culpable de otra muerte. Esto lo mataría a él.

-Vaya castigo.

-Sí, así fue. Un castigo. Con la estúpida mi padre encontró la penitencia que buscaba por la muerte de su primera esposa. Y se dejó arrastrar por la segunda. Humillar con la vergüenza de sus escándalos. Poco a poco se fueron acabando las fiestas, los actos sociales. Mi padre, que tantos amigos tuvo a todos los fue perdiendo. Nadie quería ver cómo la estúpida drogada le insultaba públicamente, diciéndole las mayores barbaridades. Al servicio también le insultaba, decía que se les notaba que habían nacido para obedecer; que no valían para otra cosa. Estos se fueron despidiendo uno tras otro. Mi padre los indemnizó generosamente, más por las vejaciones que por los derechos laborales. Daños psicológicos inaceptables, razonaba él sin que nadie le contrariase. Aprovecharon el momento y su debilidad para sacarle dinero.

Después descuidó sus negocios. Tanto que tuvo que vender la fábrica de calzado para pagar las deudas de sus otras empresas. Como la producción de tulipanes, que pasó de ser la segunda más rentable a la quiebra en menos de seis meses. Pero el rubí de su joyero siempre fue la empresa de calzado. Fuertes y robustas botas de monte. “Expertos en la protección de sus pies”, decía la publicidad.

-Pero…

-Sí. Bodysaver. Del tipo que usas. ¿O crees que no me he dado cuenta? Las identifiqué nada más verlas. ¡Cómo evitarlo si las he usado desde niña! En realidad, te perseguí desde la escala del barco por esas botas. No me pude resistir. Y al comprobar que viajabas solo me dije: ceci est mon partenaire. El destino lo ha puesto en mi camino por alguna razón.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXIV (novela corta, de momento)



-Un insulto.

-Sí, eso fue. Un grave insulto a sus convicciones. Aquel día, de la iglesia no fuimos a pasear ni al restaurante donde comíamos los domingos, sino a casa, todos castigados. Directamente y sin dirigirse la palabra. Yo los espiaba desde el asiento trasero del coche y mi padre me miraba por el retrovisor. A veces, creo que quiso pedirme perdón por hacerme vivir todo aquello pero… No sé. Las cosas son siempre complicadas. Lo cierto es que luego tuvieron una bronca monumental. De las que no se olvidan aunque se quiera. Esa fue la primera vez que el personal de servicio le oyó gritar. A él, tan discreto y reservado. Que siempre trataba a sus trabajadores con respeto y educación… Ninguno sabía dónde esconderse, la falta de costumbre supongo, pobrecitos. La cocinera me preparó algo y cada uno pasó la tarde en su habitación. Mi padre en la biblioteca, su rincón para pensar. Rodeado de libros, en una mecedora, con una pipa de coral en los labios. Apagada. Así era él, manso pero de firmes convicciones. Tolerante pero enérgico en la defensa de lo que creía correcto. La estúpida en su cuarto gimoteando, para que la oyeran todos. Yo en mi cama enterrada con mi aburrimiento y mi soledad. Y los criados a sus oficios. A lo largo de esa tarde sólo hubo ruido de puertas, hasta que llegó la noche. Creo que mi padre comprendió aquel día la magnitud de su error: que se había casado con una drogadicta. Que su sueño de resucitar a mi madre por el parecido físico de aquella histérica había sido la equivocación de su vida; pues a partir de entonces se fueron distanciando. Ella doblemente, ya que cuando no estaba colocada no sabía cómo comportarse. Así que para resolver la situación se volvía a colocar, pero un día tuvo un cuelgue brutal. Mi padre llamó al médico pensando que se moría. Creo que ese fue el primer día que ella dio el salto al opio, que el láudano ya no era suficiente. Y se pasó de dosis. Estuvo una semana sin poderse levantar. Incluso tuvieron que lavarle los vómitos con ella tumbada, sobre las sábanas llenas de orines y porquería. No se me olvida aquella imagen: la rubia preciosa rebozada en su propia merde…



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

domingo, 1 de diciembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXIII (novela corta, de momento)


-¿Y cómo fue que tu madrastra se enganchó?

-Porque era una estúpida. Bueno, era y es, que todavía vive.

-¿Oh sí? No sé por qué he creído que había muerto.

-¡No no! ¡La muy zorra! Sobrevivió a mi padre.

-¿También ha muerto tu padre?

-Oui. Hace poco más de un año. Y como pasa en estos casos, ella se convirtió en heredera universal.

-¿La herencia fue para ella?

-¡Toda! Cuando la última palada de tierra cubrió la tumba de mi padre, la miré a los ojos y supe que también era mi entierro. ¡Aquella zorra no soltó una lágrima! ¿Te lo puedes creer? Con la vida que le dio al pobre. Bueno, y a mí también por estar cerca.

-¿Pero cómo se enganchó al opio? Además de por estúpida, digo. El mundo está lleno de estúpidos que no se convierten en drogadictos, por desgracia. Los estúpidos sería mejor tenerlos embobados todo el día, para que no actuaran, y nadie los echaría en falta. 

-Tienes razón. En realidad, ella traía en el paquete sus vicios. Cuando mi padre la conoció ya tomaba láudano como si fuera té.

-¿Láudano? No sé qué es.

-Una bebida que lleva opio.

-Oh.

-A mi padre aquello no le gustaba nada. ¡Pero estaba tan loco por ella! Pobre. Todo se lo consentía. La primera vez que la vi colocarse con la bebida fue en la iglesia.

-¿En la iglesia? Pero…

-Sí, sí. Lo que oyes. Mi padre era muy religioso. Nos llevaba todos los domingos y fiestas de guardar. Ese discurso, ya sabes. Pero ella y yo nos aburríamos enormemente. Así que un buen día, para matar el tiempo, sacó su petaca del bolso y se la metió entera. De un trago como si fuera agua. Agua de té. Claro que su láudano no era un láudano cualquiera, del que hay en farmacias. Un amigo sospechoso se lo conseguía en el mercado negro. Adulterado y más potente. Por lo menos estábamos en la última fila, y sólo mi padre y yo nos enteramos. Pero él se enfadó muchísimo por aquella falta de respeto.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXII (novela corta, de momento)



-¿Has visto?

-¡Sí! ¿Qué son? ¿Delfines?

-No lo sé. Puede… A los delfines los distingue todo el mundo, así que eso serán.


Entretanto, la tripulación seguía amarrando y ajustando y reparando los desperfectos provocados por la tormenta. Reapilados los toneles, apenas quedó media docena de los diecinueve iniciales. A pesar del sensible contenido, no parecían mostrar mayor inquietud por la pérdida que un obvia preocupación ante el desastre. Al menos, el resto de las cajas seguía intacto, salvo donde un tonel había impactado. Por el boquete se podía registrar el cargamento: granadas de mano embaladas entre paja, ahora mojada. Un operario lo reparó claveteando unas tablas sobre aquel. Disimulando con su avistamiento de delfines, Charlotte y Fausto fueron testigos de todo el proceso.


-¿Tú crees que vamos en un barco cargado con droga?

-No tengo ni idea. Pero podría. Sería mucha casualidad habernos tropezado con los únicos restos.

-Mucha, sí. Por los trozos de madera que hay amontonados creo que está en los barriles.

-Sí, podría ser. Sacrebleu!

-¿Qué?

