domingo, 30 de marzo de 2014

VENERACCIÓN

VENERACCIÓN


Ella tiene a su marido en un pedestal.
Un tarugo torpe necio tosco. Como todos los tarugos,
qué esperabas.

Que le dio hijos
¿Hijos?
Bueno, dos hijas y un primer señuelo falso:
son complicados los comienzos para todos.
¿Para todos?

Que le contó mentiras y le untó zalamerías:
otra forma dulce y enmascarada de decir mentiras.
Que le dio algo de gusto, poco, breve, torpe. Tosco.
Y más de un disgusto.

Que le dijo siempre pide por esa boquita
pero siempre hizo esta boca es mía.
Que le prometió la luna y le pidió la vida.
Que a su lado estuvo siempre no protegiendo sino pidiendo.

¡Vida mía!
Sí era suya la vida de ella:
hazme esto tráeme lo otro recuérdame aquello.
Sube baja quita pon muévete estate quieta. Calla.
Vete. O vete y calla.

Ahora que no me haces falta que para esta fiesta estoy mejor solo.
¡Saca la guitarra Juan que yo traigo el acordeón y la armónica!
Me basto como soplagaitas me sobro de muerde armónicas.
Doblo acordeones cuando derrocho talento.

Ella tiene  a su tarugo sobre un pedestal.
En una urna, hecho cenizas.
¡Bien! Dijeron todos cuando ocurrió.
Bien, dijo ella cuando se decidió:
le prendió fuego al sofá con su taruguito dentro.  

Calentito él sólo se dejó hacer.
Pensó que era un braserito arrimado por su amorcito.

Nadie preguntó nadie lloró nadie sufrió.
Tampoco él, que se durmió abrazadito.
A su cojín, en su sofá, al calorcito.

Ella mira a su tarugo del pedestal.
Y siente paz.  




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

lunes, 24 de marzo de 2014

CON-FORMA



CON-FORMA



No hay cambio ni elección,

confórmate.


Entiéndase conformar como: dar forma, configurarse.

Date forma, pues. Adáptate.

Sé también, como los demás.

No destaques no resaltes no saltes.

Menos aún de alegría: te la robarán.

Escasea como nada.


Confórmate escóndete

entre la gente.

Sé uno más.

Y triunfarás.


Entiéndase triunfo como la negación de todo sufrimiento.

De todo.

De ti.



Confórmate.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PRÓJIMOS LEJANOS



PRÓJIMOS LEJANOS



Espera, espera, espera.

Espera sentado. O mejor tumbado.

Que irán a socorrerte a buscarte a levantarte a…


A algo irán.

¿A por ti quizás?


Espera, o mejor no. No esperes nada.

Nada de nada nada de nadie.


O espera, muy poco,

de la mayoría de la gente.


No hay cambio ni elección,

confórmate.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

ILUSIONES



ILUSIONES


Cuando crees que ya está todo perdido

y nada queda que puedas hacer.



Cuando en la última batalla,

de tu larga cadena de derrotas,

descubres que también en esa has sido vencido.



Cuando sobran evidencias

de que no debes esperar más a que llegue el final,

porque hace tiempo que ya estabas en él.



Cuando has agotado tus pocas fuerzas

Quemado todas tus naves

Malgastado tus pobres recursos.



Cuando ya no tienes forma, ni tiempo ni oportunidad,

ni vida,

de volver a empezar.



Descubres, en el último instante del último episodio del último día,

dispuesto a renunciar:



Que sí, que era cierto, que efectivamente,

tenías razón.



Y todo está perdido y no hay nada que puedas hacer y era esta la última batalla.

Otro nuevo y viejo fracaso.



Abandona sí.



Pero abandónalo todo.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

miércoles, 12 de marzo de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 124 (novela media)



Fausto no se mueve. Los ojos clavados en el escabroso y horripilante contenido. El sobrecogimiento anula su capacidad de reacción. Delante: cuatro anulares, uno aún conserva el anillo ensangrentado. Un sello grande con la talla de un elefante barritando. Pero también dos dedos corazón cinco índices ocho meñiques seis pulgares. Cada uno en distinto estado de conservación: putrefacto, momificado, reseco, pellejo y hueso. Dedos largos cortos rechonchos delgados, todos al final torturados. En una aguja de coser arqueada como una gargantilla y poco más que del tamaño de un cuello adolescente, atravesadas igual que ruedas de chorizo, una decena de orejas. Difícilmente reconocibles salvo por la estructura cartilaginosa, endurecida y seca como corteza de cerdo. De una de ellas cuelga un pendiente, claramente de mujer. El pendiente la oreja ya no se sabe. Con cuatro perlas, una rota, engarzadas con eslabones de oro. Y todo ello bajo la inevitable pátina de sangre y tiempo. De otra un aro de plata, con el pasador doblado quién sabe si por la pelea o la tortura. Podía aquel resto de oreja ser también de mujer, pero lo mismo que de hombre.

Y entre unos y unas… gusanos, larvas en realidad. Larvas pupas y moscas, vivas y muertas. Las vivas salen de la caja como un enjambre contra el rostro de Fausto. A Charlotte los dedos le provocaron asco, las moscas un enorme susto. Las muertas se agrupan por los rincones, buscaron tal vez una escapatoria antes de perecer. Quizás se succionaron unas a otras según menguaba la provisión de carne tierna. Humana.

Fausto retrocede hasta el punto donde Charlotte sigue tirada. Toma una lona vieja, la extiende sobre el rollo de cuerda improvisando una butaca. Muy incómoda pero suficiente para ambos. Ella con su ayuda se levanta, para sentarse a su lado, en silencio y pensativos.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 123 (novela media)



-Pero… Esto…

-Dinero. Mucho, mucho dinero. De todos los colores.

-De varios países, mira este taco… Es nigeriano. Y este otro… No entiendo. Son caracteres chinos.

-O japoneses.

-O coreanos o taiwaneses o… Asiático. Y este, mira: de algún país árabe.

-¿Y la caja de aquí abajo? ¿Qué tendrá?

-Una caja dentro de otra caja… Pues tal vez otra caja.

-No.


Fausto la coloca sobre la mesa y retira la tapa. En realidad es una caja de puros cubana, pero no son puros lo que guarda.


-¡Aggg! ¡¡Pero qué es esto!! ¡¡Qué horror!! ¡¡Quítalo, quítalo de mi vista!!


Charlotte espantada del susto se va contra la pared contraria. Tropieza en una manguera y cae al suelo. O más exactamente sobre una gruesa cadena amontonada.


-¡Ay!



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 122 (novela media)



Fausto apuntando a la caja fuerte:


-Así que cualquier idiota puede manejar un arma.

-Oui. Ya te he dicho: cuanto más idiota más interés. Debe ser el poder: con un arma sometes fácilmente a tus enemigos.

-Qué mejor defensa para un idiota... Siempre que el rival no lleve otra.

-En ese caso a matarse.

-Y ya está. Nada que ver con las habilidades del individuo ni el talento. El que mejor puntería o suerte tenga, vencedor.

-Así de simple, aunque también para matar hace falta alguna habilidad. ¿Qué habrá en esta caja?

-¿No has mirado si está abierta?

-No. Tanto desorden… Que lo que más me ha llamado la atención ha sido el revólver. Creo que porque era lo único que estaba en su cajón, supongo.


Fausto baja el arma. Ella se acerca a la enorme caja.


-Debes ser la primera persona que ante una caja fuerte no tiene la tentación de abrirla.

-¿Cómo funciona esto? No sabemos la combinación…

-¡No toques las ruedas! ¡Si está abierta la bloquearás! Déjame.


Efectivamente, la caja fuerte no es tan fuerte: gira la gruesa palanca de apertura y un ruidoso mecanismo acciona ocho grandes cerrojos que rodean la puerta perimetralmente. Ahora, está abierta. Mirando ambos el contenido, quedan pasmados.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 121 (novela media)



-Aquí dentro. Con esta plancha estaba el arma y los cartuchos.

-Vaya. ¿Y eso? ¿Qué es?

-¿El qué?

-Mira, esto. Diría que es una moneda antigua.

-Déjame ver… No... Una medalla, creo. ¿No parece un crucifijo?

-Sí. Es cierto. Una medalla con el enganche roto. Por eso la confundí con una moneda roñosa. ¡Qué montón de basura!

-A veces la basura sólo son cosas desordenadas. Si lo arreglas un poco estamos en un almacén. La tormenta debió poner todo patas arriba.

-Puede. Lo único que estaba en su sitio es lo del cajón: la plancha, una medalla y el arma. Extraña combinación.

-Y la munición.

-Sí, eso también. ¿Nos quedamos el arma?

-¿Sabes usarla?

-No, pero en las películas no parece muy difícil.

-Yo te enseño.

-¿Tú has disparado alguna vez?

-Claro. Mi padre quiso que aprendiera a defenderme en un mundo de hombres.

-Y la mejor defensa es hacerte pasar por uno. Así nadie se fijaría en ti.

-Cést Ça. Mira, esto se llama tambor, por los agujeros introduces los cartuchos, lo deslizas a su alojamiento, y listo.

-¿Y ya está?

-Y ya está. ¿Qué esperabas? ¿Un título universitario? Cógelo. Se llama revólver.

-Una título no, pero algo más de ciencia… Pesa más de lo que parece.

-Aquí la ciencia la pone el que lo inventó. Los usuarios no la necesitan.

-Ya veo. Cualquier descerebrado puede usarlo.

-Más afición cuanto menos seso. Este pesa más porque es de cañón largo. Mejora la puntería.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 11 de marzo de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 120 (novela media)



El resto de miasmas: carbón chatarra madera grano distintas cargas presentes y pasadas de las bodegas del barco, bichos herrumbre falta de limpieza agua putrefacta salada del drenaje para tormentas ineficiente como la pasada en la primera noche, orines y excrementos humanos, eran otro asunto a investigar.

-¿¡Eh, dónde estás!? ¡Charlotte!
-¡Shhh! ¡Calla!

Ella sale de un cuarto a pocos metros del final de la escalera. Aparece en medio del pasillo con un arma y una caja de munición.

-¡Que no me llames así! Me vas a meter en un lío.
-Perdona, ha sido el nerviosismo. No sabía si te habías vuelto a marear.

Efectivamente, era eso y que su subconsciente rechaza de plano la idea de que ella quiere ser él. Fausto hablaba, seguía y deseaba a la mujer dentro escondida; a su lado. Mirando sorprendido el revólver, pregunta:

-¿De dónde has sacado eso?
-Aquí, entra.

En un gran cuarto donde sobre la puerta hay un cartel con la inscripción dukaanka escrita con tiza, acumuladas mangueras herramientas piezas de repuesto bombas averiadas bombas reparadas maquinaria vieja cadenas sogas cables sirgas cajas vacías cajas llenas de cualquier cosa sacos tornillería. En el suelo, botes latas objetos diversos esparcidos por la tormenta pero más por el desorden. Una caja fuerte tamaño armario alojada en un rincón. A su lado una larga mesa de trabajo contra la pared. En ésta un mapamundi de 1930 con un recorrido por puertos del mundo señalados en rojo y una inscripción: LIBERATIO. Tanto o más enigmática que dukaanka. Sobre la mesa un cajón a ella clavado. Dentro una antigua plancha de hierro, pesada y tosca.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 119 (novela corta alargándose)



-Vaya. Ay, mi espalda.

-Sí, eso no lo he podido evitar. Te solté aquí como pude. Me caía.

-¿Me has traído tú? No sé… No recuerdo nada.

-Sí. Te recogí de ahí abajo. Te dio un mareo.

-No sé… Uff… Pues vaya susto que te habrás dado.

-Bastante, sí. Pero ya pasó. ¿Nos vamos?

-¿Qué? ¿Cómo que nos vamos?

-Claro. ¡Después de lo ocurrido no querrás volver!

-¡Mon dieu! ¡Por supuesto! ¿Cuántas oportunidades más vamos a tener antes de que el capitán descubra que le falta la llave?

-Pues no lo sé, pero ya has visto lo que ocurre. No se puede respirar.

-¡Eso era antes! ¡Por la mala ventilación! ¿Sabes el tiempo lleva esa puerta abierta?

-No sé. Diez, quince minutos…

-Pues yo digo que ya podemos entrar. Bajemos.

-Entrar sí, como antes. El problema será resistir.


Charlotte se incorpora y lanza nuevamente escaleras abajo.


-¡Vamos! No perdamos más tiempo!


Ella tiene razón: el hedor aún siendo tan insoportable como antes está ahora más oxigenado. Apesta igual, intoxica menos.


El olor a fuel-oil hollín anticongelante ácido de baterías grasa y aceites procede directamente de debajo de sus pies: segundo sótano. En ese punto se aloja el motor con toda su servidumbre: depósito, baterías, generador. Todo lo relacionado con la vitalidad del barco. Si se quería anular a ese gigante, su avance o sus sistemas, bastaba con provocar una avería. O bien accionar la palanca de color rojo con cartel en cinco idiomas que dice: PARE. No sabiendo si era el lector o la maquinaria quien se detenía.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 118 (novela corta alargándose)



-¡¡Puaghh!! ¡¡Esto es asqueroso!! ¡Vámonos, me ahogo!
-¡Es verdad!... Me estoy mareando. ¡Abre la puerta! ¡Que entre un poco de aire o me muero aquí mismo!


Fausto retrocede rápidamente escaleras arriba, recordando sus peores momentos de asfixia cuando ascendía de lo profundo del mar para alcanzar la superficie y el aire: el día que se tiró para terminar con todo y sólo encontró un nuevo comienzo. Abre con precipitación la puerta de entrada para subir corriendo hasta la rejilla donde la brisa de cubierta le devuelve la vida. Otra vez. Otra vez respirando con angustia y violencia, otra vez al límite de la disnea subacuática. Pero en esta ocasión no está solo. Sin terminar de recuperarse torna sobre sus zancadas en busca de Charlotte.

Ahí está ella, tirada en el suelo, amoratada y fría. Carga sus cuarenta y ocho kilos en los brazos y se la lleva al exterior, donde ocultos bajo las puertas del enjaretado permanecen diez minutos. Clavándose los cantos de las escaleras en la espalda. A decir verdad, últimamente cada vez que tiene problemas con el suministro de oxígeno una escalera aguarda después del desenlace.

Mientras en esto piensa, y observando la desesperante recuperación de Charlotte, por la mente le cruza la idea de hacerle un boca a boca, sin saber cómo ni cuánto. Dos peros se lo impiden: el primero que no conoce la técnica; el segundo que por este motivo sus primeros auxilios degenerarían en un beso: no por deseado es oportuno. En su experiencia asmático-sexual no quería al otro lado a un ser inerte, sumiso y ausente. O eran colaboradoras sus amantes o no había intercambio de experiencias que valiera la pena.

-¡Ahh! Qué… Qué ha pasado…
-Que casi nos ahogamos ahí abajo. Tú peor que yo, has perdido el conocimiento.
-Ayyy… ¿Sí? ¿Mucho rato?
-No, poca cosa. Un par de minutos tal vez.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 117 (novela corta alargándose)



Pero al volver el rostro Fausto ya no la encuentra, la niña ha desaparecido; igual que en la ocasión anterior: vista y no vista.

-¡Yo no veo nada! ¡Vámonos de aquí! ¡Nos van a descubrir!

Él no se mueve. Si la imagen ha sido terrible, la repentina ausencia es desconcertante. Sobrecogedora. Escalofriante.

Del brazo le toma Charlotte y lo arrastra consigo. Cuando él despierta de su estupefacción, ya están frente a la puerta de la bodega. El ruido de la llave en la cerraja le devuelve al mundo de los mortales. Porque la niña no sabe en qué universo está.

-Pero… La niña… La he visto…
-¡Shh! Calla. Imaginaciones tuyas, olvídala. ¡Vamos adentro!

En el interior la iluminación nocturna del barco mantiene una hilera de bombillas encendidas en el techo. Débiles puntos de luz, pero suficientes para vislumbrar el camino: ahora otro tramo de escalera que termina en el suelo del primer sótano. Húmedo, herrumbroso y pestilente hasta la náusea. El aire viciado y asfixiante es una mezcla de mil olores. Todos malos: fuel-oil grano germinado grano en descomposición grano mohoso grano con excrementos de rata. Ratas cucarachas gusanos arañas residuos bacteriológicos residuos microbianos. Fauna diminuta diversa.
Grasa aceites ácido de baterías líquidos anticongelantes agua salada agua putrefacta aguas residuales carbón chatarra hollín madera podrida sal empapada y pringosa con varias capas de polvo adheridas. Cables mangueras herramienta lejía ácido clorhídrico orines excrementos. Pero excrementos humanos.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

jueves, 6 de marzo de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 116 (novela corta alargándose)



Son las tres de la madrugada, y Fausto hace guardia junto a Charlotte que guarda la pesada llave en el bolsillo. La mar algo nerviosa, tormenta eléctrica de fondo, débiles resplandores iluminan el barco de forma intermitente.

-Ahora, vamos.

Charlotte sale del albergue en primer lugar, cuidando no pisar a los durmientes. Una suerte que el de los ojos de rana tenga sueño profundo doce horas al día; aunque a intervalos: nadie sabe cuándo toca vigilia. Ahora no los espía. Cuando Fausto cierra la puerta un relámpago ilumina la cubierta como luna nueva. Se queda petrificado.

-¿Qué ocurre? ¡Vamos!

Charlotte insiste pero Fausto no se mueve. Mirando en dirección al puente de mando. Bajo la repentina luz del resplandor la vuelve a ver. En esta ocasión claramente. Sus trenzas, su bata de colegio, sus pies, su mano con una cartera. Su ojo morado su otro ojo llorando su herida en el abdomen su sangre goteando su bata de colegio sucia sus pies descalzos su mano con un extraño bulto que pareció una cartera sus manchas en el suelo. Era ella otra vez, la niña de madrugada. Pero ahora con el terrible aspecto de haber sido golpeada, herida.

-¡Está otra vez ahí! ¿¡Pero es que no la ves!? –Fausto suplicante y asustado recrimina a Charlotte.

-¿A quién? ¿Qué? ¿Dónde?

-¡Ahí, en el mismo sitio de la vez anterior! ¡Ya te lo expliqué! ¡Mira, mira!




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 115 (novela corta alargándose)



Para evitar los ojos del capitán se van hacia el albergue, no sin antes cruzarse con los dos marinos griegos.

-Ε, εσείς! Τι κάνετε εκεί;

-Είσαι χαζός! Έπρεπε να είχες πετάξει αυτό το γράμμα και δεν θα είχαν πάρει μέρος στο στοίχημα. Εγώ μπλόφαρα. Εξ αιτίας σου μας κέρδισαν!

-Και δικής σου! Ποιός σου είπε να στοιχηματίσεις τόσα πολλά;

-Όταν δεν το΄χεις πρέπει να παίζεις με μέτρο.

-Ουφ! Ποιός με έβαλε να κάνω ζευγάρι μαζί σου! Είναι η τέταρτη φορά που χάνουμε. Εσύ θα έπρεπε να πληρώσεις το χρέος!

-Εγώ; Είσαι μαλάκας! Δική σου ήταν η ιδέα να στοιχηματίσουμε το μισθό. Εγώ ποτέ δεν υπερβάλω! Για ό,τι θα μπορούσε να τύχει! Και κοίταξε τι έγινε!

-Ωχ! ΄Ασε με ήσυχο! Ηλίθιε είσαι ένας βλάκας. Κι εγώ ακόμη περισσότερο που πήγα μαζί σου στο...

A empujones entran los tripulantes en el camarote número seis. Después se oyen una serie de golpes. Charlotte y Fausto en el albergue, donde el niño espía de los ojos de rana trata de comunicarse con los demás niños: sólo quiere jugar. Y aunque difícilmente, se entienden mucho mejor que los adultos. Por supuesto, el espía se les queda mirando.

-¡Ja ja ja! ¡Mira que son estúpidos esos dos! ¡Yo no tenía juego y han picado!

-¡Estúpidos y ciegos! ¡Tres veces he cambiado las cartas delante de sus narices y ni se han enterado!

-¡Estúpidos, ciegos y fanfarrones! ¡A quién se le ocurre apostar la paga contra una ronda! ¡Ja, ja, ja! ¡Este mes cobramos doble!



Fuera del albergue, otros dos tripulantes portugueses se burlan de los primeros y encierran en el camarote número cinco. Con doble vuelta de llave. Al poco rato, se oyen gemidos.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 114 (novela corta alargándose)



-¡Vaya mal gusto! Y sigue buscando.

En un rincón dos paragüeros vacíos en otro una silla con bufandas, y abrigos amontonados en el tercero atados a una vieja percha de madera como ahorcados. El gran armario en el cuarto. Dentro de él, buceando igual que un calamar entre mecanismos incomprensibles e inútiles, ropa con olor a humedad y agujereada por la polilla, Fausto al borde de la asfixia.

-Nada. No encuentro nada.

-Mon dieu! Tiene que ser esa.

-¿Qué?

-Sí, mira. Ahí. En el techo.


Colgando de una cuerda clavada junto a un plafón central, entre un salmón disecado dos cabezas de congrio varias mandíbulas de tiburón colas ahumadas de lamprea dos sextantes tres telescopios extendidos, una llave grande y antigua de hierro forjado.

-Claro, con ese tamaño no puede llevarla del cuello.

-Una suerte.

Ella, aparta para no pisarlas docenas de cartas de navegación que atadas en rollos hay sobre la cama, se sube y alcanza la llave. De un salto ya está en la puerta.

-Mon dieu! ¡Vámonos!


Charlotte abre apenas una rendija, afuera sigue la fiesta. Cruza nuevamente el marino bruto que no se percata de su presencia. Cuando el pasillo queda despejado, salen del camarote como quien es perseguido por el diablo. O por un mesías redentor que tanto más les puede dar.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 113 (novela corta alargándose)




Al lado de la cama una mesilla sobre ella un transistor de galena encima de él tres despertadores de cuerda. En los cajones dentro de la mesita, documentos botones agujas hilo monedas cartas sin abrir cordones para los zapatos más relojes de cuerda peines cortaúñas navajas de afeitar pañuelos de nariz sin estrenar cepillos de ropa cepillos de calzado tabaqueras papel de liar cuatro rosarios cartas de juego dados dardos dos filarmónicas cuadernos de notas sin usar plumas sin tinta calcetines para remendar. Bajo la mesilla diez copias de Moby Dick y cuatro de Viaje Al Centro De La Tierra. Todas dedicadas por él para él con la frase: <>

Bajo la cama botas de agua botas de tierra.

-¡Ey, mira! ¡Unas Bodysaver!

También unas Bodysaver, zapatos de charol sin usar cuatro cañas de pescar tamaño gran escualo diez rollos de sedal bien enrollados dos salvavidas soga una maraña de red o una red hecha una maraña. Por el suelo, papeles garabateados sobre notas anteriores maletas llenas de ropa juguetes para nietos imaginarios herramientas de pesca subacuática para buzos con apneas. De las paredes cuelgan retratos de desconocidos, incluso para él, toallas chubasqueros gorros de agua gorros de lana gorros de montaña gorros de playa gorras de caza; lo mejor: ocultando la escotilla una hoja de periódico con seis años de antigüedad. Quemada por el sol, manchas resecas de sangre, alguna escama pegada. En la parte superior dos fotografías: en la izquierda una mujer hermosa. A la derecha un cadáver descompuesto. El antes y el después de la última novia del capitán. La que quiso volar pero se equivocó de pájaro para surcar los cielos; cayendo donde viven los peces. Sin más causa que la falta de aire por amor se ahogó y ya está. La desconocida por el club de la alta sociedad al que no pertenecía. El capitán guardaba desde entonces aquella hoja como penitencia. Y allí donde dormía la colocaba tapando la ventana, no dejándose ver desde el otro lado y robándose la luz a modo de castigo; como si aquel suceso tuviera él que vivirlo una y otra vez en las tinieblas.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

miércoles, 5 de marzo de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 112 (novela corta alargándose)



Ella tiene razón: el cuarto del capitán es puro caos y desorden. Aquejado de un Diógenes moderado, el capitán ha ido acumulando cualquier objeto, artilugio o mecanismo por ridículo o inútil que pudiera ser. Su foco delirante son las averías mecánicas en el barco, por eso guarda todo aquello que ligeramente recuerde a una máquina, o a un trozo de ella. Aunque también todo lo demás. Visto el escenario Fausto ha reservado rápidamente el armario como centro de su búsqueda, porque para el resto es como rebuscar entre un desguace de cachivaches domésticos y no tiene paciencia para tanta atención.


El enfermo también esconde su lado nostálgico, casi poético. Sobre la cabecera de la cama cuelga una docena de fotografías, blanco y negro, de diversos barcos comandados por él en anteriores expediciones. Fausto sabe apreciar la calidad de las imágenes y exclama: <>. Claro que ni él ni nadie más en el carguero conoce que están todos hundidos. Por una u otra razón, el capitán con su torpeza los había perdido en el fondo del mar. De los siete mares en realidad, que en eso fue muy generoso. Tanto como capaz a la hora de salvar el pellejo pues de todos había sido el único superviviente, obviamente. Hubo uno, un cascarón de madera con bandera somalí que empotró en un arrecife y que en apenas veinte minutos desapareció de la vista, del que sobrevivieron él y un cocinero. Quiso la casualidad que por una discusión acerca de un filete poco hecho estuvieran ambos en el momento crítico en el lugar oportuno. Pero el capitán no gustaba de testigos que pudieran contar sus desastres, así que despachó a puñetazos a aquel desgraciado hasta que soltó el cajón donde estaban agarrados. No sabiendo nadar, chapoteó como un perro con una piedra al cuello hasta que irremisiblemente se hundió; como un perro con una piedra al cuello: asesinado con toda la crueldad imaginada por su dueño. De esta forma, eliminando a todo aquel que pudiera narrar otra versión del naufragio, y cambiando de identidad tras cada desastre, conseguía hacerse nuevamente a la mar como experto marino al frente de navíos con dudosa reputación y sospechosas cargas.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 111 (novela corta alargándose)



Siempre hay un hilo para un descosido y una envidia que alimentar. Una griega sin gracia ni educación saltó al improvisado salón de baile envolviendo con ambos brazos al capitán como una araña a su presa. Dejando un café frío en un sucio vaso de cristal sobre la mesa, y un marido resignado al ridículo sobre la silla. También muy frío. Cipriano él Proserpina ella. Es el momento idóneo para Charlotte.


-Ahora, vamos al cuarto del capitán.

-¿Qué? Sí, a por la llave.

-Pero, ¿y si alguien nos ve?

-Te digo que esta es nuestra oportunidad. Están todos muy entretenidos con la música, ¡no hay más que mirarlos! ¡Vamos!


Charlotte sale disparada hacia el cuarto número uno. En el pasillo un tripulante fornido y poco amigo de conversación saluda con un gesto de cabeza. Ella responde igualmente, disimulando. Fingiendo que va a los servicios. Él se le queda mirando: es de los que tienen dudas respecto a su género. Fausto a pocos metros vigila su espalda. Cuando el marinero desaparece Charlotte cambia bruscamente de dirección hacia el camarote. No está la puerta cerrada con llave: suerte o confianza de autoridad. Entra y Fausto le sigue como una sombra. Ya en el interior, corre el pestillo.


-Tiene que estar aquí esa llave. En algún cajón o algo así.

-Busco en el armario, para ti el resto.

-Quel garçon intelligent!



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 4 de marzo de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 110 (novela corta alargándose)



“You've been locked in his arms
Ever since heaven knows when
Won't you change partners and then
You may never want to change partners again”


Para el segundo remolino la mormona ya se ha mareado, es la falta de costumbre a una vida disoluta. Demasiadas negativas en su ideario, poco espíritu de conquista para el cuerpo. “Change Partners” la salva del ridículo pues a punto de caerse entra el verso adecuado. Y el capitán fiel al título cede el puesto al hombre más cercano. La suerte o mala suerte cae sobre el bigote más grande que jamás ha paseado por ese barco. Rizado canoso peinado y repeinado, al bigote acompaña un hombre de baja estatura ancho de espaldas grueso de caderas fuerte de piernas. Un tocho que se dice. Dedos como salchichas manos toscas como patatas. Brazos de mulo barriga cervecera nariz de pimiento orejas al viento y ojos traslúcidos. El alcohol, que comienza por inflar el abdomen sigue por diluir la densidad de pensamiento y termina por reducir capacidades físicas. Todo a un nivel testimonial. El austríaco de nacionalidad huido de la gran guerra buscado para rematarlo por desertor, muerto ya estaba desde que abandonó a su compañero en el campo de batalla, ni levantarse pudo.

Mejor para ambos: la mormona tampoco; bien sea por al fisicidad del baile el éxtasis de las sensaciones o la asfixiante tenaza de la náusea contenida por la fuerza del pudor y del orgullo. Ella queda sentada a su lado y él, tras un eructo de camaradas la rodea con un brazo por el cuello, no sin antes decirle: 
<>



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 109 (novela corta alargándose)



Una señora de negro riguroso sombrero con tocado falda por debajo de la rodilla medias gruesas también negras y zapatos de medio tacón no se atreve a negarse. ¡Era el capitán! Y ella una mormona convencida y practicante a la que su marido había abandonado… por eso mismo. Y que por eso mismo estaba en el barco: rumbo a una nueva vida con distintos personajes e invariables costumbres. No pudo rehusar la oferta.

El capitán era fiel al lema de una novia en cada puerto, pero con matices: mejor en cada viaje. Para dejarlas en tierra más tarde y salir con su buque zumbando. Fue en una de esas retiradas de emergencia que se ahogó la última amante: al descubrir que su capitán se alejaba del puerto a bordo del barco se lanzó ingenuamente desde el muelle. Al agua. Creyó que al verla chapotear su corazón se ablandaría: era de noche, había poca luz y mucho frío. Aunque sólo fuera por compasión la rescataría, arrojándole un salvavidas que tampoco esperaba más.

Creyó mal porque lo que se ablandó fue su sesera: no la vio el práctico y le pasó un remolcador por encima. Otra que desapareció sin dejar estela de su vida. Pero cuando semanas más tarde su cadáver semidescompuesto apareció en una playa del adriático frente a las residencias de la alta sociedad, las influencias y las autoridades movieron tierra y agua para averiguar su identidad, no fuera a ser la ahogada una de los suyos. La prensa nacional se hizo eco la internacional eco del eco, tanto que un periódico viejo con el que el pescatero envolvió la merluza que vendió al capitán para que el cocinero de abordo la cocinera en su cena, abría primera página con dos fotografías del cadáver, antes y después del suceso. Pura crónica.

Como una espina se le clavó en la garganta de la culpa aquella imagen imborrable, y el capitán renunció a conquistar corazones desde entonces. En su lugar se acompañó de la botella: le daba más coraje con mar brava y menos discusiones al día después. Salvo por un dolor de cabeza insoportable, todo eran ventajas.

Ah… pero Frank… Frank era mucho Frank. Y no podía evitar la tentación de un baile.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 108 (novela corta alargándose)



De ella ahora recuerda su cuerpo de ensueño y su lengua bífida: dos idiomas le enseñó. Inglés y camboyano. Que habían de sumarse al italiano de la segunda novia, al francés y holandés de la primera en viaje de placer sin retorno financiado por sus padres como premio de consolación al final de su carrera, al fin que la terminó después de un último curso prolongado cuatro años tentativas todas sin éxito. Así que gracias a todas ellas y sus habilidades intelectuales el camarero malayo casi podía entenderse verbalmente con cualquiera. Y donde las palabras no llegaban tenía una solución inapelable: los puños. Subcampeón en peso medio del título para toda Asia. Sin duda, el camarero era el hombre para todo, todos y todas.


-¡Ponme otro té! Renji.

-Que no es Renji, mi capitán. Se dice Ranjit. Ran-jit.

-¡Pues lo que yo he dicho! Déjate de explicaciones y prepárame ese té.

-¿Rocas o hierbas?

-Hoy ponme rocas. Mejor en la taza que en la quilla del barco. Esta noche ha sido terrible.

-¿Mala mar? Yo he dormido como un lagarto.

-No, mala conciencia.

-¿Por qué mi capitán?

-Calla. Calla y sube el volumen.


“Must you dance every dance
With the same fortunate man?
You have danced with him since the music began
Won't you change partners and dance with me?”


El capitán se arranca en solitario unos pasos de baile al ritmo de la inconfundible voz de Sinatra. A todo vatio por los altavoces de la cantina mientras pasajeros asombrados no saben si reír o disimular.


¿Me acompaña, madeimoselle?








© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

lunes, 3 de marzo de 2014

SOBRE GUJSTOS



SOBRE GUSTOS




Ya me gustaría ya.

Olvidarme de lo que soy, pero más de lo que fui.

Que lo que soy no le interesa a nadie y lo que fui no me interesa a mí.



Ya me gustaría hacer borrón y cuenta nueva sin que nadie me pasara la cuenta,

por eso,

por lo que soy pero más por lo que fui.



Ya me gustaría que os fuerais todos a la mierda,

y que en ella me olvidarais de verdad. Como aquí,

pero sin pagar. Que caros me salen vuestros platos rotos

a precio de vajilla nueva: mira el sello,

es de prestigio no dejes tus babas en ellos.



Ya me gustaría liberarme de este momento presente.

De retocarlo mejor aún poder eliminarlo

Y reescribir la historia como a mí me dé la gana,

más la parte de esa historia que es historia mía sola.

Y deducir lo deducible y reducir lo prescindible y eliminar

lo innecesario lo superfluo lo engañoso lo baladí lo inútil.

Todo lo que me atonta que no es poco y todo lo que me duerme.

Que tampoco.



Tanto es este tanto excedente que no sé si tengo tiempo

de arreglar los sueños rotos.

Otra vez pedazos rotos por este suelo ardiendo del infierno.

Y ya estamos con lo mismo ya estamos donde suele.

Que no que no que no aguanto otro chaparrón.

Que siempre caen chuzos de punta y más de uno se clava al corazón.



Ya me gustaría salir de esta tormenta ciclogénesis explosiva nuclear,

riesgo alto de elevada mortandad: no de cuerpos sí de mentes.

Pues demente debo estar para no explotar nuclearmente

y retroceder a la génesis de mi cuerpo de mi mente… ¿Transparente?



Ya me gustaría, ya.

Ser algo más, o algo menos.

Y no otro perro royendo los mendrugos.

Los que unos pocos nos tiran a la gente.







© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

martes, 7 de enero de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 107 (novela corta alargándose)

Pero una persona era el centro de atención de todos los demás. Cada alma tripulante o pasajero se confesaba comulgaba charlaba lloraba compadecía, también enfadaba, con él en algún momento del día. No, no era el capitán pues también éste precisaba sus servicios con frecuencia, quizás demasiada frecuencia, ni tampoco el capellán; que no había tal cosa en semejante sitio abandonado de la mano de algún dios. Esta persona que los unía a todos, que atendía aconsejaba escuchaba soportaba a esos todos los demás, era el camarero. El malayo doctorado en matemáticas inexactas y lenguas trémulas que con tres penas por cumplir, la última de dos años y medio día aprovechó sus habilidades con los números para sacar cuentas y darse cuenta de que le traía más cuenta enrolarse en el primer barco discreto que zarpara del puerto de Klang. Las penas eran de amores y tras el último fiasco, una hermosa camboyana de ojos verdes mestiza pelo castaño brazos de arpista manos de flautista piernas de ballet pies de modelo cuerpo de muñeca tetas de adolescente sexo de mujer boca de entrada profunda, le partió el corazón en dos pedazos; por la mitad, vamos. Se fugó con un camarero sumatrano del hotel donde se habían hospedado a ensayar la luna de miel. Dos años y un día hacía de aquello.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 106 (novela corta alargándose)



Desaparece de la vista e inmediatamente es succionada por la enorme hélice que la despedaza e impulsa a las profundidades, donde peces y crustáceos darán cuenta de ella. El hombre, sin testigos aparentes, retrocede por sus pasos y vuelve al albergue. Ni Fausto ni Charlotte han podido ver su rostro o ropas. Sólo que tenía una mujer que había marchado corriendo en una dirección, y él en otra.

Incómodos y nerviosos abandonan el escondite descuidando toda precaución. El niño espía de los ojos grandes surge de entre las cuerdas, los sigue con la mirada en su huida ansiosa del escenario donde ha ocurrido semejante suceso. Adentrándose nuevamente en la zona de personal y mezclándose con los demás viajeros. Aunque no pueden reconocer su rostro, entre ellos viaja ahora un inductor involuntario al suicidio.


Dos jornadas pasaron antes de que Fausto y Charlotte se sacudieran el susto. Dos jornadas de aburrimiento, de una rutina que no iba más allá de los paseos por el barco, las visitas a la cantina, los horarios de comedor, las colas en los servicios, los dolores de espalda, los niños dando guerra, las agrupaciones de viajeros por idiomas, la desconfianza de la tripulación la vigilancia de todos a todos y vuelta a empezar. Ambos eran de los pocos que no habían hecho ni siquiera un intento de aproximación a los colegas circunstanciales. A él no le interesaba y ella prefería distanciarse para no ser descubierta en el engaño. Fausto sí hizo, en cambio, algunas tomas con su dieciocho milímetros. Retratos robados desde algún rincón al resto de pasajeros protegido de la vista con el cuerpo de Charlotte cómplice. Panorámicas casi idénticas de un océano tranquilo cuyos únicos cambios de imagen se producían al amanecer y el anochecer. Donde un sol con apariencia de cansado se refugiaba tras el abismo rotundo anaranjado casi rojo acechando más allá del horizonte.



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PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 105 (novela corta alargándose)



-Shh. Quieto. Anda alguien por ahí. ¡Agáchate!


-¡Enrico! ¡Enrico! Perche´fai questo? Io ti amo, lo sai! Ti ho seguito fino a qui perche ti amo. Non mi abbandonrare `proprio adesso. Pensa ai tuoi figli! Che gli diro´quando torno?

- Digli quello che vuoi! Ma questa storia deve finire, io non ti amo piu´.

- Hai un´altra donna vero? Hai un´altra donna, farabutto!


La mujer solloza, sigue con su doloroso reproche.


- Sei uno stronzo! Mi hai mentito! Mi hai fatto venire fino a qui con un inganno. Io ho mollato tutto per te e adesso tu mi lasci… Enrico…


La pareja discute, pasos nerviosos, errantes. La mujer, gritando, da varias zancadas y se coloca en el mismo borde del enjaretado, sobre Charlotte y Fausto que han descendido otra vez hasta el fondo de la escalera. Escondidos en la penumbra, observan y escuchan. Una brisa inoportuna ondea su falda. Por debajo, ambos aprecian sus calcetines, sus muslos gruesos, su ropa interior. Charlotte le da un codazo a Fausto, no quiere que espíe. Luego de otra pausa angustiosa, la desconocida continúa.


- Sai che ti dico? Se non posso stare con te, se mi abbandoni, ebbene non voglio vivere! ¡Me has roto el corazón!


La mujer inicia una carrera por los pasillos, entre cajas y cuerdas. Tropieza, cae, se levanta. Llora. Vuelve a correr dirección popa, la distancia más corta a la que tiene el mar. Cuando llega a la barandilla, sin detenerse un segundo, se lanza al agua.


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lunes, 6 de enero de 2014

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 104 (novela corta alargándose)



-¡Puag! ¡Qué asco! ¡Necesito que me dé el aire! ¡Me subo!

-¡No, no! ¡Cuidado con el crío! ¡¿Pero qué te pasa?! Mon dieu!


Fausto se detiene justo antes de abrir las puertas de rejilla. Tenía razón, Charlotte seguía siendo Charlotte disfrazada. Él seguía siendo él y ambos estaban en una escalera entre dos puertas en un carguero en medio del océano, más o menos o quizás un tercio. Pero todo lo demás no era real. Vuelve sobre sus pasos.

-Es cierto. Te ayudaré… Pero tal vez la llave esté en el camarote del capitán. O colgada de su cuello. Cuanto más cerca de él más importante será lo que esconden.

-O quizás sólo sea la entrada a las bodegas, a la sala de máquinas. En alguna parte ha de estar.

-Todo es probable, sí. Como podría serlo que estuviera inundado de agua. Las olas de esta noche han debido poner esto como una pecera.

-No lo creo. O nos hubiéramos hundido. Todo barco está preparado para devolver al mar el agua entrante. ¿Ves esa rejilla bajo la puerta? Es un desagüe.

-En fin, aquí no hay ninguna llave. Vámonos.


Charlotte se dispone a abrir las puertas superiores cuando unas voces se oyen próximas.


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PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 103 (novela corta alargándose)



-¡Arhg!

-¿Qué te pasa? Mon dieu! ¿Por qué te encoges?


La visualización de su miembro rodando por la cubierta como una salchicha seca para los perros estaba tan nítida que sintió dolor. Un dolor imaginario pero dolor.


-Nada, nada. Cosas mías… Tienes razón. ¿Y ahora? ¿Entramos?

-¡Pues claro! ¡Tú vigila al crío ese!


En una rápida operación ya está ante la puerta del fondo de la escalera. Cerrada con llave. Él le sigue poco después, no ve al crío.


-Merde!

-¿Qué esperabas? ¿Un pasen y miren? ¿Están ustedes en su casa pónganse cómodos? –Fausto devuelve la sorna.

-Je sui! Je sui! ¡Lo he entendido! No sé… Quizás la llave esté por aquí, mira a ver.

-Sí, seguramente. ¿Has probado debajo del felpudo? ¿Quizás en la tierra de una maceta?

-Ne me rends pas fou! Tu sarcasmo no es de gran ayuda. ¿No te parece? ¿Qué te pasa?

-No sé… Es por ese empeño tuyo en que te trate como a un hombre. Me pone furioso.

-Ahh, así que es eso lo que te tiene tan alterado… ¿Y por qué? Imagina que estás con un amigo. O tu primo, podemos decir que somos primos. Todo el mundo tiene un primo en alguna parte. ¿Qué te parece? ¿Mejor?


Ella termina de destruir la visualización del sexo oral: no sólo era un hombre quien estaba de rodillas sino que además es un pariente. Incesto homosexual. Fausto siente náuseas.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 102 (novela corta alargándose)



Apenas unos metros más adelante, hacia estribor y casi tapada por una torre de embalajes, todos con el número 3, apareció una rejilla en el suelo. Un enjaretado fuerte, de hierro, con bisagras laterales y cerrojo en el centro. Dos puertas que abrían, o cerraban, el acceso a una escalera que descendía hacia las entrañas del barco. Iluminada por la luz del sol, al final de ella parecía adivinarse una puerta. La tentación es irresistible.


-Mira esto.

-Ya veo. Boca de entrada a las bodegas.

-Más parecen las mazmorras, qué pinta tan siniestra.

-Mon dieu! ¿Qué esperabas? ¿Luces de colores y moqueta? Esto es un carguero, todo está dispuesto con un solo fin.

-¿Y es?

-Practicidad, economía de medios y gestión. Eliminación de todo lo superfluo. Fuera adornos o detalles innecesarios. Supongo que no querrás también unos cuadros en las paredes, ¿Oui?

-Perfekt! Vale. Lo he entendido. La experta en navegación eres tú.

-Te he dicho que me trates como a un hombre. ¿Y si alguien te oye?

-Perdona… Pero es que…


No podía confesar lo que había imaginado cuando se chupó los dedos untados en polvo de opio. Cómo transformó una suave e inocente succión en una potente escena de sexo que sólo tenía sentido si era ella mujer. Pensar que la boca de aquella felación podía ser un hombre era como si en lugar de chupársela se la mordieran: un bocado y escupir el trozo al suelo.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 101 (novela corta alargándose)



Una vez imaginado esto, era fácil dar el salto a la carnosidad más lasciva e irrefrenable de una felación en su tramo final. El instante cegador y efímero de una descarga completa en el fuego de su lengua traviesa. Inundándola de saliva y semen al borde del ahogo…


-¿Me oyes?

-¡Oh! ¿Qué?

-¡Que te hablo y no me contestas!

-Perdona, me había despistado. ¿Puedes repetir?

-Pues si es tan interesante lo que piensas podías compartirlo… Te decía que sí, es opio.


Se levanta y mirando a los ojos de Fausto añade:


-¿Y si estamos en un barco de narcotraficantes?

-¿Y si la tripulación no está enterada? Porque de lo contrario, ¿no hubiera sido más inteligente deshacerse de las pruebas? Yo en su lugar hubiera tirado estas tablas al mar, aquí no sirven para nada.

-Sí que sirven, para inculparte. He de reconocer que tiene sentido lo que dices. Cualquier curioso como nosotros puede encontrarlas… No sé.

-Disimula, viene el niño cotilla. Ese de los ojos grandes.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte 100 (novela corta alargándose)



-¿De qué estarán cargadas estas cajas?

-No lo sé. No entiendo nada. Espero que no sea opio o podríamos abastecer a medio mundo.

-Quién sabe. Igual ni ellos mismos conocen lo que transportan. Sólo ven las cajas y ya está, como nosotros.

-No hay capitán que no sepa qué lleva su barco.

-¿Y si le han engañado? Esta, por ejemplo. Aquí cabe un hipopótamo, pero si en el cartel pone azúcar, o rompes el embalaje o te lo crees.

-Sí. Ahí tienes razón –y siguió caminando.


Lo que Fausto no supo es que el ejemplo elegido decía <> cuando en su interior había, efectivamente, un hipopótamo. Muerto de sed y pudriéndose. No disecado.


-Mira, aquí están. Los encontré.


Él cierra la puerta de su curiosidad entre interrogantes sin resolver y se apresura a alcanzarla. A su lado, frente a unos pocos toneles intactos y los pedazos de otros, exclama:


-¡Vaya desastre!

-Sí, pero muy interesante.


Agachada, frota los dedos contra la pared interior de un trozo de tonel y con la punta de la lengua se chupa las yemas, en un gesto que Fausto observa y traduce como un sublime acto de erotismo. Deseó ser uno de esos dedos, el corazón, de más longitud que el resto, para penetrar hondamente en su boca hasta alcanzar el caliente arco de la garganta.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXIX (novela corta alargándose)



Pues si bien en la ruleta de la fortuna ella había perdido su última apuesta y caído en desgracia, como se dice, la educación porte conocimientos y forma de entender la vida con sus oportunidades seguían ahí. El poso de los años bajo la tutela del dinero no había desaparecido con el viento, y la persona creada y el carácter moldeado no se iban a esfumar por mucho que se vistiera de hombre. Uno es lo que se hizo con él en la infancia. Y no hay voluntad terapia tratamiento ni influencia que eso pueda borrar. Es el determinismo de la infancia, pensaba Fausto.


-De acuerdo, tengo curiosidad en esos toneles. A ver si hay más trigo especial rebozado.


Caminando por el laberinto de la carga, una miniciudad se extendía hasta la popa sin orden ni planificación aparente. Estrechos pasillos interrumpidos con los tirantes de cuerdas, desvíos, intersecciones y travesías sin salida. Todo sin rótulos de callejeros ni señalización a la vista. Así era fácil desorientarse visualmente, claro que el remolino de la hélice ofrecía una guía inconfundible al perdido con su chapoteo característico.

Muchas de las cajas apenas tenían un número pintado, algunas un rótulo y pocas una inscripción. Probablemente en griego. Ninguno de los dos podía comprender el significado de <> Tampoco importaba porque todo era mentira.



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PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXVIII (novela corta alargándose)



-¿Y de qué murió?

-¿Quién? ¿Mi padre?

-Sí.

-Esto es lo mejor: enfisema pulmonar. Él, que no había fumado en su vida. Y la loca que se metía humo de opio como aire de playa, ahí sigue. Jodiendo la vida a todo el que se le acerca o tiene la mala suerte de cruzarse en su camino. A veces pienso que fue ella la que lo mató, con esos humos que los demás nos veíamos obligados a respirar.


Ambos quedan en silencio. Mirando el jugueteo de los delfines alejándose brincando. Arqueados como plátanos en marcha hacia el horizonte. El sol supera los treinta grados sobre la raya del mar, y la tripulación hace un buen rato que se ha marchado. Dejando lo salvado de la carga bien sujeto. A la espera del próximo enfado de mar, siempre violento de carácter.


-¿Damos una vuelta? -pregunta Fausto cada minuto más contrariado. La imagen que se había hecho de Charlotte como flautista callejera entonando cancioncillas estúpidas y durmiendo en aceras y portales nada tiene que ver con la realidad. Con los conocimientos musicales suficientes para acompañar a cualquier orquesta de cámara, la idea del titiritero con cascabeles en los pies y gorrilla floja con picos de arlequín es un insulto. Pero además, aquel ser en busca del anonimato absoluto, ocultando incluso el propio género, había nacido en cuna de oro. Hija de rico fabricante de calzado, con institutriz y profesorado exclusivos con educación sobresaliente para sobresalir con todas las necesidades cubiertas los lujos satisfechos el futuro despejado, no era precisamente el modelo de marginalidad que él tenía en mente.



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martes, 31 de diciembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXVII (novela corta, de momento)



-Ah… Ahora entiendo por qué no estabas asustada durante la tormenta.

-Claro. Ya las he vivido de pequeña. El día que la drogadicta vendió el barco lloré sin consuelo toda la noche.

-¿Y que decía tu madrastra?

-¡¿Eso!? ¡Que a ver para qué queríamos la balsa de madera! Estúpida ignorante. Un velero maravilloso al que subió sólo una vez en el atraque. Decía que le mareaba… El opio era lo que la tenía tonta, idiota por completo. Bueno, más de lo habitual. Pero ella se estaba metiendo todos mis recuerdos por la vena.

-Lo que no entiendo… Es igual, pregunto demasiado.

-No, no pregunta. No me importa. Dice que hablar cura, pero no termino yo de creerlo…

-Pues no entiendo que siendo tú su hija no heredases nada.

-Al final resultó que la estúpida no lo era tanto. Engañó a mi padre para rehacer el testamento a su favor. Yo me quedaba como usufructuaria de la mansión principal, pero ya se encargó bien ella de hacerme la vida imposible. Así que me largué. O el próximo día que me la encontrara tirada en el suelo en su charco de chute lo mismo era capaz de estrangularla.

-¿Lo harías?

-¿El qué?

-¡Ahogarla!

-No sé… Creo que sí. ¡La odiaba tanto! Hubiera sido para mí una liberación.


A Fausto se le iluminó el rostro. Y un gran peso que no le dejaba respirar se le quitó de encima: asesinato por salvación. Eso es lo que le había ocurrido a él. No tuvo opción como no la habría tenido ella de seguir en esa casa. ¡Su casa! Asesinato por salvación: nadie quedaba libre de perpetrar uno si aparecía la necesidad. Al final, el asesinato como tantos otros crímenes sólo era una cuestión de oportunidad.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

lunes, 2 de diciembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXVI (novela corta, de momento)



Fausto se miró las botas como si fuera la primera vez que las veía. Con ellas había recorrido largos paseos, y esperaba hacerlo en el futuro. Por ellas quizás salvó la vida en su fracaso de suicidio. Pero lo que no esperaba era que gracias a ellas tuviera compañía en aquel viaje de huída hacia el nuevo mundo que presumía en solitario.

-¡Pero tú no las llevas!

-No. Ya te he dicho que mi padre vendió la fábrica por culpa de la estúpida drogadicta. No son recuerdos agradables, pero… en otra persona… Es distinto.

-Ya entiendo.


Se hizo otra pausa reflexiva. Charlotte meditando sus recuerdos, Fausto construyendo la historia narrada. Encontró una laguna.


-Lo que no me ha quedado claro es por qué te vas.

-Simple. No soportaba ver cómo mi madrastra convertía en opio todo lo que mi padre había conseguido con el trabajo de su vida. Porque primero fueron las empresas, pero después las casas, el barco, los coches…

-¿También tenías un barco?

-Sí. Un velero precioso de doce metros que él regaló a mi madre por mi nacimiento. Por lo visto a ella le gustaban mucho. Hicimos largas travesías mi padre y yo, recordando los lugares en que ambos fondearon cuando yo era una niña.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXV (novela corta, de momento)



Fausto medita un momento la confesión. Luego pregunta:

-Y tu padre, ¿por qué no la despachó de casa? Hubiera sido lo mejor para todos.

-Menos para ella. Mi padre sabía que moriría en la calle si lo hacía. No tuvo valor para darle la espalda. Decía que para una vez que se la dio a mi madre la mataron. No soportaba ser culpable de otra muerte. Esto lo mataría a él.

-Vaya castigo.

-Sí, así fue. Un castigo. Con la estúpida mi padre encontró la penitencia que buscaba por la muerte de su primera esposa. Y se dejó arrastrar por la segunda. Humillar con la vergüenza de sus escándalos. Poco a poco se fueron acabando las fiestas, los actos sociales. Mi padre, que tantos amigos tuvo a todos los fue perdiendo. Nadie quería ver cómo la estúpida drogada le insultaba públicamente, diciéndole las mayores barbaridades. Al servicio también le insultaba, decía que se les notaba que habían nacido para obedecer; que no valían para otra cosa. Estos se fueron despidiendo uno tras otro. Mi padre los indemnizó generosamente, más por las vejaciones que por los derechos laborales. Daños psicológicos inaceptables, razonaba él sin que nadie le contrariase. Aprovecharon el momento y su debilidad para sacarle dinero.

Después descuidó sus negocios. Tanto que tuvo que vender la fábrica de calzado para pagar las deudas de sus otras empresas. Como la producción de tulipanes, que pasó de ser la segunda más rentable a la quiebra en menos de seis meses. Pero el rubí de su joyero siempre fue la empresa de calzado. Fuertes y robustas botas de monte. “Expertos en la protección de sus pies”, decía la publicidad.

-Pero…

-Sí. Bodysaver. Del tipo que usas. ¿O crees que no me he dado cuenta? Las identifiqué nada más verlas. ¡Cómo evitarlo si las he usado desde niña! En realidad, te perseguí desde la escala del barco por esas botas. No me pude resistir. Y al comprobar que viajabas solo me dije: ceci est mon partenaire. El destino lo ha puesto en mi camino por alguna razón.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXIV (novela corta, de momento)



-Un insulto.

-Sí, eso fue. Un grave insulto a sus convicciones. Aquel día, de la iglesia no fuimos a pasear ni al restaurante donde comíamos los domingos, sino a casa, todos castigados. Directamente y sin dirigirse la palabra. Yo los espiaba desde el asiento trasero del coche y mi padre me miraba por el retrovisor. A veces, creo que quiso pedirme perdón por hacerme vivir todo aquello pero… No sé. Las cosas son siempre complicadas. Lo cierto es que luego tuvieron una bronca monumental. De las que no se olvidan aunque se quiera. Esa fue la primera vez que el personal de servicio le oyó gritar. A él, tan discreto y reservado. Que siempre trataba a sus trabajadores con respeto y educación… Ninguno sabía dónde esconderse, la falta de costumbre supongo, pobrecitos. La cocinera me preparó algo y cada uno pasó la tarde en su habitación. Mi padre en la biblioteca, su rincón para pensar. Rodeado de libros, en una mecedora, con una pipa de coral en los labios. Apagada. Así era él, manso pero de firmes convicciones. Tolerante pero enérgico en la defensa de lo que creía correcto. La estúpida en su cuarto gimoteando, para que la oyeran todos. Yo en mi cama enterrada con mi aburrimiento y mi soledad. Y los criados a sus oficios. A lo largo de esa tarde sólo hubo ruido de puertas, hasta que llegó la noche. Creo que mi padre comprendió aquel día la magnitud de su error: que se había casado con una drogadicta. Que su sueño de resucitar a mi madre por el parecido físico de aquella histérica había sido la equivocación de su vida; pues a partir de entonces se fueron distanciando. Ella doblemente, ya que cuando no estaba colocada no sabía cómo comportarse. Así que para resolver la situación se volvía a colocar, pero un día tuvo un cuelgue brutal. Mi padre llamó al médico pensando que se moría. Creo que ese fue el primer día que ella dio el salto al opio, que el láudano ya no era suficiente. Y se pasó de dosis. Estuvo una semana sin poderse levantar. Incluso tuvieron que lavarle los vómitos con ella tumbada, sobre las sábanas llenas de orines y porquería. No se me olvida aquella imagen: la rubia preciosa rebozada en su propia merde…



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

domingo, 1 de diciembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXIII (novela corta, de momento)


-¿Y cómo fue que tu madrastra se enganchó?

-Porque era una estúpida. Bueno, era y es, que todavía vive.

-¿Oh sí? No sé por qué he creído que había muerto.

-¡No no! ¡La muy zorra! Sobrevivió a mi padre.

-¿También ha muerto tu padre?

-Oui. Hace poco más de un año. Y como pasa en estos casos, ella se convirtió en heredera universal.

-¿La herencia fue para ella?

-¡Toda! Cuando la última palada de tierra cubrió la tumba de mi padre, la miré a los ojos y supe que también era mi entierro. ¡Aquella zorra no soltó una lágrima! ¿Te lo puedes creer? Con la vida que le dio al pobre. Bueno, y a mí también por estar cerca.

-¿Pero cómo se enganchó al opio? Además de por estúpida, digo. El mundo está lleno de estúpidos que no se convierten en drogadictos, por desgracia. Los estúpidos sería mejor tenerlos embobados todo el día, para que no actuaran, y nadie los echaría en falta. 

-Tienes razón. En realidad, ella traía en el paquete sus vicios. Cuando mi padre la conoció ya tomaba láudano como si fuera té.

-¿Láudano? No sé qué es.

-Una bebida que lleva opio.

-Oh.

-A mi padre aquello no le gustaba nada. ¡Pero estaba tan loco por ella! Pobre. Todo se lo consentía. La primera vez que la vi colocarse con la bebida fue en la iglesia.

-¿En la iglesia? Pero…

-Sí, sí. Lo que oyes. Mi padre era muy religioso. Nos llevaba todos los domingos y fiestas de guardar. Ese discurso, ya sabes. Pero ella y yo nos aburríamos enormemente. Así que un buen día, para matar el tiempo, sacó su petaca del bolso y se la metió entera. De un trago como si fuera agua. Agua de té. Claro que su láudano no era un láudano cualquiera, del que hay en farmacias. Un amigo sospechoso se lo conseguía en el mercado negro. Adulterado y más potente. Por lo menos estábamos en la última fila, y sólo mi padre y yo nos enteramos. Pero él se enfadó muchísimo por aquella falta de respeto.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXII (novela corta, de momento)



-¿Has visto?

-¡Sí! ¿Qué son? ¿Delfines?

-No lo sé. Puede… A los delfines los distingue todo el mundo, así que eso serán.


Entretanto, la tripulación seguía amarrando y ajustando y reparando los desperfectos provocados por la tormenta. Reapilados los toneles, apenas quedó media docena de los diecinueve iniciales. A pesar del sensible contenido, no parecían mostrar mayor inquietud por la pérdida que un obvia preocupación ante el desastre. Al menos, el resto de las cajas seguía intacto, salvo donde un tonel había impactado. Por el boquete se podía registrar el cargamento: granadas de mano embaladas entre paja, ahora mojada. Un operario lo reparó claveteando unas tablas sobre aquel. Disimulando con su avistamiento de delfines, Charlotte y Fausto fueron testigos de todo el proceso.


-¿Tú crees que vamos en un barco cargado con droga?

-No tengo ni idea. Pero podría. Sería mucha casualidad habernos tropezado con los únicos restos.

-Mucha, sí. Por los trozos de madera que hay amontonados creo que está en los barriles.

-Sí, podría ser. Sacrebleu!

-¿Qué?

-Nada. Maldita droga. Pero creo que tienes razón, la única torre que se ha venido abajo ha sido esa que dices. Alguien se va a enfadar mucho cuando se entere.

-El mar se ha tragado su dinero. Y los peces se han colocado.

-Una fortuna, probablemente. 

Se dejan cautivar por la vista clara y luminosa de un mar en siesta cubierto con la sábana del sol. Al rato, Fausto interrumpe la paz del momento con una pregunta incómoda. Carraspea, es su forma de advertir la transición.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

viernes, 29 de noviembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXXI (novela corta, de momento)



-Oh, tuvo que ser terrible.

-Y tanto. Por lo visto no la levantaron del suelo, la barrieron. Quedó tan hecha pedazos que recogieron su cuerpo con una pala. Se la llevaron en una bolsa como despojos de carnicería.

-Brutal.

-Gracias por tu sinceridad. Es la primera vez que alguien no me acompaña a un sentimiento que no tengo. Lo describo como fue: brutal, sí.

-Y tu padre conoció a la yonqui.

-Sí. Años más tarde, cuando pudo salir de su depresión post traumática. Aunque nunca más volvió a Zúrich. A la estúpida la conoció en París. Yo tendría once años. Y también estábamos de visita, ya ves qué casualidades tiene esto. Caminábamos por la acera cuando una rubia exuberante metida en el tubo de una falda trabó un tacón entre dos baldosas y se fue al suelo. Justo delante de nuestras narices. Mi padre se apresuró a socorrerla y… Creo que se enamoró de ella en ese instante. Pobre… Lo cierto es que la mujer se parecía un poco a mi madre, y no sé si fue por eso o porque el accidente le recordó al suceso del tranvía, donde a mi padre le fue imposible rescatar a su esposa, que él tal vez en su subconsciente estaba reparando aquel episodio tan trágico. Esta mujer cayó delante, mi madre murió detrás de nosotros, como si le hubiéramos dado la espalda… Creo que mi padre sentía una gran culpabilidad. Sin relacionarse con otras mujeres hasta que apareció la rubia del tacón roto. He pensado muchas veces en aquel encuentro, a mi padre se le iluminaron los ojos como farolas. Pobrecito… Si hubiera sabido lo que le venía encima… Habríamos dado la vuelta y echado a correr en el mismo momento, porque desde que la conoció… Merde!, nuestra vida se fue por el desagüe. Y ya no salimos.



Ella se queda pensativa, observando las siluetas saltarinas de grandes peces que repentinamente surgieron a media distancia.


© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

CLINIC



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¡Reparamos dientes!

Para una amplia sonrisa que te despreocupe del mundo.


¡Reconstruimos muelas!

Para triturar sin esfuerzo tropezones inesperados varios.


¡Arreglamos colmillos!

Recortamos los largos enderezamos los que hay retorcidos:

preocupaciones tropezones todo lo que donde no debía aparece.


¡Recomponemos rostros!

Ven si te han partido la cara que nosotros te la pegamos.

Si está lívida de un susto acartonada por los años dividida por los desengaños.

Descompuesta con los accidentes; por estar donde no hay que estar.

Qué es vivir sino un gran choque frontal.

Contra todo, todos y demás elementos. Ya se sabe:

¡hay cada elemento!


En la mesa de acero y blanco y verde, abrimos costillas como se abren regalos:

exponiendo lo mejor de su interior qué va a ser sino el corazón.

Late late en mi mano hazme llorar de emoción.

No temas nos colamos dentro de ti y lo mismo que entramos salimos.

Sin dejar ningún rastro, no vas a notar el cambio. Si acaso,

será la transformación a mejor.


¿Hemos llegado a tu corazón? Déjanos ver tu alma.

En la cabina contigua diagnosticamos por radio cuánto, en ella,

te queda de blanco.

Qué está,

por las preocupaciones los tropezones inesperados varios los elementos,

manchado de negro.


Si quieres un blanqueo total,

de dientes como de cuerpo y mente,

basta con preguntarlo: en consecuencia actuamos prestos.

Ahora, sí notarás el cambio.


Y no olvides a la salida abonarlo, que aquí estamos trabajando.

Gente profesional, seria y competente. ¡Qué tú crees!


Toma del recibidor una tarjeta,

y no dudes en contarlo.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

OMISIONES RAZONABLES

OMISIONES RAZONABLES





Lamentan los amigos ir perdiendo la memoria:

lagunas mares océanos de olvido

que los succionan a un fondo de oscuridad y extravío.



Duele no recordar lo vivido:

los años que pasaron juntos solos o en compañía de nadie.

Heridas que todavía sangran dolores que no pasan ilusiones que no se alcanzan.



Pesadilla y decepción. Pocas veces, alguna grata emoción.



Se quejan de lo que han perdido yo justo por lo contrario:

¿Llegará ese día en que pueda ganar olvido?



Para lo que se ha de recordar, mejor es darlo por visto.



Y oído.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

sábado, 23 de noviembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXX (novela corta, de momento)



-Sí. Uhm… Charles no es tu verdadero nombre. Supongo.

-Por supuesto que no. Tan falso como todo lo que aparento. Me llamo Charlotte.

-Charlotte… Me gusta… En realidad… Es porque tuve una novia que se llamaba así.

-¿Tuviste? ¿Qué pasó, se acabó el amor?

-Lo inesperado. Se suicidó.

-Ah, lo siento.

-No, no. No pasa nada. Ya está casi olvidado. Has sido tú, que al llamarte igual… Me la has recordado. Nada importante…

-Lo siento igualmente.

-Oye, dime una cosa… ¿Puedo hacerte una pregunta?

-Inténtalo.

-El asunto es… ¿Cómo estabas tan segura de que era opio?

-Preferiría que te dirigieras a mí como a un hombre.

-Ah, perdón. Es que me resulta muy difícil sabiendo que debajo de esas ropas anchas hay una mujer.

-Claro, pero… Compréndelo…

-Sí, sí. Tienes razón.

-Gracias. Por la novia de mi padre.

-¿Cómo?

-El opio. Esa zorra estúpida se enganchó.

-La novia no sería tu madre, supongo.

-No, no. A mi madre no la recuerdo. Murió siendo yo una niña.

-Oh.

-Sí, cosas que pasan. Aunque lo que pasó fue un tranvía por encima. En Zúrich, estábamos de visita según contaba mi padre. Y esos malditos trenes silenciosos… No se les oye acercarse. Acabábamos de salir de una tienda, ella olvidó el paraguas y al volverse repentinamente para recogerlo… El maquinista no pudo evitarla. Yo creo que ni la vio. Tan rápido…



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXIX (novela corta, de momento)



-¿Para qué protegen el grano? ¿De la humedad?

-¡Ja, ja! Mon dieu, no me hagas reír! ¿Humedad? ¿El trigo? Estos granos tan sólo son el vehículo. Lo transportado es polvo de opio.

-¿Cómo que opio? ¿Pero qué dices? ¿Por qué lo sabes? ¿No te estarás equivocando?


-Ε, εσείς! Τι κάνετε εκεί;

Gritos de un marinero griego les advierten de que su presencia no es bienvenida.

-Ya ves que no. Vámonos de aquí, a ese no le gustamos.

Abandonan el escenario de pruebas, paseando se acercan a los candeleros. Ocho metros por debajo un apacible e inmenso azul se extiende plano como una tabla hasta donde alcanza la vista. Apenas roto por la punta Trawler del barco que deja a ambos lados una tímida estela, progresivamente absorbida por el mar según aumenta la distancia.


-Nadie diría que esto anoche era un infierno, ¿verdad?

-Nadie.

-¿Qué tal tu pie? No te veo cojear.

-Mejor. Con todo seco…




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXVIII (novela corta, de momento)



-Eso, camarotes. El primero es del capitán…

-¿Cómo lo sabes?

-Míralo. Está escrito en la puerta.

-Ah, mon dieu, no entiendo bien ese idioma.

-Si él duerme solo y hay dos personas por camarote, son trece individuos. Ayer cuando subimos al barco había por aquí cinco, así que me falta por identificar a otros cuatro.

-Mon dieu! Eres un detective.

-La cámara, que te entrena para observar.

-Ya lo veo. ¿Y si salimos a que nos dé el aire? Tengo que quitarme este olor a vómito.

-Bien. Vamos por atrás. Quiero seguir investigando.

En el exterior del castillo, justo al lado de los peldaños que descendían al plano de carga donde se amontonaba la mercancía, restos del contenido que el tonel empotrado había vertido: granos de trigo recubiertos de una sustancia marrón. A Charles le llamaron la atención y recogiendo algunos se los llevó a la boca.

-¿Qué haces? ¿Te puedes envenenar?

-Eurêka! Lo sospechaba.

-¿Sospechar, el qué?

-Envenenarme podría ser, depende de con qué merde hayan mezclado esto, pero antes agarraría un buen défonce.

-¿Qué?

-Droga. Este polvillo… mira. Es opio.


Charles deshizo unos granos en la palma de Fausto y una harina ocre humedecida le impregnó la piel. Efectivamente, lo contenido bajo la cubierta artificial era trigo.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXVII (novela corta, de momento)



Claro que sólo con la observación era difícil calibrar las verdaderas intenciones de cada viajero. Sus motivaciones para embarcar en una nave tan incómoda en un viaje tan largo con tan poco que hacer salvo vigilar cómo vigilan los demás: posibles enemigos en la adversidad y seguros competidores en la escasez. Terminado el desayuno del proletariado ambos abandonaron la cantina antes que nadie, aunque seguidos muy de cerca por la mayoría pues excepto tres griegos que se anclaron a la barra con su botella de Ouzo todos huyeron para no soportar el amargo llanto de un niño al que la madre no parecía encontrar la clave para su consuelo. A la salida, el espacio diáfano anterior al puente de mando ocupado ahora por cuatro tripulantes recordó a Fausto el lugar donde se produjo el avistamiento: la misteriosa niña de la pasada noche. Ningún objeto o equipo del barco había que pudiera semejarse remotamente al cuerpo de una pequeña.


-Estaba aquí.

-¿Lo qué?

-La niña de esta noche. No tengo dudas, era aquí.

-¿Y ya sabes quién es?

-Pues ese es el problema. Hay tres chicos, dos chicas y un bebé. Las chicas son más pequeñas y el chico de su tamaño usa gafas gruesas. Con el pelo rapado al cero no se parece en nada.

-Por los piojos.

-Seguramente, pero no ha podido ser él. La niña que yo vi tenía dos coletas y nada de gafas. Vestía con una bata, parecida a las de colegio, y unas botas de campo. Con caña larga como las mías. Creo que le quedaban grandes.

-Quizás fuera la hija de algún marinero.

-Puede. Es lo que me falta por averiguar. A cuatro los tenemos ahí, con el timón. También hay varios por la zona de carga. No sé… Son siete dormitorios.


-Camarotes.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXVI (novela corta, de momento)



El banco se quedara con la casa la familia con los niños y ellos con la emigración forzosa. Tal vez ocurrió así y fueran dignos de lástima y compasión. O simplemente eran un par de gañanes sin cerebro que por su mala cabeza la cagaron de tal forma que ahora estaban obligados a escapar de los acreedores.

Como los cinco amigos italianos, idóneos ejemplares de sospechosos habituales. Barba de varios días ropa ligera calzado para salir corriendo conversación a media voz manos en los bolsillos en todos una navaja vista de águila con dominio de la situación oído de murciélago para saber qué se cuenta por ahí: soplos de apuestas combates amañados barcos con contrabando de güisqui y tabaco bancos con directores poco valientes más una familia que perder. Y el trío de ases que todo gánster debe guardar en la bocamanga: policías sobornables jueces con vicios caros políticos de aficiones prohibidas; con ellos comiendo del mismo cajón no habrá actividad ilícita que se doblegue. Unidos ahora los amigos por el vínculo del lenguaje y un pasado en las trincheras defendiendo a un eje demasiado delgado para no quebrarse con los violentos giros del mundo.

Párrafo aparte merecían dos españolas a medio camino entre madre e hija o lesbiana macho con su lesbiana hembra celosas de una tercera que superada la fase acomodación se gritaban como locas y trataban como fieras. La madre o lesbiana macho iba rapada al dos. La hija o lesbiana hembra morena y despeinada como un pollo mojado. Competidoras ambas en la obesidad ganaba por medio cuerpo la madre lesbiana macho. Elefantes marinos, elefantas para este caso y nunca más procedente el ejemplo pues se las podía abandonar en cualquier colonia con estos animales que nadie notaría la intromisión. Salvo algún elefante marino macho auténtico que al olfatearlas concluyera que aquellas cosas no valía la pena hincarles el colmillo; menos aún una pelea. Para esto ya se bastaban ellas: que si pásame el pan que no me da la gana so gorda que te tiro el café con leche por contestona y yo a ti la mantequilla para que te cubras las arrugas de vieja. Aficionada probablemente a las cortezas de cerdo el pan con manteca la nata de leche hervida, prometían entretenimiento y vergüenza ajena por igual.





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXV (novela corta, de momento)



Él se queda pensando en aquella revelación. Mirándola a los ojos con disimulo. Desentrañando qué había ocurrido en su vida para que estuviera metida en su misma situación. Tendría que revisar sus conceptos acerca de esa flautista que le acompañaba: la imagen de una mendicante en la calle sin otro porvenir que la indigencia se desvanecía. No se veían muchos pianistas tocando en las aceras a cambio de la voluntad. Si su amiga había superado la infinita y tediosa carrera de piano significaba varias cosas: había comenzado muy joven, tal vez con cinco o seis años. Era una persona tenaz, constante. Trabajadora. Y seguramente culta, pues nunca conoció a un pianista ignorante. De estas reflexiones a su vez surgían nuevas preguntas. ¿Quién o quienes le inculcaron el interés por la música a una edad en que los niños no quieren otra cosa que jugar? Había ahí unos autores responsables. Entregados a la educación humanística de sus hijos. Charles era una compañía intrigante: mujer disfrazada de hombre, pianista con apariencia de pidelimosnas. ¿Qué otras sorpresas escondían esas ropas de carbonero sin trabajo?



Por lo demás, poco que destacar. Acaso la persistente mirada del niño de una familia de checos, y la rudeza con que una polaca trataba a quien debía ser su marido porque, ¿quién si no iba a soportar humillaciones semejantes? Aparentaba unos escasos cincuenta, pero vete a saber la edad real pues era claro que ambos habían trabajado duro. En el campo tal vez, con unas manos toscas como patatas y las uñas a ras de unos dedos amorcillados. Extremos de unos brazos recios que han soportado la fatiga de la azada o cargar pacas de heno a la carreta. Tal vez se hubieran reventado en una granja para sacar adelante a sus seis hijos vivos, los gemelos murieron con pocos meses de una extraña enfermedad mejor para todos dos vidas menos para sufrir dos bocas menos que alimentar, y una mala cosecha por culpa de la persistente lluvia que pudrió las raíces de las plantas les dejara en la ruina.




© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXIV (novela corta, de momento)



El desayuno fue modesto: pan mantequilla aguado café con leche. Sin grano de azúcar, el precio del azúcar se había disparado a causa de los especuladores. Nada nuevo salvo el derivado elegido. También en el café había más achicoria que café pero en alta mar cualquier producto que no fuera agua salada ya era un lujo. Además, no se podía esperar grandes derroches dado el reducido precio del billete.

-Extraña selección musical.

-La Cabalgata de las Valkirias. A mí me gusta. Es tan épica. Y con ese fondo musical te dan ganas de conquistar el mundo.

-Visto así… parece apropiada. Quizás un homenaje del camarero a los viajeros. Une especie de A La Carga, o similar.

-Podría ser. Lo preocupante hubiera sido una marcha fúnebre de Chopin, por ejemplo. Yo diría que es malayo. ¿No crees?

-¿El camarero? No sé… si nosotros somos variopintos la tripulación nos supera. Aquí viajamos todas las razas y un buen puñado de nacionalidades. En caso de emergencia podría resultar un problema, no nos vamos a entender.

-Tienes razón. Escucha, escucha. Ahora entra mi parte favorita.

-Salvo excepciones, como ésta, a mí la clásica no me emociona. Peor aún: me aburre. Pero se ve que tú entiendes.

-Hice la carrera de piano. Eso forma bastante, sí.


A Fausto casi se le atraganta la rebanada.


-¿Piano? ¿Pero no tocabas la flauta?

-Claro. Como instrumento de consolación. Imaginarás que un piano no cabe en la maleta.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

viernes, 15 de noviembre de 2013

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXIII (novela corta, de momento)


-¿Me enseñarás?

Se gana el afecto de Charles, quien enroscando los brazos en torno al cuerpo de Fausto responde con dulzura: 


-Me encantaría. 

Y le besó el cuello al abrigo de la oscuridad en aquella noche terrible. 
Al amanecer, una campana en fa mayor seccionó como una navaja de afeitar la cortina del sueño en todo el pasaje. O como un martillo pilón machaca una nuez, según los casos y el despertar del durmiente. Pasada la tormenta vino lo que suele: calma. Una calma flácida y amodorrante que junto al ronroneo del motor y el suave mecer del barco, durmió a unos viajeros asustados y agotados de tanto luchar contra la inercia. Empeñada como ocurre en estos casos en estamparlos contra las paredes igual que sellos. De hecho, más de uno se rindió a la evidencia de que es inútil pelear contra gigante semejante. Siendo más cabal recostarse en el suelo e intentar rodar lo menos posible. Pero terminada aquella inaugural y aciaga noche, dolores de cabeza malestar vómitos aparte, cada cual se recompuso con la mayor dignidad posible. 

A plena luz, Fausto y Charles casi no reconocían la cantina donde apenas unas horas antes reinaba el caos. El camarero, o quien fuese, había hecho un gran trabajo de limpieza y recogida. No hay que decir que ambos guardaron en secreto su aventura nocturna, no fueran aquellos bárbaros a agradecérselo despellejándolos. Y descuartizados servirlos con doble ración de patatas para la cena.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXII (novela corta, de momento)



Si bien, tenía muy presente que a las conocidas le seguía una octava no declarada pero más importante: el arte de hacer dinero con cualquiera de las otras siete. Salvo ésta, que se le antojaba la más abstracta e ingobernable, estaba dispuesto a probarlas todas.

-Yo hago música.
-¿Haces? ¿En serio? Eso sí que no lo esperaba. Creí que la música se tocaba. O componía. 
-¡Ya me has entendido! 
Responde molesta por esa mezcla de sarcasmo e incredulidad. Él capta el mensaje, trata de arreglarlo apretándola contra su pecho. 
-¿Qué instrumento?
Luego de una pausa con un par de grandes olas responde: 
-Toco la flauta. 
-Ahhh, qué interesante…

Fingió. La primera imagen que le vino a la cabeza era la de un músico callejero, flautista por resignación cuyo único legado vivo de la escuela habían sido esas inútiles prácticas de flauta y que tras una adolescencia revolucionaria había caído en el infierno de los excluidos sociales. Acompañándose de un perro para mejor llevar su irreversible soledad, suplicando unas monedas a cambio de un par de melodías mal entonadas. Pero con frecuencia recibiendo el desprecio de los transeúntes, cuando no los insultos de nuevos jóvenes revolucionarios pro fascismo, o las hostias de la policía pro sistema: otra forma de fascismo represivo y excluyente. Sintió lástima por ella, era la constatación de que siempre hay alguien peor que uno mismo. En ocasiones, mucho peor. Volvió a apretarla contra su pecho:





© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

PÉTALOS DE PENSAMIENTO, parte LXXXI (novela corta, de momento)



-Te sangran las manos, ¿qué te ha pasado?

-Un accidente doméstico. Soy un torpe, nada importante.

-Seguro que te has cortado abriendo una lata. Típico de hombre que se mete en cocina. –Sin pretenderlo, ella le proporciona la mejor explicación a sus cortes con las conchas de mejillón y la roca.
-Tienes razón. Era una lata de mejillones. 
Ambos se quedaron pensativos largo tiempo. Escuchando los aullidos de la tormenta, los rugidos del mar hecho una fiera rabiosa y desbocada. Pero también agrias conversaciones de otros pasajeros. Protestando seguramente por las duras condiciones del carguero, no preparado para largos viajes con personas y este había comenzado de la peor forma imaginable. Al rato, en una tregua no de calma sino de menor zozobra, ella preguntó: 

-¿Por qué has grabado antes? ¿Haces películas? ¿Vives del cine?

-Me voy defendiendo.
Esta fue la respuesta más ambigua que encontró. No podía contarle la verdad: que vivía de los muertos, del dinero obtenido por las muertes en su familia. Que no sabiendo cómo salir adelante intentó algunos proyectos pero no funcionaron. Y que eso del cine no sabía si podía ser una profesión o una evasión. Tal vez ambos, a veces lo único que diferencia una profesión del mero entretenimiento es que alguien pague por ello. Y que es entonces cuando ese mero pasatiempo deja de serlo ante los ojos de los demás para convertirse en una actividad propia de adultos responsables, lejos de la chiquillería de artista: inmaduro, vago y desorientado por definición. No podía decirle que pretendía vivir del arte casi en cualquiera de sus siete manifestaciones, y no de un trabajo decente.



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE