martes, 11 de junio de 2013

15ª PAG. DEL NUEVO PROYECTO LITERARIO


completo y me disponía a marchar cuando el empleado interrumpió tal ensimismamiento: 

-¡Aquí hay más! ¿No se las va a llevar?


No salía de mi asombro, pero continué disimulando:


-¡Sí, sí! ¡Cómo no! Por supuesto.

-Espere un momento. Vuelvo enseguida.


El tipo de la cortesía indescriptible desapareció por los escondites de la oficina para resurgir minutos después con dos bolsas repletas de lo que suponía eran más cartas. Abrió la puerta de seguridad que lo protegía de amenazas como la mía y me las entregó.


-Aquí tiene. Ya no sabía qué hacer con ellas. Creí que nunca vendría nadie a recogerlas.

-¿Desde cuándo tiene esto aquí? –pregunté mirando con ojos de besugo los dos bultos.

-Ja, ja, ¡qué pregunta! ¿Desde cuándo? La primera llegó al año de empezar yo aquí a trabajar. Y me quedan cinco para jubilarme. Todos los años recibía usted tres o cuatro. Excepto el último. También ha dejado de pagar el apartado. Será la crisis, no sé. O tal vez se ha muerto el señor. ¿Va a pagar usted el último año? Porque si no tendría que renunciar al apartado, y nunca sabrá si hay más cartas esperándole.

-Claro, claro. Tiene razón. ¿Cuánto se debe?

-Son cincuenta marcos. Pero tome esto, que entro para hacerle el cobro.

-Gracias.


Las condenadas cartas debían estar escritas con tinta de plomo, porque pesaban como piedras. Luego de posarlas en el suelo introduje en una de las bolsas los sobres que ya tenía del apartado y pagué. Me devolvió un ticket, recogí todo, marché.



-¡Hasta la vista! ¡Vuelva cuando quiera! Pero mejor en febrero, junio y noviembre. ¡Es cuando llegan!



© CHRISTOPHE CARO ALCALDE

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