-Nada. Maldita droga. Pero creo que tienes razón, la única torre que se ha venido abajo ha sido esa que dices. Alguien se va a enfadar mucho cuando se entere.

-El mar se ha tragado su dinero. Y los peces se han colocado.

-Una fortuna, probablemente. 

Se dejan cautivar por la vista clara y luminosa de un mar en siesta cubierto con la sábana del sol. Al rato, Fausto interrumpe la paz del momento con una pregunta incómoda. Carraspea, es su forma de advertir la transición.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

viernes, 29 de noviembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXI (novela corta, de momento)



-Oh, tuvo que ser terrible.

-Y tanto. Por lo visto no la levantaron del suelo, la barrieron. Quedó tan hecha pedazos que recogieron su cuerpo con una pala. Se la llevaron en una bolsa como despojos de carnicería.

-Brutal.

-Gracias por tu sinceridad. Es la primera vez que alguien no me acompaña a un sentimiento que no tengo. Lo describo como fue: brutal, sí.

-Y tu padre conoció a la yonqui.

-Sí. Años más tarde, cuando pudo salir de su depresión post traumática. Aunque nunca más volvió a Zúrich. A la estúpida la conoció en París. Yo tendría once años. Y también estábamos de visita, ya ves qué casualidades tiene esto. Caminábamos por la acera cuando una rubia exuberante metida en el tubo de una falda trabó un tacón entre dos baldosas y se fue al suelo. Justo delante de nuestras narices. Mi padre se apresuró a socorrerla y… Creo que se enamoró de ella en ese instante. Pobre… Lo cierto es que la mujer se parecía un poco a mi madre, y no sé si fue por eso o porque el accidente le recordó al suceso del tranvía, donde a mi padre le fue imposible rescatar a su esposa, que él tal vez en su subconsciente estaba reparando aquel episodio tan trágico. Esta mujer cayó delante, mi madre murió detrás de nosotros, como si le hubiéramos dado la espalda… Creo que mi padre sentía una gran culpabilidad. Sin relacionarse con otras mujeres hasta que apareció la rubia del tacón roto. He pensado muchas veces en aquel encuentro, a mi padre se le iluminaron los ojos como farolas. Pobrecito… Si hubiera sabido lo que le venía encima… Habríamos dado la vuelta y echado a correr en el mismo momento, porque desde que la conoció… Merde!, nuestra vida se fue por el desagüe. Y ya no salimos.



Ella se queda pensativa, observando las siluetas saltarinas de grandes peces que repentinamente surgieron a media distancia.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

CLINIC



CLINIC


¡Reparamos dientes!

Para una amplia sonrisa que te despreocupe del mundo.


¡Reconstruimos muelas!

Para triturar sin esfuerzo tropezones inesperados varios.


¡Arreglamos colmillos!

Recortamos los largos enderezamos los que hay retorcidos:

preocupaciones tropezones todo lo que donde no debía aparece.


¡Recomponemos rostros!

Ven si te han partido la cara que nosotros te la pegamos.

Si está lívida de un susto acartonada por los años dividida por los desengaños.

Descompuesta con los accidentes; por estar donde no hay que estar.

Qué es vivir sino un gran choque frontal.

Contra todo, todos y demás elementos. Ya se sabe:

¡hay cada elemento!


En la mesa de acero y blanco y verde, abrimos costillas como se abren regalos:

exponiendo lo mejor de su interior qué va a ser sino el corazón.

Late late en mi mano hazme llorar de emoción.

No temas nos colamos dentro de ti y lo mismo que entramos salimos.

Sin dejar ningún rastro, no vas a notar el cambio. Si acaso,

será la transformación a mejor.


¿Hemos llegado a tu corazón? Déjanos ver tu alma.

En la cabina contigua diagnosticamos por radio cuánto, en ella,

te queda de blanco.

Qué está,

por las preocupaciones los tropezones inesperados varios los elementos,

manchado de negro.


Si quieres un blanqueo total,

de dientes como de cuerpo y mente,

basta con preguntarlo: en consecuencia actuamos prestos.

Ahora, sí notarás el cambio.


Y no olvides a la salida abonarlo, que aquí estamos trabajando.

Gente profesional, seria y competente. ¡Qué tú crees!


Toma del recibidor una tarjeta,

y no dudes en contarlo.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

OMISIONES RAZONABLES

OMISIONES RAZONABLES





Lamentan los amigos ir perdiendo la memoria:

lagunas mares océanos de olvido

que los succionan a un fondo de oscuridad y extravío.



Duele no recordar lo vivido:

los años que pasaron juntos solos o en compañía de nadie.

Heridas que todavía sangran dolores que no pasan ilusiones que no se alcanzan.



Pesadilla y decepción. Pocas veces, alguna grata emoción.



Se quejan de lo que han perdido yo justo por lo contrario:

¿Llegará ese día en que pueda ganar olvido?



Para lo que se ha de recordar, mejor es darlo por visto.



Y oído.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

sábado, 23 de noviembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXX (novela corta, de momento)



-Sí. Uhm… Charles no es tu verdadero nombre. Supongo.

-Por supuesto que no. Tan falso como todo lo que aparento. Me llamo Charlotte.

-Charlotte… Me gusta… En realidad… Es porque tuve una novia que se llamaba así.

-¿Tuviste? ¿Qué pasó, se acabó el amor?

-Lo inesperado. Se suicidó.

-Ah, lo siento.

-No, no. No pasa nada. Ya está casi olvidado. Has sido tú, que al llamarte igual… Me la has recordado. Nada importante…

-Lo siento igualmente.

-Oye, dime una cosa… ¿Puedo hacerte una pregunta?

-Inténtalo.

-El asunto es… ¿Cómo estabas tan segura de que era opio?

-Preferiría que te dirigieras a mí como a un hombre.

-Ah, perdón. Es que me resulta muy difícil sabiendo que debajo de esas ropas anchas hay una mujer.

-Claro, pero… Compréndelo…

-Sí, sí. Tienes razón.

-Gracias. Por la novia de mi padre.

-¿Cómo?

-El opio. Esa zorra estúpida se enganchó.

-La novia no sería tu madre, supongo.

-No, no. A mi madre no la recuerdo. Murió siendo yo una niña.

-Oh.

-Sí, cosas que pasan. Aunque lo que pasó fue un tranvía por encima. En Zúrich, estábamos de visita según contaba mi padre. Y esos malditos trenes silenciosos… No se les oye acercarse. Acabábamos de salir de una tienda, ella olvidó el paraguas y al volverse repentinamente para recogerlo… El maquinista no pudo evitarla. Yo creo que ni la vio. Tan rápido…



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXIX (novela corta, de momento)



-¿Para qué protegen el grano? ¿De la humedad?

-¡Ja, ja! Mon dieu, no me hagas reír! ¿Humedad? ¿El trigo? Estos granos tan sólo son el vehículo. Lo transportado es polvo de opio.

-¿Cómo que opio? ¿Pero qué dices? ¿Por qué lo sabes? ¿No te estarás equivocando?


-Ε, εσείς! Τι κάνετε εκεί;

Gritos de un marinero griego les advierten de que su presencia no es bienvenida.

-Ya ves que no. Vámonos de aquí, a ese no le gustamos.

Abandonan el escenario de pruebas, paseando se acercan a los candeleros. Ocho metros por debajo un apacible e inmenso azul se extiende plano como una tabla hasta donde alcanza la vista. Apenas roto por la punta Trawler del barco que deja a ambos lados una tímida estela, progresivamente absorbida por el mar según aumenta la distancia.


-Nadie diría que esto anoche era un infierno, ¿verdad?

-Nadie.

-¿Qué tal tu pie? No te veo cojear.

-Mejor. Con todo seco…




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXVIII (novela corta, de momento)



-Eso, camarotes. El primero es del capitán…

-¿Cómo lo sabes?

-Míralo. Está escrito en la puerta.

-Ah, mon dieu, no entiendo bien ese idioma.

-Si él duerme solo y hay dos personas por camarote, son trece individuos. Ayer cuando subimos al barco había por aquí cinco, así que me falta por identificar a otros cuatro.

-Mon dieu! Eres un detective.

-La cámara, que te entrena para observar.

-Ya lo veo. ¿Y si salimos a que nos dé el aire? Tengo que quitarme este olor a vómito.

-Bien. Vamos por atrás. Quiero seguir investigando.

En el exterior del castillo, justo al lado de los peldaños que descendían al plano de carga donde se amontonaba la mercancía, restos del contenido que el tonel empotrado había vertido: granos de trigo recubiertos de una sustancia marrón. A Charles le llamaron la atención y recogiendo algunos se los llevó a la boca.

-¿Qué haces? ¿Te puedes envenenar?

-Eurêka! Lo sospechaba.

-¿Sospechar, el qué?

-Envenenarme podría ser, depende de con qué merde hayan mezclado esto, pero antes agarraría un buen défonce.

-¿Qué?

-Droga. Este polvillo… mira. Es opio.


Charles deshizo unos granos en la palma de Fausto y una harina ocre humedecida le impregnó la piel. Efectivamente, lo contenido bajo la cubierta artificial era trigo.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXVII (novela corta, de momento)



Claro que sólo con la observación era difícil calibrar las verdaderas intenciones de cada viajero. Sus motivaciones para embarcar en una nave tan incómoda en un viaje tan largo con tan poco que hacer salvo vigilar cómo vigilan los demás: posibles enemigos en la adversidad y seguros competidores en la escasez. Terminado el desayuno del proletariado ambos abandonaron la cantina antes que nadie, aunque seguidos muy de cerca por la mayoría pues excepto tres griegos que se anclaron a la barra con su botella de Ouzo todos huyeron para no soportar el amargo llanto de un niño al que la madre no parecía encontrar la clave para su consuelo. A la salida, el espacio diáfano anterior al puente de mando ocupado ahora por cuatro tripulantes recordó a Fausto el lugar donde se produjo el avistamiento: la misteriosa niña de la pasada noche. Ningún objeto o equipo del barco había que pudiera semejarse remotamente al cuerpo de una pequeña.


-Estaba aquí.

-¿Lo qué?

-La niña de esta noche. No tengo dudas, era aquí.

-¿Y ya sabes quién es?

-Pues ese es el problema. Hay tres chicos, dos chicas y un bebé. Las chicas son más pequeñas y el chico de su tamaño usa gafas gruesas. Con el pelo rapado al cero no se parece en nada.

-Por los piojos.

-Seguramente, pero no ha podido ser él. La niña que yo vi tenía dos coletas y nada de gafas. Vestía con una bata, parecida a las de colegio, y unas botas de campo. Con caña larga como las mías. Creo que le quedaban grandes.

-Quizás fuera la hija de algún marinero.

-Puede. Es lo que me falta por averiguar. A cuatro los tenemos ahí, con el timón. También hay varios por la zona de carga. No sé… Son siete dormitorios.


-Camarotes.




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PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXVI (novela corta, de momento)



El banco se quedara con la casa la familia con los niños y ellos con la emigración forzosa. Tal vez ocurrió así y fueran dignos de lástima y compasión. O simplemente eran un par de gañanes sin cerebro que por su mala cabeza la cagaron de tal forma que ahora estaban obligados a escapar de los acreedores.

Como los cinco amigos italianos, idóneos ejemplares de sospechosos habituales. Barba de varios días ropa ligera calzado para salir corriendo conversación a media voz manos en los bolsillos en todos una navaja vista de águila con dominio de la situación oído de murciélago para saber qué se cuenta por ahí: soplos de apuestas combates amañados barcos con contrabando de güisqui y tabaco bancos con directores poco valientes más una familia que perder. Y el trío de ases que todo gánster debe guardar en la bocamanga: policías sobornables jueces con vicios caros políticos de aficiones prohibidas; con ellos comiendo del mismo cajón no habrá actividad ilícita que se doblegue. Unidos ahora los amigos por el vínculo del lenguaje y un pasado en las trincheras defendiendo a un eje demasiado delgado para no quebrarse con los violentos giros del mundo.

Párrafo aparte merecían dos españolas a medio camino entre madre e hija o lesbiana macho con su lesbiana hembra celosas de una tercera que superada la fase acomodación se gritaban como locas y trataban como fieras. La madre o lesbiana macho iba rapada al dos. La hija o lesbiana hembra morena y despeinada como un pollo mojado. Competidoras ambas en la obesidad ganaba por medio cuerpo la madre lesbiana macho. Elefantes marinos, elefantas para este caso y nunca más procedente el ejemplo pues se las podía abandonar en cualquier colonia con estos animales que nadie notaría la intromisión. Salvo algún elefante marino macho auténtico que al olfatearlas concluyera que aquellas cosas no valía la pena hincarles el colmillo; menos aún una pelea. Para esto ya se bastaban ellas: que si pásame el pan que no me da la gana so gorda que te tiro el café con leche por contestona y yo a ti la mantequilla para que te cubras las arrugas de vieja. Aficionada probablemente a las cortezas de cerdo el pan con manteca la nata de leche hervida, prometían entretenimiento y vergüenza ajena por igual.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXV (novela corta, de momento)



Él se queda pensando en aquella revelación. Mirándola a los ojos con disimulo. Desentrañando qué había ocurrido en su vida para que estuviera metida en su misma situación. Tendría que revisar sus conceptos acerca de esa flautista que le acompañaba: la imagen de una mendicante en la calle sin otro porvenir que la indigencia se desvanecía. No se veían muchos pianistas tocando en las aceras a cambio de la voluntad. Si su amiga había superado la infinita y tediosa carrera de piano significaba varias cosas: había comenzado muy joven, tal vez con cinco o seis años. Era una persona tenaz, constante. Trabajadora. Y seguramente culta, pues nunca conoció a un pianista ignorante. De estas reflexiones a su vez surgían nuevas preguntas. ¿Quién o quienes le inculcaron el interés por la música a una edad en que los niños no quieren otra cosa que jugar? Había ahí unos autores responsables. Entregados a la educación humanística de sus hijos. Charles era una compañía intrigante: mujer disfrazada de hombre, pianista con apariencia de pidelimosnas. ¿Qué otras sorpresas escondían esas ropas de carbonero sin trabajo?



Por lo demás, poco que destacar. Acaso la persistente mirada del niño de una familia de checos, y la rudeza con que una polaca trataba a quien debía ser su marido porque, ¿quién si no iba a soportar humillaciones semejantes? Aparentaba unos escasos cincuenta, pero vete a saber la edad real pues era claro que ambos habían trabajado duro. En el campo tal vez, con unas manos toscas como patatas y las uñas a ras de unos dedos amorcillados. Extremos de unos brazos recios que han soportado la fatiga de la azada o cargar pacas de heno a la carreta. Tal vez se hubieran reventado en una granja para sacar adelante a sus seis hijos vivos, los gemelos murieron con pocos meses de una extraña enfermedad mejor para todos dos vidas menos para sufrir dos bocas menos que alimentar, y una mala cosecha por culpa de la persistente lluvia que pudrió las raíces de las plantas les dejara en la ruina.




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PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXIV (novela corta, de momento)



El desayuno fue modesto: pan mantequilla aguado café con leche. Sin grano de azúcar, el precio del azúcar se había disparado a causa de los especuladores. Nada nuevo salvo el derivado elegido. También en el café había más achicoria que café pero en alta mar cualquier producto que no fuera agua salada ya era un lujo. Además, no se podía esperar grandes derroches dado el reducido precio del billete.

-Extraña selección musical.

-La Cabalgata de las Valkirias. A mí me gusta. Es tan épica. Y con ese fondo musical te dan ganas de conquistar el mundo.

-Visto así… parece apropiada. Quizás un homenaje del camarero a los viajeros. Une especie de A La Carga, o similar.

-Podría ser. Lo preocupante hubiera sido una marcha fúnebre de Chopin, por ejemplo. Yo diría que es malayo. ¿No crees?

-¿El camarero? No sé… si nosotros somos variopintos la tripulación nos supera. Aquí viajamos todas las razas y un buen puñado de nacionalidades. En caso de emergencia podría resultar un problema, no nos vamos a entender.

-Tienes razón. Escucha, escucha. Ahora entra mi parte favorita.

-Salvo excepciones, como ésta, a mí la clásica no me emociona. Peor aún: me aburre. Pero se ve que tú entiendes.

-Hice la carrera de piano. Eso forma bastante, sí.


A Fausto casi se le atraganta la rebanada.


-¿Piano? ¿Pero no tocabas la flauta?

-Claro. Como instrumento de consolación. Imaginarás que un piano no cabe en la maleta.



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viernes, 15 de noviembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXIII (novela corta, de momento)


-¿Me enseñarás?

Se gana el afecto de Charles, quien enroscando los brazos en torno al cuerpo de Fausto responde con dulzura: 


-Me encantaría. 

Y le besó el cuello al abrigo de la oscuridad en aquella noche terrible. 
Al amanecer, una campana en fa mayor seccionó como una navaja de afeitar la cortina del sueño en todo el pasaje. O como un martillo pilón machaca una nuez, según los casos y el despertar del durmiente. Pasada la tormenta vino lo que suele: calma. Una calma flácida y amodorrante que junto al ronroneo del motor y el suave mecer del barco, durmió a unos viajeros asustados y agotados de tanto luchar contra la inercia. Empeñada como ocurre en estos casos en estamparlos contra las paredes igual que sellos. De hecho, más de uno se rindió a la evidencia de que es inútil pelear contra gigante semejante. Siendo más cabal recostarse en el suelo e intentar rodar lo menos posible. Pero terminada aquella inaugural y aciaga noche, dolores de cabeza malestar vómitos aparte, cada cual se recompuso con la mayor dignidad posible. 

A plena luz, Fausto y Charles casi no reconocían la cantina donde apenas unas horas antes reinaba el caos. El camarero, o quien fuese, había hecho un gran trabajo de limpieza y recogida. No hay que decir que ambos guardaron en secreto su aventura nocturna, no fueran aquellos bárbaros a agradecérselo despellejándolos. Y descuartizados servirlos con doble ración de patatas para la cena.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXII (novela corta, de momento)



Si bien, tenía muy presente que a las conocidas le seguía una octava no declarada pero más importante: el arte de hacer dinero con cualquiera de las otras siete. Salvo ésta, que se le antojaba la más abstracta e ingobernable, estaba dispuesto a probarlas todas.

-Yo hago música.
-¿Haces? ¿En serio? Eso sí que no lo esperaba. Creí que la música se tocaba. O componía. 
-¡Ya me has entendido! 
Responde molesta por esa mezcla de sarcasmo e incredulidad. Él capta el mensaje, trata de arreglarlo apretándola contra su pecho. 
-¿Qué instrumento?
Luego de una pausa con un par de grandes olas responde: 
-Toco la flauta. 
-Ahhh, qué interesante…

Fingió. La primera imagen que le vino a la cabeza era la de un músico callejero, flautista por resignación cuyo único legado vivo de la escuela habían sido esas inútiles prácticas de flauta y que tras una adolescencia revolucionaria había caído en el infierno de los excluidos sociales. Acompañándose de un perro para mejor llevar su irreversible soledad, suplicando unas monedas a cambio de un par de melodías mal entonadas. Pero con frecuencia recibiendo el desprecio de los transeúntes, cuando no los insultos de nuevos jóvenes revolucionarios pro fascismo, o las hostias de la policía pro sistema: otra forma de fascismo represivo y excluyente. Sintió lástima por ella, era la constatación de que siempre hay alguien peor que uno mismo. En ocasiones, mucho peor. Volvió a apretarla contra su pecho:





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PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXI (novela corta, de momento)



-Te sangran las manos, ¿qué te ha pasado?

-Un accidente doméstico. Soy un torpe, nada importante.

-Seguro que te has cortado abriendo una lata. Típico de hombre que se mete en cocina. –Sin pretenderlo, ella le proporciona la mejor explicación a sus cortes con las conchas de mejillón y la roca.
-Tienes razón. Era una lata de mejillones. 
Ambos se quedaron pensativos largo tiempo. Escuchando los aullidos de la tormenta, los rugidos del mar hecho una fiera rabiosa y desbocada. Pero también agrias conversaciones de otros pasajeros. Protestando seguramente por las duras condiciones del carguero, no preparado para largos viajes con personas y este había comenzado de la peor forma imaginable. Al rato, en una tregua no de calma sino de menor zozobra, ella preguntó: 

-¿Por qué has grabado antes? ¿Haces películas? ¿Vives del cine?

-Me voy defendiendo.
Esta fue la respuesta más ambigua que encontró. No podía contarle la verdad: que vivía de los muertos, del dinero obtenido por las muertes en su familia. Que no sabiendo cómo salir adelante intentó algunos proyectos pero no funcionaron. Y que eso del cine no sabía si podía ser una profesión o una evasión. Tal vez ambos, a veces lo único que diferencia una profesión del mero entretenimiento es que alguien pague por ello. Y que es entonces cuando ese mero pasatiempo deja de serlo ante los ojos de los demás para convertirse en una actividad propia de adultos responsables, lejos de la chiquillería de artista: inmaduro, vago y desorientado por definición. No podía decirle que pretendía vivir del arte casi en cualquiera de sus siete manifestaciones, y no de un trabajo decente.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

miércoles, 23 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXX (novela corta, de momento)



Quedándose enclavado entre los barrotes donde estaban amarrados doce chalecos salvavidas; para este caso salvagolpes. Ni siquiera alcanzaban a toda la tripulación, por lo que si se daba la necesidad habría que pelear por hacerse con uno: matarse para acabar en el mar, donde seguramente morir de frío o ahogado. Cosas.

El resto de toneles, unos acabaron en el mar, otro milagrosamente atrapado entre los pasillos de la carga, donde contra una de las cajas un fuerte golpe lo había encarcelado. Pero la mayoría se hizo pedazos, esparciendo su contenido por cubierta que rápidamente se llevó la espuma de mar. Un misterioso granulado cuya cobertura blanquecina se disolvía fácilmente en el agua salada. Debajo de esa envoltura lechosa, efectivamente el duro grano era de trigo.

Charles se frotó el nuevo chichón de la cabeza.

-¿Te has hecho daño? 
-¡Sí! Merde! Cést plus trop!
-¿Qué? No te entiendo. 
-¡Nada, que vaya mierda de noche!
-Debes agarrarte fuerte, ¡como yo!
-¡Ya lo hago! Pero me canso. ¡Sujétame, tú pareces estar más fuerte! ¿No te duelen los brazos?
-Sí, pero me aguanto. ¡No quiero salir volando! ¡Tengo una idea! Déjame probar. 

Trabó su bota Bodysaver en un amarre de la pared y apoyó la espalda contra un asidero. Con la mano derecha aferrada a otro y la izquierda libre, le dijo a Charles:


-Ven. Recuéstate aquí, conmigo.


Ella accedió, refugiándose en su pecho caliente. Percibiendo su olor, notando en el rostro el corazón agitado. La compostura era más la de dos enamorados que de un par de jóvenes solitarios, lo que levantó las suspicacias y murmuraciones de los inmediatos compañeros de posición. A los ojos del resto no eran sino dos jodidos y descarados maricones más. A los suyos, un hombre y una mujer desconocidos obligados por las circunstancias a apoyarse y empujados por la necesidad a socorrerse. Aquella era la unión en la fragilidad.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXIX (novela corta, de momento)



-Entonces… ¿Tú por qué razón estás aquí? Quiero decir, ¿por qué sola?
-Mon dieu, ¿y tú? ¿También vas solo, no? He estado observándote desde que subíamos la pasarela, iba un poco más atrás. Y no te vi hablar con nadie ni despedirte. Nadie en su vida, pensé. Así que me dije, otro fugitivo. 
-¿Fugitivo, por qué? –temió ser descubierto. En realidad, sí lo era.
-Aquí somos todos unos huidos. Algunos vamos solos y otros cargan con toda la familia. Esto es un éxodo organizado previo pago del billete. 
-Tienes razón. –Los temores de que alguien conociera la verdadera razón de su viaje se disiparon.- Parece que todos estuviéramos escapando. No hay más que ver las ropas, los petates que lleva la gente. Equipo de refugiados. 
-Así es. Al asalto del primer barco que abandone el país. 
-¡Y el continente!
-Cierto. Mejor cuanto más lejos. ¡Ay!
Un golpe brusco de mar embistió el carguero por estribor, escorándolo peligrosamente en sentido contrario. Algunas mujeres del pasaje gritaban, junto a los niños y también hombres. En cubierta, el amarre de los toneles cedió y éstos comenzaron a rodar como bolas de billar, impactando y rebotando con el resto de la carga que malamente resistía el castigo de las olas, y ahora el de los diecinueve toneles descontrolados. Impulsado por el agua uno fue a empotrarse contra la pared exterior del refugio, lado de popa.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXVIII (novela corta, de momento)



Charles terminó la mudanza entre vaivenes y algún coscorrón. Fausto recogió todo en silencio, cediéndole su rincón sin dejar de pensar en la compañía, en su nueva compañía. Ésta, limpió el pie herido con los calcetines húmedos y lo dejó secar al aire, para que cesara de sangrar. Fausto aprovechaba los momentos fugaces de luz para estudiar a su compañero. Los pies, las manos, el cabello cubriéndole parcialmente el rostro, la voz… La extraña aguda voz, incómoda en un hombre dulce en una mujer; ahora todo tenía sentido, y se tornó hermosa. El patito feo vestido de haragán era un cisne que guardaba celosamente su identidad.


-Pero… Tú…
-Mon dieu! ¡Pues claro! Estando tan cerca… ¡Creí que ya te habías dado cuenta!
Fausto se sintió como un imbécil: ¡Cómo no se había dado cuenta, por supuesto que tenía razón! ¡Tan cerca y tan ciego!
-¿Y por qué vas vestido, bueno, vestida, de hombre? 
-Shh, mejor déjalo en vestido. No quiero que ninguno de estos imbéciles se fije en mí o de que viajo solo. O no me dejarán en paz. 
-Ya entiendo... Mejor así. 
-Pues claro. Cuanto menos sepan más tranquilo estaré. 
Sabiendo ya que era una mujer, a Fausto le resultaba contradictorio que se dirigiera a sí misma como hombre. Incluso a él ya no le encajaba en su estructura mental seguir dándole tratamiento de hombre. Un desajuste en pugna con su deseo. Una mujer, con diferentes grados, podría ser un estímulo sexual incuestionable. En sentido contrario, un hombre sólo despertaba repugnancia, sexualmente un rechazo insuperable. Y aquella nueva persona, la mujer de rasgos agradables cuerpo delgado pechos pequeños voz de muchacha, podía llegar a interesarle. Esos mismos rasgos cuerpo pechos y voz en el hombre que fingía ser, chirriaban en su lógica mental de una forma que podría llegar a odiarle.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXVII (novela corta, de momento)



Comenzó por descalzarse. El calcetín izquierdo empapado en agua y algo de sangre. Un pequeño corte de apenas un centímetro de largo por medio de profundidad en una carne reblandecida y arrugada por la humedad sangraba lentamente. Helado de frío, era más urgente quitar esas ropas mojadas y dejar las reparaciones para más tarde. Pantalones, chaqueta; ropas gruesas y excesivamente holgadas para su complexión: no era un muchacho fuerte pero Fausto creyó que quería pasar por ello. O que las ropas eran prestadas, tal vez de origen humilde, por su hermano mayor. Todo le quedaba grande o muy grande.

De la maleta extrajo otro pantalón de corte similar. Sentado en el suelo se coló por él cual conejo en madriguera: escurridizo y veloz. Fausto se preguntaba a qué obedecía tanto recato, después de todo los pasajeros bastante tenían con su propia integridad física y él no le estaba espiando precisamente. No eran los hombres objeto de su interés, además, entre relámpagos casi no veía ni la punta de su mano. Pero cuando el muchacho se guitó la gorra, una melena lisa de color oscuro cayó cubriéndole los hombros. Ahora, su imagen cambió completamente a los ojos de Fausto, y la silueta reapareció en la de otra persona. Comprendió qué ocurría.
Al desprenderse de la camisa, un destello inoportuno iluminó el barco por un segundo. Un segundo traidor inesperado delator. Un segundo que reveló un secreto que Fausto acababa de descubrir: Charles tenía pechos. Puede que la luz no fuera suficiente para casi nada, pero a él le bastó para identificar claramente que aquellos bultos con forma de manzana tamaño pequeño, no eran fruta. Eran dos tetas con sus pezones erizados de frío y también arrugados de humedad. <<¡Dos tetas!>> -se dijo sorprendido. Suerte que el relámpago fue breve, porque si Charles le hubiera visto su cara de asombro, Fausto habría sentido más vergüenza que aquel siendo descubierto. 

© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXVI (novela corta, de momento)



Tanto se había acurrucado el muchacho contra Fausto que éste sentía la humedad de su ropa.
-Deberías cambiarte. Vas a agarrar una pulmonía. ¿Qué tal ese pie, ya no te duele?
-¡Claro que me duele! Merde! Pero si me suelto voy a rodar por el suelo, y no me apetece. 
-Yo te sujeto, no te preocupes. Pero has de cambiarte.


Charles se hace el remolón.


-¿Qué ocurre, no me dirás que te da vergüenza? ¡Con esta oscuridad casi no te veo ni yo!
-Pues por eso, tú me vas a ver…
-¿Y?... Mira, ya sé. Tengo este abrigo. Cúbrete con él ya está. 
-Ahh, qué frío… 
-Enfermarás si no me haces caso. Y aquí estos salvajes son capaces de arrojarte al mar. No creo que haya medicinas para nosotros. Y mucho menos un médico. 
-Tienes razón. Déjame tu sitio, tú aquí afuera haz con el abrigo una cortina y yo me escondo contra la pared. Ahhh, qué frío.

Seguí el carguero vibrando como gelatina y en el pasaje, flasheado por la luz de los relámpagos, se podían ver las caras de susto y preocupación. De miedo. Agarrándose unos a otros, a los bancos, a lo que fuera con tal de no salir despedidos contra la celosía del albergue y acabar en cubierta, o en el mar. La situación era grave para los no acostumbrados a viajes transoceánicos. Sólo algún niño, y algún adulto con experiencia o embriaguez, podía dormir. Fausto formó un cambiador de circunstancias colocando el abrigo entre las dos paredes del rincón. En apenas un metro cuadrado, el muchacho agazapado tenía algo de intimidad. En ausencia de relámpagos y con la dura noche de tormenta, total. 



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

lunes, 21 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXV (relato alargándose)



-¿Tú lo has visto?

-¿El qué?

-Un niño, o niña no sé. Estaba aquí, justo delante de esta puerta.

-Yo no he visto nada, ¿podemos continuar? Me duele el pie y vamos a ir al suelo otra vez si seguimos dando vueltas.

-¡Pero había un niño! ¡Lo he visto! ¿Cómo has podido no darte cuenta?

-Porque igual no había nada. ¡O habrá vuelto con su madre! Mon dieu, me estoy helando de frío y necesito mirarme este pie!

-Pues yo…

-¡Sigue! Nos va a tirar una de estas arremetidas del mar, y entonces sí que vamos a despertar a todo el mundo.

Unos cuantos pisotones alguna protesta en varios idiomas y muchas disculpas después ambos estaban de nuevo en su rincón. Caja metálica y cámara a salvo en su petate, a salvo ellos también de caídas y golpes, recostados entre las dos paredes, agarrándose a unos asideros para los que Fausto en un principio desconocía su función. Ahora estaban siendo sumamente útiles, pues con el balanceo del barco ya hubieran rodado por el suelo al igual que más de un pasajero. El extra de luz ocasional aportado por relámpagos permitía hacerse una idea de la situación: cuerpos agarrados a los bancos, a otros cuerpos, tirados en el suelo; sentados amontonados en grupos en parejas. Todas las combinaciones eran admitidas si con ello dejaban de embestirse unos a otros. Solidaridad impuesta y necesaria producto tan solo de la vulnerabilidad. Probablemente, cuando el drama de la tormenta fuera historia, cada cual retornara a su individualidad e indiferencia. Si bien, esto era sólo una teoría.






© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXIV (relato alargándose)



Cuando la enorme ola cruzó el eje transversal del barco, se hundió la proa con la misma fuerza que había ascendido, retirando el agua sobre Charles e impulsándola en sentido contrario. Éste rodó por el suelo como un muñeco hasta las piernas de Fausto, donde cual águila clavó sus garras en las botas Bodysaver.


-¡Esto se está poniendo feo, deberíamos volver!

-Merde! Ayúdame!


La cámara colgando por la correa del cuello; asido a la barra con un brazo del otro tiró de Charles y quedaron ambos en pie. Observando el oleaje interior: de juguete pero problemático, arrastrando de aquí para allá pequeños objetos que golpeaban en todas direcciones como cantos arrastrados por el río; chocando con muebles, paredes, ellos mismos. Uno de esos objetos encalló en los pies de Fausto, contra su impermeable bota Bodysaver empapada de agua. Tan llamativamente brillante a la luz de los relámpagos que sintió curiosidad, rescatándolo de su particular naufragio. Una caja metálica de algo más de un palmo de largo por unos diez dedos de anchura y cinco de alto. Lo cazó bajo la axila y propuso: <> <>

Con un brazo portaba caja y cámara, con el otro se agarraba a las mesas para avanzar sin caerse. Charles, más libre de manos pero cojeando y empapado, le siguió malamente hasta alcanzar la puerta. Al abrirla, parte del agua contenida salió al pasillo, corriendo veloz por el suelo de madera hasta desaparecer en una película imperceptible al ojo humano; aunque resbaladiza al pie. Abandonaron la cantina. Abundantes rayos iluminaban el camino de vuelta. Enfilaron el pasillo y a la altura del camarote seis Fausto creyó ver una silueta cazada por el destello de un relámpago. Una sombra pequeña, quizás un niño del pasaje que se había despertado por la tormenta, salió el albergue. Puede que perdido o asustado. Cuando llegaron al camarote seis allí no había nadie.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXIII (relato alargándose)



Todas las mesas, sillas y cualquier pieza de mobiliario estaban atornilladas al suelo. Agarrándose a ellas cruzaron el comedor. Tras la barra de servir al público, en un rincón el ojo dando golpes. Una pequeña circunferencia de cristal y latón de treinta y cinco centímetros que junto a otra media docena situadas en la parte alta de la pared se abrían para ventilación cuando el clima lo permitía. Alguien debió cerrarla mal, o simplemente olvidó hacerlo. Agua de lluvia y mar había entrado por la oquedad, e iba y venía por el suelo en un ensayo de minioleaje siguiendo la danza del barco. Por debajo de la ventana una mesa anclada a la pared daba servicio al camarero. En el suelo, entre mesa y barra, cristales rotos. De algún vaso o botella, no se distinguía bien. Únicamente el ruido de éstos al pisarlos y quebrarse.


-Ten cuidado.

- Je sais, je sais. Mon dieu, c'est une catastrophe! ¡Ayúdame!


Charles se impulsó en el hombro de Fausto para subir a la mesa de un salto, pero justo cuando otra ola bañó ese costado del barco. Por la ventana entró una buena cantidad de agua que le empapó la ropa. Fausto de un salto sorteó el chapuzón. << Merde! Merde, merde! >> -Exclamó. Cerró el ojo de buey y saltó de la mesa al suelo.


-Ay! Arg!… Qui est trop!

-¿Qué ocurre?

-¡Creo que me he cortado! ¡He pisado un cristal!


El barco, cruzado por una ola de ocho metros, arboló más de treinta grados sobre la horizontal. Lanzando a Charles y Fausto contra la pared quien soltó la cámara para agarrase al mostrador, pero Charles cojeando por el daño del pie se dio de lleno contra la pared escuadra y fue a parar al suelo. El agua de lluvia y mar que bailaba por la estancia se le echó encima: enrabietado aún por los zarandeos no pudo escapar.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

domingo, 20 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXII (relato alargándose)



Siguiendo el ruido guía, Charles giró al final del pasillo a la izquierda, dirección cantina. Frente a ambos, encerrados en el puente, las siluetas de un par de personas parecían tener el control de la situación. Al verlos, Fausto pensó si en las entrañas del barco, bajo sus pies, no habría un puñado de hombres tiznados de negro y sudorosos alimentando como bestias la caldera que impulsaba la nave. A paladas de carbón en agotadores turnos de doce horas hasta reventar. Y si alguno fallecía en el esfuerzo, al fuego y listo con él; problema resuelto y combustible para las llamas. Nada de responsos consternados ni funerales hipócritas. Claro que también esto era producto de su imaginación, pues la gran hélice del carguero era rotada por un largo motor de treinta y ocho cilindros atragantándose de fuel oil.

Un relámpago iluminó el barco como el día, y Fausto identificó con claridad el amarre del ancla. Le costaba creer que una cosa así pudiera retener en su posición semejante masa en flotación. ¿Y si el ancla no tocaba fondo?, porque la cadena no era infinita. ¿Es que acaso el peso en suspensión más el rozamiento con el agua eran suficientes? Charles entró en la cantina, Fausto le siguió y cerró la puerta, apunto casi de caer pues tenía una mano permanentemente ocupada con la cámara.

-¿Qué haces? Ten cuidado. 

-Lo siento. Es este barco que no para de moverse.

-Eres tú que no dejas esa cámara. Te vas a tropezar, y entonces tendremos un problema con los de ahí fuera si nos descubren.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE








PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXI (relato alargándose)



El plano de carga era zona libre. Sólo dos pescantes, escotillas, el anclote, un molinete y demás artilugios de trabajo. Otro par de botes a cada lado, el gallardete al centro y un enjaretado de dos puertas hacia babor; claro que para tener conocimiento de todo esto había que recorrerse el barco, después las bodegas, y que no estuviera la cubierta repleta de cajas de madera de todos los tamaños y formas apiladas en distintos niveles hasta una altura de seis metros. En el centro de la mercancía unos barriles de madera formaban una pirámide de cuatro pisos. Todo bien amarrado contra viento y marea, también literalmente.

En su paseo hacia la fuente del sonido dirección proa bajo la débil luz nocturna del barco, escasa pero suficiente para no tropezar con las paredes, encontraron en un rincón al final del pasillo un buen montón de cadenas y sogas. <>. Donde desaparecerían para siempre hundidos en el fondo y comidos por los peces; sin nadie que preguntara por ellos, probablemente.


Charles observó que a lo largo de las habitaciones de la tripulación cada una tenía un distintivo, aparte del número. Se preguntó si no sería para localizarla más fácilmente cuando tornaran borrachos de la cantina. Hartos de cerveza y ron, y de haberse liado a puñetazos por una mujer o mentar más de una madre. Claro que todo esto sólo era producto de su imaginación. Mientras, Fausto filmaba la oscuridad como podía, pues el creciente oleaje cabeceaba el barco y golpeaba la chapa de acero. Algunas olas saltaban hasta los cristales y cruzaban la manga del carguero por encima de sus cabezas. Recorriendo el techo como una estampida de ratones. La lluvia después lavaba el agua salada y todo volvía nuevamente a su sitio: el mar.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXI (relato alargándose)



El puente y entrepuente conformaban una sola estructura exterior, dividida en distintos compartimentos interiormente. Chapa de acero por fuera como todo el barco, pero a diferencia del resto forrados de madera por dentro. A su vez, el espacio para los pasajeros era algo similar a una sala de espera, o un albergue pobre. Cuatro paredes, literalmente, con la mitad superior construida en una celosía de palos y cristales y la inferior de tablas de abeto. Fausto concluyó que tal vez fuera para ser vigilados constantemente por la tripulación: carente de toda intimidad. Dentro, sucesivas bancadas para ocho personas hombro con hombro; y un par de mesas medianas.

En torno a este albergue, un pasillo longitudinal al barco lo separaba de los camarotes de la tripulación: siete con el número colgado en cada puerta y, excepto el del capitán, en su interior dos camas una mesa un par de sillas un armario y un ojo de buey mirando a estribor. El 1 pertenecía al capitán, y era el más próximo al puente de mando. El último, 7, terminaba en la misma línea estructural que pasillo y albergue. Una puerta central amplia daba acceso al exterior: plano de carga hasta popa rebajado de nivel la altura de tres escalones. En el inicio del pasillo, más a proa, en babor la cantina-comedor y los servicios. En estribor un espacio vacío con una puerta no tan grande por la que también se salía a cubierta. Algo más de dos metros hasta llegar a la barandilla, y después el mar. En el centro y eje del barco, otra puerta de acceso Prohibido-a-toda-persona-ajena-a-la-tripulación, texto en noruego que pocos pudieron comprender pero imaginaron. Delante del puente de mando, la proa del barco a cinco metros. Un bote a cada lado, el ancla con su cabestrante a estribor, un tangón y demás maquinaria para izar colgar o amarrar. Aquí y allá algún armario pequeño. Rodeando el cajón de acero que contiene puente y entrepuente: cubierta despejada y barandilla en babor como estribor.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXX (relato alargándose)



Se levantaron. Charles avanzó en primer lugar, esquivando cuerpos dormidos en el suelo, bancos, bultos, ropa, maletas. Algo que confundió con una mochila se movió y le asustó. Era un niño arrebullado entre abrigos.


-¿Qué pasa?, sigue. –Dijo Fausto en voz baja.

-Nada, nada. Ya voy. Cuidado con eso, es un niño.

-Pues parece un saco de ropa vieja.

-Shish, calla. Nos van a oír.

-Espera un momento, he olvidado algo.

-¿Ahora?

-Vuelvo enseguida. Quédate ahí.


Fausto regresó a su rincón y del petate extrajo la nueva cámara de dieciséis milímetros: una Bell & Howell mejorada para imágenes con poca luz. Tomó un plano general de la escena y retornó junto a Charles.


-¿Qué haces?

-Ya lo ves, filmar.

-¿Y para qué quieres grabar a gente durmiendo? Además, no se ve nada.

-Tú continúa que yo te sigo. Y cerremos esa ventana de una vez que me está poniendo nervioso.

-Très bien, très bien.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

sábado, 19 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXIX (relato alargándose)



-Pues confío en que no sea así. Sería bueno que alguien condujera el barco.

-Gobernara.

-Bueno, gobernara. Como quieras.

-Yo también lo creo.


Se echaba encima la tormenta: olas golpeando el barco con fuerza, ocasionalmente alguna mayor salpicando de espuma los cristales en el espacio para pasajeros. La cubierta también era lavada por el agua. Era entonces cuando la escotilla se oía chocar con claridad.

-Habría que cerrar esa ventana, ¿no crees? 

-Tienes razón pero… -Charles se incorporó, sentándose a la par de Fausto. Hombro con hombro. Sin mirarle, añadió:

-Tendremos que hacerlo nosotros.

-¿Nosotros? ¿Por qué? No sabemos dónde está.

-El ruido nos guiará. Sólo hay que encontrarlo.

-Pero está todo tan oscuro… ¿Y si nos perdemos? ¿Y si nos encuentran andando por ahí?

-¿Tienes miedo?

-No, no es eso pero…

-¿Y si entra una ola como tú has dicho? ¿Por dónde va a salir? ¿Y si por culpa de la ola se hunde el barco?


Fausto quedó pensativo, reviviendo su trágico suceso en el mar. No le entusiasmaba la idea de repetirlo.


-De acuerdo, vamos.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE


PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXVIII (relato alargándose)


-Me llamo Charles. ¿Y tú?

-¿Qué? –respondió Fausto sorprendido. Aquel muchacho tan poco varonil tenía una voz extrañamente aguda.

-Pregunto que cuál es tu nombre. El mío Charles.

-Yo Fausto.

-¿Fausto? Ah… Como la obra de Goethe.

-Pues no sé, diría que como yo.

-Sí, claro.


Una pausa atascó la conversación. No eran más que dos extraños forzados por las circunstancias que el capricho del destino había arrinconado. Literalmente, pues uno de los vértices de ese cuadrilátero repleto de luchadores, de todos los pesos durmiendo a la espera del gran combate, estaba ocupado por ellos dos. Se oían unos golpes lejanos.

-Parece que alguien se ha dejado una ventana abierta. 

-Yo creo que sí. Aunque aquí se llama ojo de buey.

-Bueno, ojo de buey abierto. Ojo de buey… ¿Por qué ese nombre?

-Es largo de explicar… Viene de los tiempos en que se encañonaban unos a otros, a los artilleros les animaban a disparar a las ventanas haciendo un símil con la caza: disparad al ojo del buey para matarlo con una sola bala. Pues al barco lo mismo: metedle una bala de cañón por la ventana para que reviente todo.

-Vaya… Sí que conoces el tema.

-Algo. Con esta lluvia estará entrando agua.

-Mientras no lo haga una ola…

-Tienes razón, habría que cerrarla…

-¿No habrá nadie de la tripulación por ahí?
-No lo creo. Desde que hemos zarpado apenas los hemos visto. Son esquivos. Estarán todos en sus camarotes, durmiendo supongo.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXVII (relato alargándose)



Jadeando y asustado, se despertó. Soñaba, una pesadilla recuerdo: el suceso de su lucha bajo metros de agua salada en busca de la luz, el aire y la vida. A su lado, en la oscuridad de la noche en altamar, el muchacho y, técnicamente compañero de cama, le miraba con ojos penetrantes. Parecían negros, pero como todo en la noche, que es oscuro. No supo qué decir. Incómodo se le quedó mirando. El resto del pasaje parecía dormir. Unos resoplaban otros roncaban, alguno gruñía. Incluso había quien emitía una especie de silbido al respirar: un niño aquejado tal vez de cierta enfermedad pulmonar que debiera ser tratado en un hospital. Sin atención médica podría no volver a pisar tierra. Pero así era la emigración, un viaje cargado con lo poco que se tiene que no es nada, hacia la inmensa nada de la incertidumbre la inseguridad el aislamiento y el abandono. Abandonados todos a su suerte y su mala suerte, donde un golpe de timón inesperado cambiara definitivamente el rumbo de sus vidas.

Por el momento, los únicos golpes de timón los daba el oleaje: mar brava de tormenta agitaba el carguero como los trozos de madera de un naufragio. Metro arriba metro abajo. De ocho metros eran las olas contra las que el capitán del barco enfilaba la proa a duras penas, cortándolas como un cuchillo caliente se abre paso en la mantequilla. Estaba asustado: la pesadilla, los recuerdos de su ahogamiento, el balanceo del barco, la espesa noche, el ruido de la lluvia contra los cristales, el viento colándose bajo las puertas. Se sentó, apoyando la espalda contra las tablas de la pared y plegando las piernas hacia su pecho. Abrazado a ellas con las manos cruzadas por encima de los tobillos, observaba el cielo nocturno intentando encontrar alguna estrella. Su presencia significaba boquetes en el techo de nubes, y éstos tal vez el fin de la tormenta. No encontró ninguno, se resignó a pasar la noche en blanco. El muchacho también cambió de postura, a decúbito supino.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

viernes, 18 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXVI (relato alargándose)



La nave era conducida lentamente hacia el exterior de la bahía. Ya no había vuelta atrás para los arrepentidos salvo volverse a nado. Comenzaba el largo viaje hacia un destino con vocación de cambio drástico y quizás definitivo. Según fuera la fortuna para hacer fortuna: única razón que impele al emigrante a volver a ese origen que lo expulsó: mostrar al compatriota retenido en el país cuántas aventuras y riquezas por cobarde se perdió. Claro que a los que no superaron los trabajos de tercera con mano de obra regalada la miseria los engulló, y éstos nunca vuelven para confirmar al compatriota que no abandonó el país, cuánta razón tenían al afirmar que en todas partes hay el mismo olor a podrido. Pero si el destino tenía para Fausto reservado un camino u otro, ya se vería.

Por el momento estaba haciendo lo que no logró con el suicidio frustrado: huir. Si aquel intento se convirtió en una aventura traumática con desenlace inesperado, la muerte lograda no fue la suya, éste ya se estaba materializando: para huir con éxito primero se ha de abandonar el maldito país del que se parte. Cansado por tanta tensión acumulada y la prisa para resolver la fuga, sintió que por primera vez en muchos días podía relajarse. Se giró hacia la pared, dando la espalda al muchacho, y necesitando reponer algo de paz interior, arrebujado entre abrigo y petate se quedó dormido.


Despierta, ¡despierta! ¡Nos hundimos! ¡Despierta! –el muchacho le tiraba con fuerza de la manga de su chaqueta-. ¡Nos hundimos! ¡Despierta! –El agua helada le empapaba la ropa ascendiendo hasta la boca, pero no podía despertarse, ¡se ahogaba! ¡Otra vez!-. ¡No! ¡Ah! ¡Ah, ah! ¡Qué, qué ocurre!



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE




jueves, 17 de octubre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXV (relato alargándose)



El atemorizado mutismo inicial de la escalerilla fue cediendo ante el alboroto del descontento por la falta de espacio para terminar dando paso a la calma impuesta de la resignación. Cuando no hay nada que se pueda hacer, nada se puede hacer. En apenas una hora cada cual había encontrado, o fabricado, su sitio. Y mirándose con curiosidad y desconfianza unos a otros se aceptó por todos la tregua del no hay otro remedio. A su lado, un muchacho de rasgos afeminados, educado y silencioso encontró acomodo. Con una gorra de paño calada desde la nuca hasta los ojos, ropas holgadas y una sencilla maleta, parecía viajar tan solo como él. No supo si fue casual o deliberado, pero teniendo en cuenta los especímenes de aquel pasaje, pensó que era la mejor compañía que podía esperar. Quizás el muchacho también pensara lo mismo y por ello eligió la proximidad de su rincón, entre Fausto y el largo banco de madera donde encontraron asiento ocho varones tres mujeres un niño y el anciano.

La sospecha general la suspicacia recíproca la preocupación por el viaje o tal vez la pérdida de familia amigos y ambiente consustancial a todo emigrante, llenaron de silencio aquel espacio triste: el entrepuente. Sólo roto cuando un violento tirón balanceó la nave: zarpaba. Dos remolcadores del puerto tensaron las amarras que alejaban al carguero del muelle. A Fausto le extrañó que todo el pasaje rondara por allí, que no hubiera un desfile de pañuelos con lágrimas despidiéndose desde cubierta de otro grupo de pañuelos con lágrimas agitándose en tierra. Extraña esa gente que como él ignoraban la partida, quién sabe si pensando en volver pronto, o tal vez no hacerlo nunca. El repentino bamboleo provocado por el arrastre sí que arrancó algún comentario entre grupos, en idiomas que no entendió y carentes de toda emoción, pero nada más.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE